Suena la melodía de Con la misma piedra y aparece, de forma incesante, un hombre paseando por la calle con una Coca Cola y un bocadillo. El hombre, embutido en una camisa apretada, anda con la mirada lejana de un auténtico seductor latino. Slava Pomidor presume de cuerpo, aunque luzca un cierto sobrepeso. Su aspecto no le impide sentirse cómodo, caminar por las calles y tener éxito. Lo curioso es que no quiero parecerme a él. Y, sin embargo, sigo viendo sus vídeos. Con más de 200.000 seguidores, irrumpe una y otra vez en mi muro de Instagram y reconozco que me provoca cierta simpatía.
También Abel Ixco, autodenominado “Bruce Wayne” es otro buen ejemplo. El guatemalteco que causa furor en su país, siempre juega con su supuesta cara de peruano y su firme estilo italiano. El hombre sobradamente elegante ha elegido la misma sintonía para acompañar sus contenidos. La banda sonora elegida por ambos tampoco parece casual. Julio Iglesias vuelve a sonar en millones de móviles de la Generación Z sin haber lanzado una canción nueva en décadas.
Durante años seguimos a personas porque queríamos parecernos a ellas. Ahora empiezan a triunfar perfiles que funcionan por una razón bien distinta. No generan admiración. Generan identificación. Mientras las redes sociales llevan años premiando belleza, lujo y vidas aparentemente perfectas, una nueva generación de creadores está creando tendencia caminando en sentido contrario. Los anti-influencers demuestran que, en tiempos de filtros e inteligencia artificial, parecer una persona normal se convierte en un auténtico activo digital.
Cuando Instagram era todo lujo y estética
Hubo una época, no tan lejana, en la que abrir Instagram era parecido a pasar las páginas de una revista de moda. Cuerpos esculpidos, coches deportivos, desayunos de hoteles y viajes exóticos. Los algoritmos premiaban a quienes conseguían proyectar una vida extraordinaria. Las redes lanzaban al estrellato a millones de desconocidos con físico agraciado, dinero o cierto gusto por lo estético.
La fórmula generó una nueva clase social. Unas personas, de repente, cosechaban audiencias millonarias, superaban a medios clásicos y firmaban jugosos contratos. Alimentaron una nueva industria basada en la admiración que hoy en día sigue moviendo mucho dinero. Se estima que los influencers mueven más de 30.000 millones de dólares al año en el mundo.
Pero aquella fórmula también producía, entre sus bambalinas, algo tan invisible como imparable, un cierto cansancio ante lo repetitivo y aparentemente perfecto.
Después de miles de millones de fotos y vídeos cuidadosamente editados, una parte creciente de los usuarios empezó a sentir que detrás de tanta perfección quedaba poco espacio para lo verdadero. Quizá por eso resulte tan interesante lo que está ahora ocurriendo.
Las anti-influencers llegaron antes
Allá por el 2012, el primer anti-influencer que llamó mi atención fue El hombre normal, una cuenta hoy “dormida”. Era un muñeco de Ken desplazándose por Barcelona y relatando sus no-aventuras urbanas. Una sátira sobre lo difícil que resultaba ser alguien normal en unas redes sociales que, por aquel entonces, vivían obsesionadas con aparentar. Tuve la suerte de compartir festival del “Primavera” con él y la verdad es que me lo pasé bomba. Su creador siempre quiso quedar en el anonimato y seguir con su vida discreta.
Mucho antes de que Abel Ixco o Slava Pomidor aparecieran en nuestros algoritmos, algunas creadoras también habían descubierto ya que la identificación podía ser tan poderosa como la admiración.
Muchas mujeres, y sin seguir directrices o un movimiento concreto, llevaban años explorando el mismo camino. Esty Quesada, conocida como Soy una Pringada, fue una de ellas. Construyó una comunidad entera desde la ironía, la vulnerabilidad y el rechazo a los códigos tradicionales del éxito.
También surgió el fenómeno de La Vecina Rubia. Aunque se tratase, en esa ocasión, de un personaje de ficción, logró convertirse en una de las personalidades más reconocibles en redes. Sin mostrar su rostro a cámara, compartía cientos de situaciones reconocibles y cotidianas. Supo retratar como nadie las pequeñas miserias cotidianas de la vida de millones de mujeres, con mucha guasa e ironía.
Estos éxitos de gente normal ya adelantaban una idea que hoy parece más vigente que nunca. La gente ya se ha hartado de vidas perfectas y busca a personas con las que sentirse identificada.
El Bruce Wayne guatemalteco, el Julio Iglesias eslavo y otros anti-influencers modernos
Uno de los ejemplos más llamativos, como lo adelantaba antes, es Abel Ixco. Su biografía de Instagram lo clasifica como empresario ambulante, pero no deja de sorprendernos con pequeños capítulos de su vida narrados en clave de humor. Comparte su gusto por los trajes elegantes, los sitios de moda, organiza encuentros con influencers locales, mezclándolo todo con visitas a cafetería y tiendas de muebles. Eso sí, con un porte y una confianza, dignos de una superproducción americana. Hoy me apareció con dos guardaespaldas. Dos hombres a quienes probablemente habrá pedido el favor para grabar la escena.
La clave de su reciente éxito (que podría llevarlo aún más alto) no está en convencer a nadie de que es un ser especial ni ser un multimillonario. Está precisamente en lo contrario. Tanto él como su audiencia parecen participar de la misma narrativa, la misma broma. Todos entienden el personaje y lo que representa. Un anti-influencer que no genera admiración. Genera identificación.
Algo parecido sucede con Slava Pomidor, aunque sus contenidos no lleven diálogos o sonido, ha optado por la cantinela de Con la misma piedra, en tono de guasa. Ironiza con ser un latin lover pasado de kilos, pero con mirada de seductor imparable. Publica unas escenas callejeras de “cero presupuesto” y con una edición de vídeo prácticamente inexistente. A pesar de todo, sus posts son terriblemente eficaces. En unos meses se ha convertido en uno de los rostros más reconocibles de esta nueva corriente. Nadie quiere convertirse en Slava. Pero millones de personas entienden perfectamente quién es.
Lo fascinante es que el éxito de todos estos “hombres normales” nace precisamente de la contradicción que os mencionaba anteriormente. Después de años premiando cuerpos perfectos y vidas aparentemente envidiables, parece que ahora se valora más a quienes son maestros de la autoironía y capaces de reírse de sí mismos.
El vecino del quinto conquista la audiencia
Desde Turquía llega otro caso llamativo. Murat Erdem se ha convertido en una pequeña celebridad internacional mostrando escenas cotidianas desde su negocio de barrio. No presume de coches, ni de mansiones, ni de relojes de lujo. Luce chaquetas de color llamativo, lleva bigotes prominentes y un peinado de otra época. Tampoco parece especialmente preocupado por construir una imagen sofisticada de hombre moderno. Y ahí quizá resida buena parte de su fama y marca.
En España tampoco nos quedamos al margen de esta tendencia. Estos últimos días me sale en repetidas ocasiones Aquí Jordi. Su bio lo describe como el FEO (que no el CEO) de la compañía inmobiliaria por la cual trabaja. Construye, pasito a pasito, una comunidad de fieles enganchados a sus recomendaciones de moda y estilo masculino, llevando algunos códigos del universo influencer hasta límites cercanos a la parodia y lo grotesco.
Todos estos modelos de normalidad se parecen más al vecino del quinto que al modelo de una campaña publicitaria. Y precisamente por eso conectan con tanta gente.
El fin de la perfección obligatoria
Lo hablaba recientemente en esta columna, todo apunta a que lo impoluto y perfecto dejará pronto de estar de moda. La explicación va mucho más allá de unos cuantos vídeos virales. Vivimos una época donde cualquier fotografía puede retocarse en segundos, cualquier montaje se puede realizar fácilmente en ChatGPT. Donde la inteligencia artificial nos deja sin arrugas, ni granos, con el rostro perfecto.
Paradójicamente, cuanto más fácil resulta fabricar una imagen perfecta, más valor va adquiriendo aquello que parece auténtico. En las relaciones sociales, la autenticidad siempre fue importante, ahora empieza a convertirse en un bien escaso, un tesoro, un elemento distintivo.
Los anti-influencers o estos personajes públicos graciosos no son una moda pasajera. Son el síntoma de algo más profundo. Durante años se recompensó el éxito, el estatus y aquello que parecía digno de admiración. Hoy empiezan a brillar los valores humanos más tradicionales como la cercanía, el humor y la igualdad de condición.
Por supuesto, los perfiles aspiracionales seguirán existiendo. Siempre habrá un espacio para quienes representan aquello que deseamos, aquello con lo que soñamos alcanzar. Pero junto a ellos aparecerán otro tipo de creadores o líderes de opinión que conectarán desde un lugar diferente. Desde el humor, la guasa, la naturalidad y una sensación plena de realidad.
La gran novedad de este año no es que la inteligencia artificial sea capaz de fabricar personas perfectas. Quizá sea justo lo contrario. Que, por primera vez en mucho tiempo, las redes sociales vuelvan a encontrar valor en quienes parecen más humanos.
En una sociedad obsesionada con la perfección, miles de personas podrían triunfar gracias a sus defectos. Ser una persona normal podría convertirse en algo extraordinario.

