Los millones de documentos del pedófilo Jeffrey Epstein publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos contienen un contraste estremecedor, simbolizado en la figura de Sarah Ferguson, esposa en su día del supuesto hijo favorito de la reina de Inglaterra y residente todavía, aunque no por mucho tiempo, de una mansión real de más de 30 habitaciones. En la infame lista de Epstein, la protección de la identidad de las víctimas convive con el escarnio de quienes por complicidad o negligencia interesada facilitaron el ascenso social y la perversión de uno de los más conocidos depredadores sexuales de las últimas décadas. Pero la disparidad más escalofriante es entre mujeres, la becha entre las damnificadas en el imperio de depravación de Epstein, con rostros y nombres ocultos, y aquellas que, pese a conocer el historial criminal del magnate, decidieron continuar en su órbita de riqueza e influencia.
Para sorpresa de casi nadie, Sarah Ferguson es un personaje recurrente en la tanda de archivos difundidos el pasado viernes, los mismos en los que su ex marido, el ciudadano anteriormente conocido como príncipe Andrés, aparece en inquietantes imágenes, descalzo, postrado a cuatro patas junto a una mujer tumbada en el suelo y, en una de las fotografías, tocándole el abdomen. La cara cubierta de ella, con un rectángulo negro, es el contrapunto a la exposición de Ferguson y su hiperbólica correspondencia con Epstein, rozando la sumisión, un desequilibrio de poder que generó una relación transaccional que al millonario estadounidense le abrió la puerta a la Casa Real británica.

A punto de abandonar por orden directa del rey la llamada Royal Lodge, la vivienda que han compartido desde hace más de 20 años, Andrés Mountbatten-Windor y Sarah Ferguson están a punto de tomar caminos separados, tres décadas después de su divorcio oficial. Pero sus destinos, como su caída en desgracia, están para siempre íntimamente entrelazados. Su gusto común por el lujo y su querencia por un nivel de vida que sus ingresos no podían mantener los condujo a lamentables errores de juicio a la hora de elegir amistades y, en última instancia, al exilio forzoso de la vida que conocían hasta ahora.
Esta semana, Sarah Ferguson anunciaba el cierre de la institución de caridad que había creado para promover sus causas benéficas. El golpe a su reputación por su proximidad a Epstein y el bochorno generado por el grado de sumisión a quien había sido condenado por delitos sexuales a menores ha provocado un daño irreparable. La ex duquesa de York no solo le pidió dinero e incluso trabajo a Epstein, sino que lo calificó como “el hermano que hubiera deseado tener”, su “mejor y más preciado amigo”, una “leyenda” a quien llegó a plantearle que se casara con ella. “Estoy a tu servicio”, le escribió después de que el pedófilo saliese de la prisión de Florida en la que había pasado doce meses, junto a un encomiado panegírico a su amistad: “Realmente no tengo palabras para describir mi amor y gratitud por tu generosidad y amabilidad”.

La camaradería, sin embargo, distaba de ser desinteresada por ambos bandos. Después de que Epstein, según sugieren los documentos publicados por el Departamento de Estado, cesase el contacto con Sarah Ferguson, esta lo acusó de haberse acercado a ella para “llegar a Andrés”. “Y eso me hirió profundamente. Más de lo que nunca sabrás”, según le reprobó en un correo en el que también lo criticaba por haber “desaparecido” y que envió apenas ocho minutos después de haber escrito: “Aunque no has mantenido el contacto, todavía estoy aquí con amor, amistad y felicitaciones por tu bebé”, una de las pocas referencias a un supuesto varón que Epstein habría tenido con una mujer desconocida.
Pese a los altibajos, la versión de Ferguson parte de una evidencia objetiva: fue ella quien habría presentado a Epstein a su ex marido. De acuerdo con documentos también del Departamento de Justicia de Estados Unidos, Ghislaine Maxwell, ex pareja de Epstein y hasta ahora única persona en prisión por la pérfida red de tráfico sexual del magnate, habría confirmado que la ex duquesa fue la responsable de que los dos hombres se conociesen, tras haber pasado un tiempo con Epstein en las Bahamas.

A partir de ahí, la red se fue ampliando y la relación pasó a ser con el resto de la familia, incluidas las princesas Beatriz y Eugenia. Epstein acudió al 18 cumpleaños de la primogénita junto a Maxwell y otros dudosos personajes como el magnate de Hollywood Harvey Weinstein, actualmente en la cárcel por delitos sexuales. Ejemplo de la cercanía es que, apenas cinco días después de que Jeffrey Epstein saliera de prisión, Sarah Ferguson viajó a verlo con sus hijas, quienes apenas contaban con 19 y 20 años.
Hasta ahora, Beatriz y Eugenia han tratado de evitar que la controversia que ha hundido la reputación de sus padres las salpique. Transcurridos menos de dos meses después de que Carlos III forzase la retirada de todos los títulos de Andrés, incluido el de príncipe, ambas decidieron pasar la Navidad con la Familia Real, pero al igual que Andrés y Sarah Ferguson han tenido que asumir ya su ostracismo, las jóvenes princesas se enfrentan a una herencia envenenada por las amistades peligrosas de sus padres.
