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Atzur, el pop épico que mezcla electrónica, emoción y una voz que recuerda a Florence + The Machine

El dúo hispano-austriaco presenta su nuevo trabajo con un sonido que oscila entre la épica indie, la electrónica emocional y ecos ochenteros que evocan a Kate Bush, confirmando una de las propuestas más singulares del pop alternativo actual

Hay grupos que nacen dentro de una escena y otros que parecen surgir en un lugar intermedio, sin pertenecer del todo a ningún territorio. Pero quién sabe cómo nace el sonido de un grupo, si es algo que está en el origen o se genera con el tiempo… Atzur vive sin responder esa pregunta. El dúo formado por la española Patricia Narbón y el austriaco Paul Ali se mueve en un espacio híbrido donde conviven el pop alternativo, la electrónica emocional y una cierta pulsión épica que remite tanto al indie contemporáneo como a referencias más clásicas. Desde su aparición en 2019, su propuesta podría describirse como un cruce entre Chvrches y Florence + The Machine, una comparación que no resulta exagerada si se atiende a la intensidad vocal y al gusto por los arreglos expansivos que caracteriza su sonido.

Su trayectoria se ha desarrollado con rapidez. Tras varios sencillos y EP, el debut Strange Rituals consolidó una estética donde la emoción se construye a partir de capas electrónicas, percusiones marcadas y una interpretación vocal que no teme el dramatismo. El propio grupo ha definido ese disco como una colección de canciones para mentes sensibles, con una carga emocional que oscila entre la catarsis y la introspección.

Ese tono sigue presente en su nuevo material, que amplía el espectro sonoro hacia territorios más sintéticos sin abandonar la vocación melódica que ha definido su identidad.

Escuchar a Atzur produce la sensación de estar ante una música pensada para ser vivida de forma física. Hay algo ceremonial en su manera de construir las canciones, como si cada tema fuera un pequeño ritual emocional. Esa idea, que ya aparecía en su primer disco, continúa en los nuevos trabajos, donde la electrónica no funciona como simple adorno, sino como estructura sobre la que se levanta una narrativa muy marcada. El grupo se mueve con naturalidad entre momentos de intimidad y explosiones sonoras diseñadas para el directo, una combinación que explica en parte la buena acogida que han tenido en festivales europeos.

Las comparaciones ayudan a situar su propuesta, aunque no la agotan. Cuando la voz de Patricia se eleva sobre bases más orgánicas, el parentesco con Florence + The Machine resulta evidente: misma búsqueda de intensidad, mismo gusto por la épica emocional, misma voluntad de convertir la canción en experiencia. Cuando el sonido se vuelve más electrónico, el resultado se acerca a la escena indietrónica contemporánea, con un pulso que en algunos momentos recuerda a propuestas como Delaporte, donde el ritmo y la textura digital sostienen la tensión dramática. Y cuando aparecen sintetizadores más marcados o estructuras cercanas al pop de los ochenta, el eco que surge es el de Kate Bush, no tanto por la imitación directa como por la mezcla de teatralidad, sensibilidad y extrañeza que atraviesa muchas de sus canciones.

Esa combinación de referencias no responde a una estrategia calculada, sino a la propia naturaleza del proyecto. Atzur nació del encuentro entre dos músicos de procedencias distintas, España y Austria, que encontraron en el pop alternativo un espacio común desde el que experimentar. Desde el principio dejaron claro que no buscaban simplemente sonar en la radio, sino construir un universo propio, algo que se percibe en la manera en que cuidan la producción y en la importancia que conceden al concepto global de cada disco.

En el nuevo trabajo, esa ambición se mantiene. Las canciones alternan momentos de luminosidad con otros más oscuros, y el recorrido parece pensado como un viaje emocional más que como una sucesión de singles. Hay temas que funcionan como himnos de estadio, con baterías tribales y sintetizadores envolventes, y otros que se acercan al hyper-pop o al art-pop, mostrando un grupo dispuesto a moverse sin demasiadas fronteras dentro del pop contemporáneo.

Lo interesante es que, pese a esa diversidad, el resultado conserva una identidad reconocible. Atzur no suena a collage ni a ejercicio de estilo, sino a una banda que ha encontrado un tono propio dentro de un género donde la personalidad es cada vez más difícil de sostener. La clave está probablemente en la voz, pero también en una cierta forma de entender la canción como relato emocional, no solo como estructura rítmica.

En un momento en el que el pop tiende a la fragmentación y al consumo rápido, propuestas como la de Atzur parecen reclamar todavía el derecho a la intensidad. Sus canciones no buscan la neutralidad ni la discreción; prefieren el exceso, el dramatismo, la emoción abierta. Esa elección puede resultar arriesgada en un panorama dominado por la inmediatez, pero también es lo que les da singularidad.

Más que una banda de moda, Atzur da la impresión de ser un proyecto en construcción, un grupo que todavía está definiendo sus límites y que precisamente por eso resulta interesante seguir. Entre la electrónica, el indie y la épica pop, su música se mueve en un territorio donde la emoción sigue teniendo espacio. ¡Y qué emoción!

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