Pamela Palenciano es una mujer superviviente de la violencia machista. Vivió una relación de maltrato siendo adolescente y, años después, decidió transformar esa experiencia en una herramienta para otras. Desde hace más de una década recorre institutos, teatros y espacios culturales con un monólogo autobiográfico en el que cuenta su historia para prevenir, concienciar y evitar que chicas jóvenes pasen por lo que ella pasó. No señala a nadie, no identifica a su agresor, no acusa penalmente. Habla de dinámicas, de violencia, de lo que ocurre cuando el maltrato se normaliza.
El monólogo se titula No solo duelen los golpes y se ha representado miles de veces. Para muchas jóvenes ha sido la primera vez que alguien ponía palabras a lo que estaban viviendo. Para Palenciano, era una forma de reparación y de cuidado colectivo. Hasta que un día llegó un burofax.

Delito de odio contra los hombres
La querella contra ella fue presentada por la Asociación Hispanoamericana de Hombres Maltratados, que la acusó de un presunto delito de odio contra los hombres, a partir de fragmentos descontextualizados de sus actuaciones difundidos en una campaña de acoso político y mediático. El procedimiento fue admitido a trámite en 2021 y, aunque más tarde la Audiencia Provincial de Madrid lo archivó al considerar que su trabajo estaba amparado por la libertad de expresión y que nunca debió llegar a los juzgados, el daño ya estaba hecho.
El día que a Pamela Palenciano le archivaron la querella pensó, ingenuamente, que todo había terminado. Que el miedo se iría, que el trabajo volvería, que podría respirar. No fue así. “Cuando me preguntaban qué implicaba realmente que la querella se archivara, la abogada Laia Serra me dijo: después de que esto se archive vas a empezar a perder trabajo”. Pamela no lo creyó. “Yo le decía: no puede ser, porque ya he perdido bastante curro por estar denunciada. ¿Cómo voy a perder más si la denuncia está archivada y además se ha hecho público?”. Pero ocurrió. “Mi nombre quedó completamente manchado y empecé a perder muchísimo trabajo”.
A lo que Palenciano se enfrentó no fue solo a una denuncia. Fue a una SLAPP, siglas en inglés de Strategic Lawsuit Against Public Participation, que en castellano puede traducirse como demanda estratégica contra la participación pública. Se trata de procedimientos judiciales que no buscan tanto ganar un juicio como intimidar, desgastar y silenciar a personas que participan en el debate público, especialmente activistas, comunicadoras y defensoras de derechos humanos.
“La estrategia con una feminista tan expuesta como tú es que van a ir a por ti”
Pamela no lo entendió al principio. Pensó que se trataba de una denuncia puntual, de un malentendido jurídico que se aclararía con rapidez. Fue la abogada Laia Serra quien le puso nombre a lo que estaba ocurriendo. “Laia Serra desde el principio me habló de la SLAPP. Desde que me conoció me dijo: la estrategia con una feminista tan expuesta como tú es que van a ir a por ti”. Pamela intuía el hostigamiento político, sabía que tenía que ver con “una parte de la ultraderecha silenciando a las feministas más expuestas”, pero no alcanzaba a comprender la dimensión de la estrategia. “La estrategia de amedrantamiento, acoso y amenazas la entendí gracias a Laia. Me costó muchísimo entenderlo”. Ese acompañamiento fue decisivo. “Si Laia no llega a estar en mi vida, yo no hubiera podido valorar qué estaba pasando. No era una denuncia al uso, no era por un error puntual o una mala palabra. Había una estrategia política detrás de esta historia”.

Cuando la querella se archivó, lejos de cerrarse el episodio, empezó otra fase. “El proceso judicial tuvo efectos brutales en mi vida cotidiana. Vivía en un nivel de paranoia constante, desde la mañana hasta la noche, incluso de madrugada”. El acoso se intensificó y las consecuencias materiales se acumularon. “Crecieron las pérdidas de trabajo, crecieron las malas praxis, las malas comunicaciones con gente que ya no me contrataba”. Las amenazas eran constantes. “Mi hermana tuvo que filtrar todos los vídeos de acoso que me llegaban”. Y la autocensura se instaló en cada gesto. “Mi manera de subirme al escenario era todo el tiempo una autocensura constante, repensar lo que estaba diciendo, haciendo, moviendo. Mi vida cambió por completo, de una forma radical”.
Miedo por su seguridad y la de su familia
También cambió lo cotidiano. “Mi forma de caminar por Madrid, el teléfono, todo”. A su alrededor, el mensaje era claro. “Había gente que me pedía directamente que me autocensurara, que por favor no hablara de la denuncia”. Otras advertencias eran aún más explícitas. “Me decían que si los padres llamaban a un instituto diciendo que esta chica que iba a hacer un monólogo estaba denunciada, eso podía traer problemas”. Cada decisión se consultaba. “Todo se hablaba con Laia”, recuerda.
No temía solo por ella. “El miedo estuvo todo el tiempo permanente, por mí y por mi familia”. A eso se sumó el aislamiento. “La sensación constante era que la mala era yo, que la que se había equivocado era yo”. También la soledad. “Sentía que el movimiento feminista no reaccionaba, que parecía que era un problema mío”. El impacto en su salud fue devastador. “Tuve crisis de pánico, insomnio, disociación todo el tiempo”. Tuvo que aumentar la terapia y medicarse. “Estaba a base de ansiolíticos, sin dormir”. Durante esos años, su cuerpo también pasó factura. “Entré en un proceso de anorexia restrictiva horrible. Todo tenía que ver con el acoso y la violencia sostenida durante años”.

Pamela describe esta experiencia como una violencia incluso más dura que la ejercida por su expareja maltratadora. “Esto fue una violencia mucho peor, porque aquí no es una persona. Es un sistema entero funcionando para destruirte”. Para ella, el mensaje de este tipo de denuncias es inequívoco. “Esto es un aviso a navegantes. Si se lo hacen a Pamela, se lo pueden hacer a cualquiera. El mensaje es: cállense la boca, dejen de pelear tanto”.
“Pensé seriamente en dejar de hacer lo que hago”
Otras activistas detectaron el riesgo. “Cristina Fallarás e Irantxu Varela me dijeron que estábamos en riesgo por el tipo de violencia que se estaba viendo en España”. El nivel de hostigamiento fue tal que una ONG de derechos humanos llegó a recomendar medidas de autoprotección. “Nos propusieron cambiar la cerradura de casa”. El objetivo final era evidente. “Yo estuve a punto de retirarme. Pensé seriamente en dejar de hacer lo que hago”.
Para Palenciano, las SLAPP no son una violencia más. “Para mí no es una forma de violencia más. Es la estrategia más grande que han encontrado para quemarnos por completo”. Y señala una complicidad institucional difícil de esquivar. “La institución acaba siendo cómplice, porque la gente que te contrata no tiene herramientas para protegerse y opta por no hacerlo”.
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