En emergencias, el tiempo no se mide solo con relojes: se mide con oxígeno, sangre y temperatura corporal. Cada minuto sin vía aérea permeable, sin control del sangrado o sin una evacuación segura a un centro preparado puede convertir una lesión reversible en una secuela permanente, o en una muerte evitable. Por eso, el concepto de la “hora dorada” —popularizado en traumatología— sigue siendo una referencia para entender cómo se juega la vida en escenarios caóticos, cuando la medicina debe abrirse paso entre metal, humo, frío y confusión.
El accidente ferroviario de Adamuz ha reactivado ese debate. Las reconstrucciones publicadas estos días apuntan a un elemento especialmente sensible: la confusión inicial para localizar el tren Alvia, que concentraba heridos de mayor gravedad, mientras la primera asistencia se centraba en el Iryo descarrilado. Según esas cronologías, el descarrilamiento del Iryo se produjo a las 19:43 y el aviso oficial al 112 figura a las 20:00:26; en torno a las 20:15 se habría tomado plena conciencia del estado crítico del Alvia, y algunas versiones hablan de casi 45 minutos hasta que el primer equipo alcanzó ese convoy. Con ese contexto, la médica de urgencias Mayte García Ron —13 años de experiencia en urgencias, actualmente en el Hospital Sanitas La Moraleja— explica qué significa realmente la “hora dorada” en una catástrofe, por qué el triaje es la primera decisión clínica, y cómo la coordinación y la formación básica pueden salvar vidas.
Cuando se habla de la “hora dorada” tras un trauma, muchas personas lo imaginan como una cuenta atrás rígida: 60 minutos exactos. En un accidente ferroviario con múltiples víctimas, como el de Adamuz, ¿qué significa realmente ese concepto en la práctica? ¿Es una hora literal o un marco de referencia clínico?
Es un marco conceptual. Se habla de “hora dorada”, pero en realidad estamos hablando de las primeras horas, de ese tiempo inicial en el que la actuación ante una lesión grave es decisiva. En ese periodo el organismo tiene mayor capacidad de respuesta y, si actuamos rápido y de manera adecuada, eso marca la diferencia: entre la vida y la muerte, pero también —y esto es importante— entre una recuperación completa y unas secuelas graves. La idea es transmitir que el tiempo es crítico: no porque exista una barrera mágica al minuto 60, sino porque cuanto antes se actúa, mejor pronóstico.
En su experiencia, ¿qué cambia cuando lo que llega es una urgencia “habitual” —un politrauma, un infarto, un ictus— frente a una catástrofe con decenas de afectados? ¿Por qué la temporalidad se vuelve aún más compleja?
Una urgencia normal es una situación grave, sí, pero no es una catástrofe. Un politrauma, un infarto, un paciente con un evento coronario o cerebral… ahí hablamos de temporalidad y de actuar rápido. Pero en una catástrofe, además de la medicina, entra la coordinación de muchas más cosas: el tiempo, sí, y la coordinación con áreas prehospitalarias, con logística, con derivaciones, con hospitales.
A mí me tocó, por ejemplo, una catástrofe como el 11-M siendo estudiante. Y como estudiante, mi intervención médica fue limitada: lo que hice fue asistir a las familias. Pero ya entonces veías la importancia de lo que hay detrás: la coordinación, incluso aspectos como la organización de sangre, o la distribución de recursos. En una catástrofe, si no hay coordinación, se pierde tiempo de forma dramática.
Usted insiste en que, en estos escenarios, “llegar antes” no siempre es lo mismo que “salvar más”. Si tuviera que explicarlo de forma muy clara: ¿qué es lo verdaderamente decisivo en los primeros minutos?
No es “llegar rápido” sin más, sino identificar rápido a los pacientes sobre los que puedo actuar y actuar de forma adecuada. El riesgo, en un escenario caótico, es estar centrando esfuerzos en pacientes que, por desgracia, no tienen solución inmediata, y estar perdiendo tiempo sobre aquellos a los que sí podemos salvarles la vida. Por eso el triaje es fundamental: priorizar las lesiones que son potencialmente reversibles. Lo más importante es identificar sobre quién puedo actuar y sobre quién, desgraciadamente, no puedo hacer nada.
Hablemos del triaje y de esa primera evaluación estructurada. En trauma grave, ¿qué lesiones son más “tiempo-dependientes”, cuáles exigen intervención inmediata, y con qué método trabajan ustedes para no perderse en el caos?
Lo primero es hacer un triaje de manera estructurada y sistemática. En medicina utilizamos un esquema muy claro, el ABCD —o ABCDE según el protocolo—. Primero, la vía aérea: la permeabilidad de la vía aérea y las causas que la pueden obstruir. Si identificamos y aseguramos la vía aérea, ya podemos estar salvando una vida.
Después evaluamos si el paciente respira o no respira, la ventilación. Luego viene la circulación: hemorragias graves sobre las que podamos actuar. Ahí entran medidas como un torniquete cuando procede, o estabilizar una pelvis si sospechas lesión pélvica, porque pueden producir hemorragias brutales. Después valoramos la conciencia, la parte neurológica. Y finalmente una exploración general. Esto no es burocracia: es una forma de no equivocarse cuando todo alrededor es ruido.
A menudo el debate público se centra en “qué se hizo” o “a qué hora se llegó”. Pero en una catástrofe con dos escenarios —por ejemplo, dos trenes separados y confusión sobre dónde están los heridos más graves— aparece un dilema operativo: velocidad frente a seguridad. ¿Cómo se gestiona ese equilibrio entre llegar pronto y llegar bien?
En realidad, vuelvo a lo mismo: no es solo “llegar rápido”, sino identificar rápido. Si yo llego y estoy actuando sobre pacientes que no tienen posibilidad de solución inmediata, y dejo sin identificar a quienes sí podrían beneficiarse de una intervención urgente, estoy perdiendo el tiempo clínico más valioso. En escenarios con confusión, es clave que la información fluya bien, que se reconozcan los puntos críticos y que el triaje se aplique de forma estricta. La seguridad de la escena, por supuesto, siempre cuenta; pero la clave médica es no desperdiciar esfuerzos donde no cambian el resultado y sí priorizar donde cada minuto transforma el pronóstico.
En su experiencia, ¿hasta qué punto la mortalidad “se decide” en el lugar del accidente y no en el hospital? Cuando el debate se centra en retrasos de 30 a 60 minutos, ¿qué efectos médicos concretos puede tener ese tiempo sobre el cuerpo?
La rapidez influye muchísimo en el pronóstico, en las secuelas, en complicaciones, en el tiempo de hospitalización… porque el tiempo es lo que cuenta. Una actuación inmediata salva la vida y mejora complicaciones. Incluso si no cambias el desenlace vital, puedes cambiar el tipo de vida posterior: si se hubiese llegado antes, quizá una persona puede salvar una pierna, por ejemplo.
Y cuando hablamos de retrasos, aparece el riesgo de lo que llamamos la tríada letal: acidosis, coagulopatía y hipotermia. En hemorragias graves, cuanto más tarde se actúe, peor. Esa alteración por hemorragia necesita transfusión; si hay lesiones en pelvis —que son frecuentes en politraumas— pueden provocar hemorragias brutales. Medidas como un torniquete o una estabilización adecuada pueden permitir ganar tiempo: llegar a un centro hospitalario y solucionar el evento, o por lo menos estabilizar al paciente hasta que reciba sangre y tratamiento definitivo. En esos casos, cada minuto sin control de sangrado, sin oxigenación, sin calor, suma riesgo.
En incidentes con múltiples víctimas, el triaje real a veces choca con intuiciones humanas: tendemos a ir hacia quien grita o hacia quien se mueve. ¿Qué se prioriza de verdad cuando se aplica un triaje correcto?
Se prioriza lo que es potencialmente reversible. En triaje, aunque sea durísimo, uno tiene que tomar decisiones: identificar a quién puedo ayudar con una intervención rápida, y a quién no. Esto exige método, no impulso. Y además exige coordinación, porque no depende solo del sanitario que llega primero: depende del equipo completo y del sistema que hay detrás. En una catástrofe suman los sanitarios y también quienes, sin conocimientos médicos, son los primeros en llegar. Si esos primeros intervinientes saben hacer una primera valoración básica, puede marcar diferencias enormes.
Mirando a futuro, ¿qué mejoras recomendaría para que no vuelva a producirse algo que algunos han descrito como una “hora perdida”? ¿Qué falló, qué se puede aprender y qué se puede entrenar?
En cualquier catástrofe todos ponemos lo mejor de nosotros para coordinarnos de la mejor manera posible. Pero hay elementos que son decisivos: la localización es muy importante, y también que exista una coordinación clara entre los que están fuera y los que están esperando recibir pacientes en centros hospitalarios. La coordinación prehospitalaria y hospitalaria tiene que ser como un solo engranaje.
Y luego está algo que se infravalora: la formación básica. Soporte vital básico, poder identificar ese triaje básico, el ABCDE, cursos de soporte vital. Una población preparada puede salvar muchas vidas, porque son los primeros que acuden, los primeros en llegar. Esa primera valoración, esa asistencia inicial en el momento, salva vidas. Que hayan hecho ese triaje y puedan trasladar a los pacientes cuanto antes al recurso adecuado puede ser determinante.

