Cristina Garrido llevó al Monte de Piedad un anillo heredado de su abuela para someterlo a tasación y empeño. El gesto forma parte de la investigación que acompaña a Piedra de toque, su exposición en La Casa Encendida, y sitúa la pregunta por el valor en un terreno íntimo. La misma joya puede guardar una historia familiar, ofrecer una salida ante una necesidad económica o convertirse en un objeto que un experto examina para determinar cuánto dinero permite prestar. Cada mirada atiende a algo distinto. Ninguna cifra alcanza a explicar por completo lo que una persona entrega cuando deja un recuerdo en otras manos.
La artista traslada esa pregunta a la colección de la Fundación Montemadrid y la pone en relación con los objetos, las herramientas y los procedimientos del Monte de Piedad. Obras de Salvador Dalí, Joan Miró, Rafael Canogar, Equipo Crónica o Sandra Gamarra comparten espacio con relojes históricos, manuales de gemología, maletas y enseres empeñados. Algunas piezas llevaban décadas guardadas. Al reunirlas, Garrido propone examinar cómo intervienen la firma, el conocimiento experto, la conservación o el lugar donde se muestra un objeto en aquello que estamos dispuestos a reconocer como valioso.

La primera aproximación de Garrido fue intuitiva: revisó imágenes de las obras sin querer mirar siquiera quién las firmaba. Antes de atender a los nombres, buscó qué le sugerían y qué relaciones podían establecer entre ellas. Aunque la colección no se había formado siguiendo un criterio temático ligado al Monte de Piedad, encontró preguntas que atravesaban su propio trabajo: la diferencia entre una reproducción y un original, la incertidumbre sobre el valor y la subsistencia material de los artistas.
La exposición, que puede visitarse hasta el 7 de marzo de 2027 en las salas D y E, hace visible por primera vez esa relación entre la colección y la historia del Monte de Piedad. También devuelve al edificio una parte de su memoria. Construido en 1913 como sucursal de la institución, el inmueble que hoy ocupa La Casa Encendida recibió durante décadas a personas que acudían a empeñar sus pertenencias para obtener un préstamo. Las salas destinadas ahora al arte contemporáneo vuelven a alojar objetos vinculados a aquella actividad.
El vínculo se remonta a 1702, cuando el padre Francisco Piquer fundó el Monte de Piedad para facilitar crédito a quienes no tenían acceso a él. De esa institución procede la Fundación Montemadrid, cuya actividad cultural y social sigue recibiendo recursos generados por El Monte, su denominación actual. La investigación de Garrido permite observar también esa continuidad económica: la exposición pertenece a una institución sostenida, en parte, por los mecanismos que la propia muestra estudia.

Comprender dónde iba a exponer se convirtió entonces en parte del proyecto. Nacida en Madrid, Garrido conocía a grandes rasgos la función del Monte de Piedad, pero ignoraba que seguía en pleno funcionamiento. Descubrir su relación económica con la Fundación le dio la perspectiva desde la que leer los fondos. La artista describe un movimiento en ambas direcciones: observar la colección desde El Monte y, a través de las obras, volver la mirada hacia sus procedimientos cotidianos.
En ese recorrido aparece una historia especialmente significativa para las mujeres. Según explica Garrido mientras recorremos la exposición, el Monte de Piedad fue durante siglos “uno de los pocos lugares donde las mujeres podían acceder a crédito, en épocas en las que ni siquiera tenían derecho a solicitar determinados préstamos bancarios por sí mismas”. Gema Yenes, coordinadora de administración y subastas de El Monte, le contó el caso de las máquinas de coser: sus propietarias podían empeñarlas y seguir utilizándolas para trabajar mientras reunían el dinero necesario para recuperarlas.
La máquina conservaba así su utilidad como herramienta de sustento al tiempo que servía de garantía. En aquella operación se cruzaban el precio del objeto y la posibilidad de continuar trabajando. La historia introduce en la exposición unas economías domésticas y unas vidas laborales que difícilmente caben en una ficha de inventario. También recuerda que los bienes depositados tuvieron una función concreta en las decisiones de quienes recurrieron a ellos.

Maletas, pequeños electrodomésticos, enciclopedias, prendas y cajas permanecieron almacenados después de que nadie los recuperara. Algunos conservan sus embalajes, las cuerdas que los sujetaban y las etiquetas manuscritas. Son los llamados “objetos diversos” de El Monte: pertenencias que en un momento pudieron garantizar un préstamo y que después quedaron fuera de circulación. Su presencia abre preguntas sobre la transformación de las necesidades y sobre lo que ocurre cuando algo deja de tener un lugar en la vida de su propietario.
Las herramientas de las tasadoras permiten aproximarse a otra parte del proceso. Cristina Garrido expone piedras de toque, galgas, manuales de gemología y una caja con piedras preciosas auténticas y sintéticas junto a obras de Miró, José Ramón Amondarain, Gamarra, Pep Agut, Julio López Hernández y Dalí. El título de la muestra procede de esa pequeña pieza de jaspe sobre la que se frota una joya o una moneda para examinar la pureza del metal mediante una prueba con ácido. El procedimiento sigue formando parte del trabajo de tasación.
Durante la visita, Yenes explica que ese conocimiento también pasa por las manos. Al probar una joya importa cómo se siente el metal al rozar la piedra, la resistencia que ofrece y la elección de un punto donde la prueba apenas deje huella. Hay que evitar las soldaduras y procurar el menor daño posible. La caja de piedras auténticas y sintéticas sirve, además, para entrenar la mirada de las nuevas tasadoras. Los instrumentos expuestos contienen así una experiencia que se aprende y se transmite entre profesionales.

Junto a esos instrumentos, Paisaje surreal (1940-1945), de Dalí, introduce una desproporción elocuente: una pintura de apenas cuatro centímetros puede tener un elevado valor económico. La escala física ofrece poca información sobre su cotización. Sin título (1973), de Miró, dirige la atención hacia la autoría: su firma ocupa buena parte de la pieza, hasta convertirse prácticamente en imagen. Detrás, la obra oculta parcialmente al copista representado en Tonner (2006), de Amondarain. La disposición reúne en una misma mirada la firma reconocida, la copia y las jerarquías que las separan.
El montaje, realizado con el Estudio Gonzalo del Val, interviene en esas asociaciones. Recupera sistemas de almacenamiento y presentación de El Monte y reproduce incluso los techos de sus oficinas actuales. Estanterías y módulos recuerdan que las piezas han sido clasificadas, trasladadas y custodiadas antes de llegar ante el visitante. El modo de colocarlas forma parte de la investigación sobre su valor.
Una de las instalaciones reúne seis relojes históricos sobre una estantería industrial semejante a la que los sostenía en los sótanos de Celenque. Garrido los descubrió durante una visita, cuando los recibió su sonido. Supo entonces que un maestro relojero acudía semanalmente para mantenerlos en funcionamiento y evitar que se estropearan. “Me impresionó que alguien acudiera semanalmente a dar cuerda a unos relojes que no va a ver nadie”, recuerda Cristina Garrido.
Garrido quiso prescindir de las paredes en la medida de lo posible para que el visitante pudiera rodear las piezas y descubrir sus reversos. Detrás también hay historias: etiquetas de las galerías que las vendieron a la colección, firmas y rastros de su recorrido. El falso techo, habitual en oficinas y almacenes, introduce otro cambio de perspectiva. Trasladado al montaje, comparte espacio con los pedestales que elevan las obras y las aproxima a ese entorno de trabajo del que proceden muchos de los objetos.

Ese trabajo continúa durante la exposición: el relojero acudirá cada semana a darles cuerda y ponerlos en hora. La rutina que permitía conservarlos fuera de la vista del público pasa a formar parte de la muestra. Cerca se presentan el vídeo Maltrato, de Javier Peñafiel, y Orlas de flores, de Juan de Arellano, una de las obras de mayor valor económico de la colección. La reunión de estas piezas lleva la atención hacia el tiempo y hacia el esfuerzo necesario para que lo frágil perdure.
Garrido mantiene esa preocupación por los objetos desde sus primeros trabajos. En la visita recuerda sus fotografías de muebles abandonados en East London, los vídeos de décimos de lotería cuyo valor cambiaba frente al sorteo televisado y las colecciones de tarjetas de rasca y gana desechadas en la calle. “Desde el principio de mi práctica, me ha interesado el valor y la circulación de los objetos”, explica. Piedra de toque prolonga esa investigación en una institución con la que está vinculada desde su selección en Generación 2015.

Aquí utiliza el préstamo como método artístico. Toma temporalmente piezas que no le pertenecen, las desplaza de sus contextos habituales y las reúne para producir nuevas lecturas. Cuando termine la exposición, deberán regresar a sus lugares de origen. Esa condición provisional permite comprender la muestra como un momento dentro de la vida de los objetos, que continuarán su recorrido después de haber compartido estas salas.
La publicación que acompañará el proyecto ampliará la investigación con fotografías, un inventario y conversaciones con artistas, tasadoras, el maestro relojero, la responsable de la colección y una restauradora de tapices. Incluirá también la experiencia de Garrido con el anillo de su abuela y un fragmento traducido de Rubbish Theory (1979), del sociólogo Michael Thompson, sobre el paso de los objetos entre distintas categorías de valor.
El anillo devuelve la cuestión a una escala cercana. Una tasación puede determinar la cantidad de dinero que una joya permite obtener, pero su historia sigue dependiendo de quienes la han llevado, conservado o heredado. En Piedra de toque, esas relaciones acompañan a las firmas célebres y a los instrumentos de medida. Y también al relojero que seguirá dando cuerda a las piezas cada semana.

