El reciente caso ocurrido en Tenerife, donde un hijo ha acabado con la vida de su madre, ha vuelto a sacudir a la opinión pública y a poner sobre la mesa una de las formas más extremas y dolorosas de violencia intrafamiliar. ¿Cómo se llega a este punto?, ¿Qué señales se ignoran?, ¿Qué responsabilidades sociales existen en la prevención? Para obtener todas estas respuestas y comprender las raíces psicológicas y sociales de un crimen de esta naturaleza, es imprescindible escuchar la voz de quienes trabajan de lleno con las víctimas.
Desde su experiencia en género y violencia, la psicóloga Isidora Pasarín advierte que “la violencia, entendida como un fenómeno social y psicológico, suele ser difícil de identificar y problematizar”, en parte porque se ha integrado en la vida cotidiana de muchas comunidades. “En buena medida, esto se explica por su profunda normalización en sociedades que, de distintas formas, han legitimado el uso de la agresión como medio para alcanzar objetivos”, sostiene.

En las relaciones cercanas, esta dificultad se intensifica. “En el ámbito interpersonal, esta lógica se reproduce de manera silenciosa y resulta especialmente compleja de reconocer, integrar y comunicar”, explica, señalando que aceptar el daño dentro de vínculos afectivos puede resultar emocionalmente insoportable. “Nadie quiere creer que una persona que debería cuidarnos, respetarnos o amarnos pueda ejercer poder y daño sobre nosotras”, añade.
Cuando el conflicto se desarrolla en el marco de la relación entre una madre y su hijo, el reconocimiento se vuelve todavía más complejo. “Cuando la violencia se inscribe en una relación madre-hijo, su reconocimiento se vuelve especialmente difícil y, en muchos casos, invisible”, afirma Pasarín. A ello contribuye una presión cultural persistente: “Existe una expectativa social persistente de que las madres vean siempre lo mejor de sus hijos, lo que hace que identificar errores, falencias o conductas violentas resulte profundamente doloroso”.
Esta resistencia a nombrar el problema suele ir acompañada de sentimientos de responsabilidad personal. “Esta culpa no surge de manera aislada, sino que se vincula a la creencia de que la crianza entregada, o sus supuestas deficiencias, serían la causa directa del desarrollo de estas conductas en los hijos”, señala la especialista. Como consecuencia, muchas mujeres interiorizan el conflicto como un fallo propio, lo que refuerza el silencio y retrasa la búsqueda de ayuda.
En este contexto, la justificación del agresor se convierte en un recurso frecuente para amortiguar el impacto emocional. “Por esto mismo, frente al acto violento suele aparecer de manera casi inmediata la justificación”, indica Pasarín. “Una de las formas más frecuentes de procesar el impacto es a través de mecanismos de defensa como la negación o la intelectualización”, que se manifiestan en expresiones como “fue porque tuvo un mal día”, “no me duele, sólo quiero entender por qué lo hizo” o “eso nunca ocurrió”.
A estos mecanismos se suman el miedo al juicio externo y la vergüenza. “La vergüenza, en particular, se vincula con la pregunta persistente sobre qué pensarán los otros”, apunta. En entornos donde históricamente se ha cuestionado a quienes sufren el daño, hablar puede convertirse en una experiencia revictimizante. “La revictimización y el abandono aparecen entonces como escenarios frecuentes”, subraya.

Sobre las causas de la violencia extrema, la psicóloga insiste en la complejidad del fenómeno. “No existe un único factor que explique o detone este tipo de violencia extrema hacia un progenitor, las causas suelen ser múltiples y complejas”, afirma. Entre ellas menciona “una dinámica familiar severamente alterada”, la reproducción de modelos agresivos, conflictos afectivos, abusos, secretos familiares o, en determinados casos, “la presencia de una enfermedad psiquiátrica grave y no tratada, como la esquizofrenia u otros cuadros psicóticos”.
Antes de que la violencia alcance niveles irreversibles, suele desarrollarse un proceso gradual. “Antes de llegar a un matricidio, la violencia suele manifestarse de manera progresiva, a través de múltiples formas y distintos grados de intensidad”, explica. En sus fases iniciales predomina el daño psicológico, expresado en “la invalidación emocional, los insultos, los menosprecios, las humillaciones y la descalificación sistemática de la opinión y la autoestima de la madre”.
Si no existe intervención, el comportamiento tiende a intensificarse. “Con el paso del tiempo, la violencia tiende a escalar hacia expresiones más explícitas”, incluyendo aislamiento social, amenazas, destrucción de objetos y agresión física. “Este tránsito no es abrupto, suele darse de manera paulatina, normalizada y muchas veces minimizada por el entorno familiar”, advierte.
Aun así, Pasarín deja clara una postura. “Es fundamental subrayar que no toda violencia psicológica deriva en un matricidio”, afirma, insistiendo en la importancia de la prevención. “Resulta clave que las familias puedan acceder a intervenciones psicológicas tempranas, integrales y sostenidas en el tiempo”, sostiene.
Finalmente, advierte sobre el impacto sostenido del miedo en la salud mental de las madres. “Cuando las madres viven con miedo o en un estado permanente de alerta frente a posibles agresiones por parte de sus hijos, el cuerpo entra en una condición de hiperactivación sostenida del sistema nervioso simpático”, lo que puede deteriorar gravemente su bienestar y derivar en “ideación suicida como expresión de desesperanza, agotamiento emocional y sensación de no salida”.
La reflexión de Isidora Pasarín desplaza el foco del impacto puntual hacia un problema profundo y persistente. Su mirada subraya la urgencia de detectar estas dinámicas a tiempo, fortalecer las redes de apoyo y asumir que la prevención y la intervención temprana son claves para evitar desenlaces irreparables.
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