La música de Mateo Falgas te acuna. Produce una extraña sensación de intimidad con algo que todavía no ha sucedido. Sus canciones parecen conservar el recuerdo de una felicidad posible, una disposición hacia la vida que sobrevive incluso cuando las cosas se tuercen. Hay en su música una calidez difícil de encontrar en una época que ha confundido la intensidad con el volumen: los arreglos respiran, las voces se buscan, el piano deja espacio al silencio y las melodías avanzan con una naturalidad que esconde un trabajo minucioso. Falgas tiene la capacidad de provocar una alegría serena, casi física, que invita a recuperar el entusiasmo por lo cotidiano. Su música despierta las ganas de vivir con una confianza que parecía olvidada.
Y resulta especialmente conmovedor que esa vitalidad nazca de un músico tan consciente de la imperfección, de las heridas que deja el crecimiento y de la fragilidad de cuanto amamos. Esa calidez viene de lejos. Está en Hermano Silvestre, el proyecto que compartió con su hermana; en Dentro de ti, la canción de aquel primer álbum que llevó consigo al emprender su propio camino; y en los EP en solitario con los que aprendió a sostener una canción sin más compañía sobre el escenario. Ahora crece entre las voces, la orquesta y los arreglos de Crecemos torcidos.
El disco nació en un momento de soledad, cuando la vida había dejado de parecerse a la que esperaba. Falgas quiso darle una forma compartida a aquel desánimo, escribir algo en lo que otros pudieran reconocerse y sentirse menos solos. Tardó tres años y reunió a treinta músicos; algunos arreglos surgieron de un coro de amigos que fue encontrando su sonido mediante la improvisación. Su hermana vuelve a cantar con él, abriendo y cerrando un álbum que mira las heridas con ternura y encuentra belleza en lo que nos ha ido torciendo. “Todo el mundo crece torcido, es inevitable, y aceptarlo da mucha paz”, dice. Habla del vértigo de terminar una obra, de la necesidad de soltarla y de una música que se parece al fuego: acercar la propia llama a otra vela permite multiplicar la luz. Queda esa sensación después de escucharlo, un calor pequeño que uno se lleva puesto y unas ganas renovadas de estar aquí.
¿Qué significa el título de tu nuevo disco, Crecemos torcidos?
Nace de un momento doloroso, de esos en los que te das cuenta de que eres imperfecto, de que hay aspectos de ti que debes aceptar y otros que necesitas pulir. A veces la vida no sale como la habías planeado. Yo estaba en uno de esos momentos, me sentía solo y desanimado, y pensé que necesitaba hablar de ello para encontrarle sentido.
Quería que otras personas pudieran reconocerse en esa experiencia y comprendieran que no están solas, que no estamos solos en los momentos malos de la vida.
¿Qué significa crecer torcido? ¿Hay esperanza en esa imperfección?
Siempre hay esperanza. Intento poner una pincelada de ella en todas mis canciones. Es una actitud ante la vida y me parece muy bello vivir así. He tenido la suerte de crecer en una casa donde había mucha esperanza: cada vez que mis hermanas, mi hermano o yo planteábamos algo, la respuesta de mis padres era impulsar nuestros sueños, nunca desalentarnos ni enfrentarnos entre nosotros.
Todo el mundo crece torcido, es inevitable, y aceptarlo da mucha paz. Las canciones hablan de eso y de la belleza de ser diferentes por las cosas que nos han sucedido, por el camino que hemos recorrido, unas veces por elección y otras sin haberlo buscado.
¿Cómo influye tu perfeccionismo en la música? ¿Tiene que ver con tener un talento y querer ponerlo al servicio de la creación?
Existe una gran tensión hacia la perfección y creo que procede de la propia naturaleza del arte. Una obra se inmortaliza: cuando la terminas y la compartes, queda congelada en el tiempo. Ya no puedes hacer cambios y, en cierto modo, dejas de ser esa obra. Eso produce mucho vértigo, porque algo que permanece inmóvil va a llevar tu firma, tu nombre, aunque tú cambies, mejores o tomes un camino completamente distinto.
Es una inquietud que compartimos muchos artistas. He hablado de ello con creadores de distintas disciplinas, no solo con músicos, y reconocemos ese miedo: en cuanto acabas la obra, deja de ser tuya. Al mismo tiempo, hay algo muy bonito en aprender a soltarla y compartirla.
Muchas de las imperfecciones que nosotros vemos pasan inadvertidas para los demás. A veces incluso encuentran belleza en ellas y las entienden como parte de la obra. Sin esas imperfecciones, la obra no sería la misma ni tendría el mismo atractivo. Nuestro propio perfeccionismo puede llegar a destruirla, y saber detenerlo es muy importante.

En Todo viene y va cantas “Vuelve a comenzar este acto medio eterno”. ¿Hablas también de la creación musical?
Sí, ese verso habla exactamente de lo que estamos comentando. La creación es un acto que tiene algo de eternidad.
¿Qué quieres expresar con “soñamos despiertos y vivimos dormidos”?
La frase tiene dos matices. “Soñamos despiertos” contiene la parte más bella y poética: hay personas que vivimos con un sueño siempre activo y lo miramos todo a través de ese filtro. Pero ese sueño también puede llevarnos al ensimismamiento e impedirnos ver y compartir la vida con mayor profundidad. A eso se refiere “vivimos dormidos”.
Como diría mi abuela, a veces nos ahogamos en un vaso de agua. Vivimos en un mundo lleno de oportunidades y de personas que podrían abrirnos la mente, pero permanecemos encerrados en nuestros miedos, en lo que nos han dicho que debemos ser o en las exigencias que nosotros mismos nos hemos impuesto. Muchas veces somos quienes creamos nuestros propios problemas.
En Ídolo del dinero hablas de las expectativas. ¿Has sentido las exigencias de la industria musical? ¿Cómo estás viviendo este momento profesional con el álbum terminado?
Ha habido un nivel alto de exigencia y mucho trabajo para conseguir dejar grabado el álbum. Tienes que transmitir todo lo que llevas dentro a un grupo de músicos y, en esa comunicación, pueden aparecer el estrés y cierta rigidez.
Me gusta que cada nota esté en su sitio y también dejar momentos de libertad. Pero cuando tenemos que tocar todos a una, necesitamos hacerlo: somos muchos y debemos estar muy bien entrelazados. En esos momentos he sido muy exigente.
Después de grabarlo me relajé, y ahora esa exigencia vuelve con la preparación del directo. Estamos ensayando otra vez y también disfruto mucho de ese esfuerzo. Intento orientarlo a conseguir el mejor resultado, sin someter a todo el mundo a la tensión de alcanzar una perfección imposible.
Además, quiero que el directo vaya más allá de reproducir el sonido del álbum. Busco que haya sorpresas, que los músicos aporten nuevas ideas, que algunas partes se alarguen y otras se acorten. Ahora estoy intentando organizar todo eso.
¿Cómo has pasado de grabar solo, con un micro y de un tirón, a crear un disco con coro, orquesta y tantos arreglos?
Es un salto que llevaba preparando mucho tiempo. Mientras grababa los EP en solitario, también estaba construyendo este álbum. Necesitaba seguir compartiendo música; no podía permanecer en silencio durante tanto tiempo.
Creo que para los músicos de hoy es muy importante poder defenderse solos. Nos enriquece y nos da libertad saber que podemos tocar con una banda y, si nos llaman para un concierto más pequeño o íntimo, acudir sin ella y sin miedo. Sorprendería saber cuántos grandes cantantes sienten temor cuando les toca actuar en solitario. Están tan acostumbrados a tener una banda que encontrarse solos supone entrar en otro mundo.
Estoy muy orgulloso de haber empezado así y de estar ahora desarrollando un proyecto con tantas personas. Después volveré a estar solo y, más adelante, regresaré a un formato colectivo. Me gusta alternarlos.
Tocar con varios músicos genera una conexión muy especial. ¿Cómo se construye?
Es complejo, pero se consigue con la práctica. Es un músculo que se entrena, algo parecido a la telepatía. Se parece a cuando jugabas con tus hermanos a adivinar cosas o inventabais un idioma secreto: desarrollas la capacidad de conectar con los demás en el momento.
Con el público hay una conversación. Entre los músicos, la conexión se parece más a un baile: si uno da un paso en falso, otro puede caerse. Todos tenemos que saber que estamos creando la pieza juntos y que ninguna parte es más importante que otra. Cada pequeña intervención contribuye a construir la experiencia.
Eso te enriquece como persona y te proporciona herramientas para muchos otros ámbitos de la vida. Por eso recomiendo a todo el mundo estudiar música y reunirse para tocar en una banda, una orquesta o una big band. Te enseña humildad: aunque interpretes la parte principal, dependes de ese músico que está en una esquina con su tambor y solo tiene tres notas. Esas tres notas también sostienen la pieza. Me parece algo muy hermoso.

En un momento de lanzamientos constantes y clasificaciones de reproducciones, ¿es contracultural publicar un álbum que exige escuchar con calma?
Sí, y lo he hecho a conciencia. Sabía que iba a costar introducir en la industria actual una propuesta que pide al oyente detenerse media hora y escuchar el discurso que desarrollo durante ese tiempo. En la presentación del disco, a la que estuviste invitada, lo escuchamos a oscuras para profundizar todavía más en esa experiencia.
Me gusta la radicalidad de los artistas que invitan a su público a hacer algo diferente, a salir de lo habitual. Admiro a muchos que trabajan así y he querido sumarme a esa manera de hacer las cosas. La propuesta del coro forma parte de ello. No es un coro profesional, ni siquiera lo definiría como amateur: son personas de a pie, amigos que han ido llamando a otros y se han reunido. Aunque muchos se dedican a la música, el grupo nació de ese encuentro. Hemos trabajado la improvisación coral y de esas improvisaciones surgieron los arreglos del disco.
Puedes vivir el álbum en comunidad, uniéndote al coro y experimentándolo de una forma completamente distinta. No conozco a nadie que ofrezca algo así en Madrid. Si hay alguien trabajando la improvisación coral con su propio álbum, me encantaría que se pusiera en contacto conmigo para conocernos.
Me interesa abrir esos espacios y resistirme a una industria que quiere hacerlo todo con la mayor rapidez y productividad posibles. Las cosas necesitan tiempo: reunirse cada semana para cantar, grabar con treinta músicos… Han pasado tres años desde que empecé a escribir. Todo el proceso ha sido lento.
Creo que la industria rechaza un poco esa lentitud, incluso de manera inconsciente. Pero siempre habrá artistas que trabajen poco a poco, porque eso forma parte de la realidad del arte, de cómo se crea.
También ocurre en el cine: hacer una película lleva muchísimo tiempo. Si se empezaran a hacer películas en tres meses, creo que se notaría en la calidad y volveríamos intuitivamente a los tiempos de antes. Al menos, eso espero. Tengo esperanza.
Tu hermana canta en la introducción y en el cierre del disco, y antes compartisteis un proyecto musical. ¿Qué papel tiene tu familia en tu música?
Quien llegue por primera vez a mi perfil de Spotify encontrará Dentro de ti. Por alguna razón es mi canción más escuchada, y también fue la primera que publiqué en este proyecto. Procede de un álbum que hice con mi hermana: antes de este camino estaba Hermano Silvestre, que es mi raíz.
Tenemos una conexión muy fuerte porque empezamos cantando juntos y grabamos aquel primer álbum hace muchos años. Después ella se fue a vivir a Etiopía y asumí que no continuaríamos con el proyecto. Recuperé esa canción como una forma de supervivencia. Pregunté a la banda si podía utilizarla para empezar mi propio camino y mi hermana me animó a hacerlo. Dentro de ti se quedó conmigo y ha funcionado muy bien.
Recomiendo mucho aquel disco a quienes disfruten de mi música, porque ahí está su origen. La particularidad de Crecemos torcidos es que, después de mucho tiempo y de muchas canciones sin colaborar con mi hermana, he vuelto a llamarla para que cante en la introducción y en el cierre.
Para mí era fundamental que me acompañara. Es una de las personas que más me inspiran en lo personal, en lo familiar y en lo espiritual. Es alguien muy especial.
¿Por qué te inspiran tanto voces femeninas como Nina Simone, Aretha Franklin o Natalia Lafourcade?
Me inspira mucho la lucha de artistas como Nina Simone y Aretha Franklin para hacerse un lugar en la industria. Vivieron otros tiempos, mucho más difíciles, y creo que esa lucha aportó una fuerza muy importante a su personalidad artística y a su mensaje.
Hoy siento que estamos en una etapa muy buena para las artistas femeninas. Hay un abanico amplísimo de propuestas y mucha libertad de expresión. Creo que estamos viviendo un momento muy valioso en ese sentido.
¿Cómo ves la colaboración entre músicos frente a la competitividad de la industria?
Ahora se han puesto de moda las colaboraciones entre tres artistas. Me resulta curioso, porque antes lo habitual era que se unieran dos personalidades. También hay encuentros que reúnen a muchísimos músicos para hacer una gran canción, como ocurrió con We Are the World o con Resistiré aquí, en Madrid, durante la pandemia.
Creo que es un error entender la música como una industria competitiva. La música y el arte viven de la ilusión del público, de las personas que te siguen por esa ilusión. Su naturaleza es colaborativa.
Se parece al fuego: si tienes una vela encendida y utilizas su llama para encender otra, la primera no pierde fuego, pero lo has multiplicado. Creo que con la atención del público sucede lo mismo. A veces nos engañamos pensando que no debemos colaborar con alguien porque tiene menos seguidores y eso podría perjudicarnos. Son temores infundados. No funciona así.
Es una industria que consiste en compartir y colaborar. El público es mucho más generoso contigo de lo que imaginas y te permite equivocarte.
Después de vivir en tantos lugares, ¿por qué sigues tan unido a la infancia y al hogar?
Tengo el síndrome de Peter Pan, lo he heredado de mi abuelo. No siempre lo llevo bien: hay aspectos muy bonitos y otros que me resultan difíciles. En ese sentido conservo algo infantil. Me gusta reírme y disfrutar de las cosas más sencillas y básicas.
Todavía juego a hacernos cosquillas con mi pareja y con mis hermanas. Incluso con mis compañeros de la banda, cuando los encuentro desprevenidos. Esa parte sigue muy presente y creo que por eso mi música vuelve a esos temas.
En este álbum, sin embargo, he intentado madurar y desarrollar un discurso que, desde el punto de vista conceptual, sacuda un poco más y plantee cuestiones importantes de la vida. Quiero avanzar en esa dirección, aunque siempre me acompañan la melancolía y el anhelo de seguir siendo un niño grande.

El disco plantea preguntas desde la ternura. Después de recordarnos la alegría y la sencillez de la infancia, nos invita a crecer y abrazar nuestras contradicciones y heridas. Vamos creciendo contigo y con tu música. ¿Cómo será el directo de Crecemos torcidos y qué proyectos tienes después?
En la escritura tengo ideas que podrían acompañarme durante muchos años. Ya he empezado un proyecto más íntimo y tengo las bases del próximo gran formato. Pero todo está todavía sobre el papel. Ahí se sueña mucho y los caminos pueden cambiar: aún no hay nada definitivo.
Ahora estoy centrado en transmitir este álbum, en hacerlo llegar al público y en crear un directo único y muy especial. Cada concierto será irrepetible. No quiero diseñar un formato que se repita en distintas ciudades: en cada una, el concierto tendrá un formato propio. En eso estoy trabajando.

