¿Violencia vicaria o violencia de género? El término que divide a los expertos

La violencia contra hijos, hijas y entorno ya tiene nombre y presencia institucional. El debate está en si debe tratarse como una categoría propia o como parte inseparable de la violencia machista

Existen distintas opiniones sobre la violencia vicaria
KiloyCuarto

Se espera que el anteproyecto sobre violencia vicaria llegue al Consejo de Ministros el martes que viene. El término se ha normalizado en el lenguaje mediático y social: aparece en titulares, debates televisivos y comunicados institucionales para describir una violencia extrema que afecta a hijos, hijas y personas del entorno de una mujer con el objetivo de controlarla o castigarla. Sin embargo, mientras la expresión se consolida en el discurso público, los expertos no se ponen de acuerdo sobre si nombrarla así fortalece o debilita la lucha contra la violencia de género.

El desacuerdo no está en los hechos, sino en el marco. Tanto la psicóloga y especialista Sonia Vaccaro como el médico forense y experto en violencia de género Miguel Lorente coinciden en que existen agresores que utilizan a los hijos, a familiares o a personas cercanas para ejercer poder y control sobre la mujer. Lo que los separa es la pregunta de fondo: ¿es necesario —y útil— convertir esa violencia en una categoría específica?

¿Fragmenta la violencia de género?

Para Vaccaro, quien acuñó el término “violencia vicaria” en 2012, nombrar ha sido una herramienta imprescindible. Su planteamiento parte de una constatación práctica: durante años, los niños y niñas en contextos de violencia machista quedaron fuera de las medidas de protección. Eran considerados testigos colaterales, no víctimas. El concepto de violencia vicaria —definido por la intencionalidad de dañar a la madre a través de terceros— permitió, según defiende, visibilizar ese riesgo y forzar cambios normativos y judiciales. A su juicio, el término no fragmenta la violencia de género, sino que revela una de sus expresiones más extremas y menos reconocidas.

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Sonia Vaccaro acuñó el término violencia vicaria

Lorente, en cambio, cuestiona la necesidad de crear una etiqueta autónoma para describir esa violencia. Desde su perspectiva, la agresión contra los hijos o el entorno forma parte de lo que denomina una violencia de género “extendida”, presente desde los primeros estudios sobre maltrato machista. Para él, el riesgo no es conceptual, sino estratégico: fragmentar una violencia que todavía no está plenamente asumida como problema estructural puede facilitar su cuestionamiento social y político.

Una misma lógica

Para explicar esa preocupación, Lorente recurre a una comparación. “No hablamos de violencia terrorista secuestrista, violencia terrorista coche-bomba o violencia terrorista tiro-en-la-nuca”. Todas esas expresiones remiten al terrorismo, independientemente del método empleado o de la víctima concreta. Aplicado a la violencia de género, su argumento es similar: utilizar a los hijos, a familiares o a personas cercanas no constituiría una violencia distinta, sino una de las múltiples formas en que se expresa el mismo fenómeno. Multiplicar las etiquetas, advierte, puede diluir la comprensión de conjunto y generar lecturas que separen lo que, en realidad, responde a una misma lógica de dominación.

Desde esta óptica, Lorente teme que el término “violencia vicaria” acabe funcionando como un compartimento estanco, con definiciones rígidas que obliguen a demostrar intencionalidades concretas o que dejen fuera casos que no encajen plenamente en la categoría. El resultado, sostiene, podría ser una mayor confusión jurídica y una pérdida de claridad sobre quién es el sujeto central de la violencia: la mujer.

Miguel Llorente Acosta

Vaccaro responde desde un enfoque distinto, marcado por la práctica clínica y el acompañamiento a víctimas. A su juicio, el problema histórico no ha sido la fragmentación, sino la invisibilización. Sostiene que durante años el sistema protegió —de forma insuficiente— a las mujeres, pero siguió entregando a los hijos a padres violentos bajo la idea de que “con los niños no”. En ese contexto, la violencia vicaria no habría debilitado el marco de la violencia de género, sino que lo habría ampliado para incluir a quienes siempre estuvieron en riesgo.

“Nombrar molesta”

Para la psicóloga, la resistencia al término reproduce debates ya conocidos en torno a otros conceptos como feminicidio o violencia sexual en la pareja. “Nombrar molesta”, sostiene, porque cuestiona espacios tradicionales de poder, especialmente el vinculado a la paternidad y a la idea de propiedad sobre los hijos. Frente a la crítica de que el término invisibiliza a los menores, Vaccaro defiende lo contrario: que ha permitido que, por primera vez, se los reconozca de forma sistemática como víctimas y sujetos de protección.

Con el anteproyecto a punto de llegar al Consejo de Ministros, la discrepancia deja de ser solo teórica y se vuelve práctica. Si la violencia vicaria se consolida como categoría específica, el foco se coloca de forma explícita en los menores y en la obligación del Estado de protegerlos como víctimas directas. Si, en cambio, se integra sin nombre propio dentro de la violencia de género, el reto será garantizar que esa protección no vuelva a diluirse en un marco más amplio donde durante años quedó fuera de la prioridad institucional.

Ahí se sitúa la verdadera discusión: no en si la violencia existe, sino en qué enfoque ofrece más garantías para intervenir antes. Nombrar para visibilizar o evitar nuevas etiquetas para no fragmentar. Dos estrategias distintas frente a un mismo problema y una misma urgencia.

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