La pregunta suena a ciencia ficción, pero lleva siglos rondándonos la cabeza. ¿Y si detrás de lo que vivimos hubiera algo más? ¿Y si lo que tú y yo llamamos realidad no fuera tan “real”? El filósofo griego Platón ya hablaba de sombras en una caverna. El francés Descartes imaginaba un genio maligno capaz de engañarnos. Y Hollywood estrenó en 1999 una obra maestra llamada Matrix que, con los años, se parece cada vez menos a una fantasía futurista.
Lo nuevo hoy es que esa duda antigua, persistente y casi metafísica ha encontrado nuevos creyentes entre quienes mejor conocen las máquinas. Loïc Hecht, periodista francés especializado en Silicon Valley, acaba de publicar La Simulation, un libro de investigación nacido a partir de un artículo de The New Yorker en 2016 sobre Sam Altman (CEO de OpenAI) en el que se recogía una creciente obsesión de parte de Silicon Valley con la hipótesis de la simulación. En particular se mencionaba que dos multimillonarios habrían contratado en secreto a científicos para comprobar si vivíamos dentro de una simulación informática e intentar encontrar una grieta en ese sistema.
Puede parecer una idea disparatada. Pero conviene tomarla con cierta seriedad, no tanto por lo que demuestra como por lo que revela sobre una parte de la élite tecnológica. El periodista francés se desplazó a San Francisco en busca de los investigadores que supuestamente habrían sido contratados para esa misión. Según la editorial del libro, el autor habría conversado con especialistas vinculados a la NASA, el MIT o Berkeley, además de expertos en física cuántica, neurociencia, inteligencia artificial, algunos de ellos interesados en la posibilidad de que la conciencia pueda entenderse como un algoritmo.
¿Y si el mundo fuera un programa?
La hipótesis de una simulación a gran escala no nació de un bulo en redes ni en una sobremesa de mentes afortunadas y aburridas. El filósofo sueco Nick Bostrom ya había publicado un artículo titulado Are You Living in a Computer Simulation? en el que planteaba que, si una civilización futura pudiera crear simulaciones conscientes de sus antepasados, y si quisiera hacerlo muchas veces, podrían existir más vidas simuladas que vidas originales. Por pura estadística, podríamos estar viviendo ahora mismo en una de ellas. Bostrom no decía que viviéramos en Matrix, sino que planteaba un razonamiento filosófico, discutible y provocador. Más de 20 años después, los avances de la tecnología han hecho que esa pregunta suene menos abstracta. No porque nadie haya encontrado una falla y demostrado que nuestro universo es una estafa, sino porque estamos aprendiendo a falsificar pedazos enteros de nuestro universo cotidiano.

Hoy la inteligencia artificial puede generar una cara que nunca existió, imitar la voz de alguien real, recrear una guerra que nunca existió o redactar un texto firmado por nadie y leído por todos. También la música sintética lleva tiempo colándose en plataformas como Spotify.
Las apps y filtros nos afinan el rostro, nos hacen más guapos y esbeltos, los algoritmos nos ordenan el deseo, los videojuegos construyen mundos persistentes y los gemelos digitales permiten proyectar ciudades, fábricas o carreteras antes de tocarlas en la realidad física. Si antes representábamos el mundo, ahora empezamos a duplicarlo.
No hace falta vivir en Matrix
Quizá es un error imaginar la simulación como una cárcel perfecta, con cables invisibles y un gran sistema oculto detrás. La simulación contemporánea en la que nos movemos es bastante más doméstica. Ya está presente en nuestros móviles, en los ordenadores, en las recomendaciones automáticas, en los mapas virtuales que predicen los atascos, en la aplicación que monitoriza nuestra salud, nuestro sueño o incluso nuestras relaciones afectivas.
Cada día habitamos una mezcla de realidad y representación. Imaginamos viajes lejanos antes de hacerlos, deseamos comidas antes de probarlas, observamos rostros antes de conocerlos, vemos casas antes de visitarlas e incluso opiniones antes de pensarlas. Nuestras existencias modernas se han llenado de previsualizaciones. Como si todo llegara bajo la forma de un tráiler con su reseña y valoraciones en una plataforma. Es una forma menor, pero constante, de vivir dentro de una capa simulada.
Resulta cada vez más difícil saber qué parte de lo que vemos es genuina, qué parte ha sido generada digitalmente, manipulada o editada. Y, sobre todo, saber si un contenido apareció en nuestras redes de forma orgánica o porque alguien pagó para colocarlo delante de nuestros ojos y cara.
¿Quién programa la realidad?
La pregunta más inquietante es quién está programando todas esas simulaciones parciales que ya nos rodean. Sin necesidad de invocar una inteligencia superior que mueva el universo, podemos preguntarnos quién decide el momento concreto en que una noticia nos indigna, un vídeo nos entretiene, un producto deseable aparece en nuestra pantalla o una frustración se nos queda pegada hasta el final del día.

En una entrevista reciente en Journal du Net, un referente informativo sobre tecnología en Francia, Loïc Hecht defiende que quienes se interesan por esta teoría “simulativa” no deberían ser tratados como conspiracionistas. El tema no es creer o no creer que vivimos dentro de un ordenador gigantesco, sino entender por qué esta idea intriga precisamente a unos multimillonarios tecnológicos que están desarrollando las plataformas que hoy median en buena parte de nuestras decisiones vitales.
Estados Unidos y, en gran medida, China llevan años prometiéndonos conexión, organización, optimización de nuestra vida privada, nuestros negocios y nuestras decisiones cotidianas. Ahora parecen insinuar que podrían incluso rediseñarlo todo. Entramos en una era en la que la realidad se parece cada vez más a un sistema operativo. Todo empieza a ser susceptible de actualización, incluso nuestra propia condición humana.
Aprender a mirar diferente
El autor francés de La Simulation no demuestra que vivamos dentro de una realidad sintética. Aunque algunos de los especialistas citados en torno a esta hipótesis consideran que no sería una idea descabellada. Pero sí podemos estar seguros de que vivimos en entornos cada vez más intervenidos por máquinas capaces de imitar, anticipar y modificar nuestra percepción del mundo.
Tal vez la gran simulación no esté escondida en una sala secreta del inabarcable universo, sino repartida en miles de decisiones invisibles que ya condicionan nuestra vida diaria. Está en esos millones de imágenes compartidas cada día en redes que parecen reales sin haber existido nunca, en esos algoritmos que influyen en nuestras emociones, en las plataformas que anticipan nuestros deseos y en sistemas que convierten la atención humana en mercado y territorio de conquista.
Lo que plantea el periodista francés no necesita demostrar que vivimos dentro de una máquina para resultar inquietante. Basta con observar hasta qué punto estamos aceptando una realidad cada vez más editada, predictiva y personalizada, donde lo importante ya no será escapar de este simulacro, sino aprender a reconocer quién la diseña, quién la alimenta y qué parte de nosotros entregamos a cambio.

