Cuando parecía que el universo televisivo de Agatha Christie ya había sido explorado hasta la saciedad, con Poirot y Miss Marple convertidos en iconos pop, Netflix ha decidido ir justo en la dirección contraria. No rescata a ninguno de sus detectives más famosos ni apuesta por una de sus novelas más conocidas. En su lugar, se adentra en una obra casi secreta para el gran público y la convierte en una miniserie de tres episodios que tiene mucho de homenaje, pero también de relectura moderna. Así llega Las siete esferas. Una producción que demuestra que el legado de la escritora todavía guarda giros inesperados.
La serie parte de una premisa muy reconocible para los lectores de la autora. Una muerte inexplicable en una mansión de la alta sociedad inglesa, un grupo de sospechosos con secretos que esconder y una red de pistas que se va tensando a cada escena. Pero Las siete esferas no se limita a reproducir la fórmula. La reinterpreta desde un punto de vista menos habitual dentro del universo de Agatha Christie. Con una protagonista que no es detective profesional, sino una joven aristócrata que se ve empujada a investigar por pura intuición y rebeldía.
Una historia de Agatha Christie que casi nadie esperaba
La novela original en la que se basa Las siete esferas fue publicada en 1929 y nunca estuvo entre los títulos más populares de Agatha Christie. No hay aquí grandes nombres del canon ni enigmas famosos. Precisamente por eso Netflix ha encontrado una vía creativa inesperada: rescatar una obra menor para construir una adaptación libre de comparaciones inevitables.
En la serie, una fiesta aparentemente inocente termina con la muerte de uno de los invitados. Lo que en un primer momento parece un accidente se transforma en una investigación cada vez más turbia, donde la alta sociedad británica de los años veinte empieza a mostrar su cara menos elegante. Las siete esferas convierte el whodunit clásico en un retrato de clase, ambición y apariencias. Una de las obsesiones recurrentes de Agatha Christie, pero rara vez tan explícita como aquí.
Una de las decisiones más llamativas de Las siete esferas es colocar el foco narrativo en una mujer joven, Lady Eileen “Bundle” Brent, que no tiene ni la experiencia ni la frialdad de los grandes investigadores de Agatha Christie. Bundle es impulsiva, curiosa y, sobre todo, incómoda para su propio entorno social. Es una figura que choca con la rigidez de su época y que utiliza su posición privilegiada para hacer justo lo que no se espera de ella: hacer preguntas.
Esta elección cambia por completo el tono del relato. Donde Poirot imponía orden y lógica, Bundle introduce emoción y riesgo. Las siete esferas se convierte así en una historia de aprendizaje, casi de iniciación, donde la investigación es también una forma de descubrir quién eres y qué lugar ocupas en un mundo lleno de mentiras educadas.
La alta sociedad como escenario del crimen
Netflix ha entendido muy bien que el verdadero motor de Agatha Christie nunca fue solo el misterio, sino el microcosmos social en el que lo situaba. Las siete esferas explota esa idea al máximo. La mansión donde ocurre todo funciona como una jaula dorada: lujo, educación exquisita y, bajo la superficie, rivalidades, chantajes y miedos.

En este sentido, la serie dialoga con muchas preocupaciones contemporáneas. La forma en la que los poderosos protegen su imagen, cómo se tapan los escándalos y cómo la verdad siempre tiene un precio son temas que atraviesan Las siete esferas y que hacen que Agatha Christie suene más actual de lo que podría parecer para una historia ambientada en 1925.


