Pasarse los días cuidando de los demás, una tarea que normalmente recae sobre las mujeres, termina generando un desgaste mental que puede llegar a ser excesivamente cargante. Este agotamiento es conocido como la fatiga por compasión.
No es un burnout nacido del estrés o la ansiedad habituales, sino que parte de un desgaste puramente emocional de la fuerte empatía. Es relativamente común en psicólogos y cuidadores familiares, pero también puede aparecer en personas que simplemente suelen cuidar (física y/o emocionalmente) a los demás.
Cuando el dolor y el trauma de los demás se convierte en propio

A veces, cuidar y ayudar a personas que padecen o sufren un trauma puede atravesar a una persona hasta tal punto que esta también lo pasa mal física y mentalmente.
La doctora Elena Alameda, especializada en trauma vicario entre otros, explica que “la compasión es el antídoto ideal para la empatía patológica”. Se da principalmente en personas muy empáticas, y en profesionales cuya labor fundamental es cuidar a los demás.
Por parte de los síntomas habituales, la doctora Alameda indica que pueden manifestarse como insomnio, agotamiento crónico, dolores de cabeza y en el pecho, tensión muscular, ansiedad, impotencia, baja autoestima…
Es señal de alarma especialmente si se sufren múltiples síntomas similares a estos.
Por qué la fatiga por compasión sucede más en mujeres y cómo lidiar con esta

La estructura social ha llevado a la mujer a tomar un rol de cuidadora y apoyo emocional. Esto sucede tanto profesional como personalmente, siendo ellas quienes toman las tareas de cuidados por amplia mayoría.
Así que no es de extrañar que las mujeres sean quienes padezcan fatiga por compasión, especialmente al ser enseñadas a no poner límites en el cuidado a los demás.
El problema no está en la empatía individual, sino en que cuando esta fatiga se vuelve crónica, el agotamiento afecta seriamente tanto a la persona como a su labor de cuidado. Por lo tanto, es necesario crear unos límites emocionales saludables. Por uno/a mismo/a y por los demás.
Un primer paso es trabajar en diferenciar el sentir con el otro, que hacerlo por él. Es decir, que se debe separar el apoyo al malestar de alguien, de compartir el mismo dolor traumático.
Otra acción clave es la de saber dar un “cierre”, especialmente si tu profesión se basa en el cuidado o si estás cuidando a alguien de tu familia. Tras acabar el día, dedica unos minutos a reflexionar, o a “quitarte” simbólicamente la carga. Por ejemplo, lávate las manos o dúchate, y cámbiate de ropa después de terminar tu labor.
Un paso muy importante hacia las barreras emocionales es aprender a decir que no. Las tareas que puedas delegar, delégalas en otras personas. O no aceptes más carga o más horas extras, si el cuidado es parte de tu trabajo. Piensa que, si tú colapsas, no podrás seguir ayudando a quien lo necesitas.
Finalmente, si crees que la situación te sobrepasa, no dudes en pedir ayuda profesional. Esta puede ayudarte con tu autocuidado, y a poner límites saludables que eviten o aligeren tu agotamiento crónico.
No estás perdiendo empatía, estás mejorando tu salud mental y recargando energías para seguir ayudando a los demás.


