Pocas personas pueden decir que han redefinido una parte del cuerpo humano. Menos aún que esa redefinición haya dado lugar a una industria valorada en miles de millones de dólares. Anastasia Soare es una de ellas. Durante décadas, su nombre ha sido sinónimo de cejas. Hoy, ese legado continúa —y se transforma— en manos de su hija, Claudia Soare, conocida en el mundo de la belleza como Norvina, presidenta y directora creativa de Anastasia Beverly Hills (ABH). Juntas, madre e hija han convertido un gesto aparentemente menor, la forma de una ceja, en un lenguaje estético, una estrategia empresarial y un fenómeno cultural global.
La historia comienza lejos de Beverly Hills. Anastasia Soare nació en Rumanía y se formó en arte y arquitectura en plena era comunista. En 1989 emigró a Estados Unidos sin dinero, sin contactos y sin hablar inglés. Se instaló en Los Ángeles y empezó a trabajar como esteticista para sobrevivir. Hacía limpiezas faciales, depilaciones y tratamientos básicos hasta que detectó algo que nadie parecía ver: las cejas estaban completamente descuidadas. No solo desde el punto de vista cosmético, sino estructural.

A partir de su formación artística, Soare empezó a observar el rostro como un conjunto de proporciones. Inspirándose en el concepto clásico de la proporción áurea de Leonardo DaVinci teorizó que la ceja era el eje que equilibraba visualmente la cara. No se trataba de depilar más o menos, sino de adaptar la forma de la ceja a la estructura ósea de cada persona. Así nació el Golden Ratio Eyebrow Shaping Method®, una técnica que acabaría convirtiéndose en la base de su imperio.
De un cuarto alquilado a un imperio
Al principio, la idea fue recibida con escepticismo. A comienzos de los noventa, dominaba la ceja ultrafina popularizada por iconos como Pamela Anderson. No existían productos específicos para cejas ni una cultura de cuidado asociada a ellas. Soare empezó practicando con ella misma y ofreciendo el servicio sin cobrar. Los elogios llegaron rápido. En 1992 alquiló un pequeño espacio frente a Neiman Marcus, en Beverly Hills. Pronto, modelos y actrices comenzaron a acudir por recomendación del boca a oreja.
La decisión estratégica que lo cambió todo fue tan simple como brillante. “Quizá debería centrarme en las cejas porque son un anuncio ambulante”, razonó. Las cejas, a diferencia de otros tratamientos, se ven. Caminan por la calle. Salen en las fotos. Aparecen en la alfombra roja. Su lista de clientas pronto incluyó nombres como Cindy Crawford, Naomi Campbell, Penélope Cruz, Beyoncé o Kim Kardashian. En 1997 fundó oficialmente Anastasia Beverly Hills como estudio especializado. En el año 2000 lanzó su primera línea de productos para cejas, creada para que las clientas pudieran replicar el resultado en casa.

El crecimiento fue constante hasta que en 2012 la marca dio un salto y entró de lleno en el maquillaje de color con paletas de contorno, ojos y labios. Ese movimiento llevó a ABH a superar la barrera del billón de dólares en valoración, consolidándose como una de las grandes marcas globales de belleza independiente.
Claudia, Norvina y el relevo generacional
Mientras Anastasia construía el imperio, su hija crecía dentro de él. Claudia Soare, un nombre que su madre eligió por ser más fácil de pronunciar en Estados Unidos que Norvina, su nombre de nacimiento, empezó trabajando en el salón. Pasó por ventas, marketing, laboratorio y operaciones. “Mi madre quería asegurarse de que entendiera cada parte del negocio antes de tocar el maquillaje”, ha explicado.
En paralelo, Claudia desarrolló una identidad propia en redes sociales bajo el nombre de Norvina. En Instagram comenzó a experimentar con maquillaje teatral, colores intensos y una estética más cercana al arte que al consumo masivo. Su presencia digital creció de forma orgánica, al mismo tiempo que aplicaba las estrategias aprendidas en su cuenta personal para fortalecer la marca corporativa. “No teníamos presupuesto para grandes campañas ni publicidad tradicional”, ha explicado Anastasia Soare. “Las tiendas dudaban de que los consumidores entendieran que pasábamos de cejas a maquillaje. Las redes sociales fueron nuestra forma de comunicarnos directamente con el cliente”. ABH fue una de las primeras marcas de belleza en construir una comunidad digital antes de convertirse en un gigante comercial.

En 2016, Claudia, ya oficialmente Norvina, asumió la presidencia y la dirección creativa de la compañía. El reto principal era expandir la marca sin diluir su ADN. “Las expectativas eran altísimas”, ha reconocido.
Una marca dentro de la marca
El siguiente paso fue lanzar una línea propia sin canibalizar el negocio principal. Así nació NORVINA, una colección bajo el paraguas de Anastasia Beverly Hills pero con identidad, empaques y posicionamiento propios. La estrategia respondía a una segmentación entre el cliente tradicional de ABH que busca productos elegantes y funcionales y el público de Norvina que demanda intensidad y experimentación.
“No queríamos confundir al consumidor ni hacerle pensar que Anastasia Beverly Hills estaba cambiando”, ha explicado Claudia Soare. Por eso, la línea Norvina no incluye productos para cejas, bases o labiales clásicos. Se centra en paletas de sombras, pigmentos y glitter. La distribución, con espacios diferenciados en Sephora, reforzó la idea de un universo paralelo pero complementario.

Desde el punto de vista económico, la operación fue un ejemplo de extensión de marca bien ejecutada aprovechando el prestigio de la matriz sin erosionar su núcleo. Era el relevo generacional definitivo.
El negocio como identidad
Hoy, Anastasia Soare sigue al frente como fundadora y referente, pero ha cedido el testigo operativo a su hija. A sus más de 60 años, lejos de retirarse, ha publicado sus memorias, Raising Brows, donde relata una trayectoria que es tanto personal como empresarial. “No hay diferencia entre lo personal y lo profesional”, afirma. “Mi marca es mi vida”.

La ambición no ha disminuido. Soare habla de presencia global, de estar “en cada pueblo, en cada rincón de cada país”. La innovación tecnológica sigue siendo una prioridad, especialmente en productos para cejas, el corazón del negocio. Al mismo tiempo, Norvina representa una belleza más expresiva, más digital, más conectada con las generaciones que entienden el maquillaje como identidad y no solo como corrección.
Madre e hija han cambiado la forma en que se diseñan las cejas, pero también han modificado la manera en que se construye una marca de belleza. Desde un cuarto alquilado en Beverly Hills hasta una multinacional con distribución global. En un sector saturado y volátil, Anastasia Beverly Hills demuestra que una idea bien ejecutada puede sostener un imperio durante décadas. Y que el verdadero lujo, a veces, está en un arco perfectamente trazado sobre la mirada.


