“¿Por qué no te expones y te desarmas? ¿No estás tan cansado como yo? ¿De verdad esto es suficiente para ti?”. El estribillo de Heart’s Law no busca consuelo, sino interpelar a una sociedad dormida, que responde sin embargo a esa “llamada del corazón”. En una época saturada de normas, algoritmos y consignas sobre cómo vivir “bien”, Bea Ares plantea una pregunta incómoda: qué ocurre cuando las reglas no alcanzan para explicar la enfermedad, la muerte, el amor o la pérdida. Su nueva canción propone algo tan simple como subversivo: que el corazón —y no el manual— sea la ley.
Autodidacta, profesora y cantautora, Bea Ares empezó a escribir en inglés a los 16 años, refugiada en un idioma que le permitía decir sin sentirse expuesta. Hoy ya no hay refugio, sino decisión. *Heart’s Law* consolida un salto artístico y vital: de la habitación adolescente al escenario, del pudor al gesto público. En sus conciertos, austeros y cercanos, el público no solo escucha; se reconoce en esa fatiga compartida y en ese deseo de vivir despiertos. La música deja entonces de ser confesión privada para convertirse en un espacio común donde la vulnerabilidad no es debilidad, sino punto de partida.

¿Cómo ha sido tu desembarco en el mundo de la música?
Empecé a los 16 años. Soy autodidacta con la guitarra. Recuerdo estar en mi habitación, reflexionando sobre el mundo y sobre mis propias inquietudes. Siempre me ha costado expresar mis sentimientos con palabras; a veces uno siente que está solo en lo que piensa o que vive determinadas experiencias de forma aislada. Con la guitarra encontré un lenguaje alternativo. Empecé a tocar acordes y a componer, y las canciones surgieron de manera natural, además en inglés.
Escuchaba principalmente música en inglés, especialmente country y folk, géneros con los que me sentía muy identificada. No terminaba de conectar con la música en español en ese momento. Creo que, al escuchar tantas canciones en inglés que expresaban emociones similares a las mías, me resultó natural escribir en ese idioma. También funcionaba como una especie de protección: al cantar en inglés, no todo el mundo comprende inmediatamente la letra, y eso me permitía compartir sin sentirme juzgada o expuesta en exceso. Era una forma de decir cosas muy íntimas con cierta distancia. Pensé que había compuesto una única canción, pero después llegaron más.
¿Cuántas canciones tienes ahora mismo?
En este momento hay cuatro publicadas. La más reciente es Heart’s Law, en inglés. Además, tengo otras dos canciones en inglés, Sunset Time y Hoping and Hosting, y una en castellano, Ojalá volver.
Para ti, como para muchos, la música es una forma de entendernos. ¿En qué momento pasa de ser un lugar donde te entiendes a ti misma a convertirse en algo que haces para entenderte?
Al principio creía que escribir una canción había sido algo circunstancial. Pensaba que, si la compartía, simplemente recibiría un comentario amable y poco más. Sin embargo, un día, tocando con amigos, me pidieron que cantara aquella canción que había compuesto. Cuando la interpreté, se sorprendieron profundamente y comenzaron a pedírmela con frecuencia. Me solicitaban que les explicara la letra y, en encuentros más íntimos, algunas personas me confesaban que lo que decía les sucedía también a ellas.
Fue un momento revelador. Comprendí que la música no solo me servía a mí, sino que podía acompañar a otros. Descubrí que no estaba sola en mis preocupaciones y que aquello que me parecía tan personal tenía resonancia en los demás. Entendí que era un don que debía compartir, aunque su origen fuera profundamente íntimo. La composición es, ante todo, una necesidad personal; me permite expresar lo que no consigo verbalizar con facilidad. Siento que soy más auténtica cuando canto o compongo. No puedo prescindir de la música sin dejar de ser yo misma. Cuando compongo, todo encaja.

¿Había artistas cuya música te ayudara a entenderte?
Sí. Imagine Dragons es uno de mis grupos de referencia. También admiro profundamente a Silvana Estrada, por su voz, su intimidad y su honestidad como cantautora. Es una artista que se expone con gran vulnerabilidad, y eso invita a una introspección propia. En castellano, Valeria Castro es otra figura que valoro mucho.
En cuanto a grupos más consolidados, mencionaría a U2 o Coldplay. Y, si retrocedo en el tiempo, artistas como Cat Stevens o muchos cantautores de los años sesenta, setenta y ochenta. Me atrae especialmente la tradición del folk y el country norteamericano: canciones sencillas, centradas en la cotidianidad y en los sentimientos, con pocos instrumentos y una gran autenticidad.
Igual que otros pusieron palabras a lo que tú sentías, ahora parece que tú haces eso para otras personas.
Así parece, aunque nunca fue un propósito inicial. La música nació como algo personal. Siempre digo que, si alguien escucha mis canciones y no conectan con ellas, no sucede nada. Hay millones de canciones en el mundo, cada persona tiene su estilo y sus preferencias. La música no es algo frío ni cuantificable; es profundamente personal.
Me conmueve cuando alguien se acerca y me dice que he puesto palabras a algo que le sucede. Algunas personas me han confesado que han llorado durante un concierto. No solo por la letra, sino por la forma de cantar, por el tono, por la atmósfera. En directo se percibe claramente cómo el público conecta: la mirada cambia, se vuelve más cercana. Es un intercambio muy humano.
Eres una artista muy del directo. ¿Qué ocurre en el escenario?
El directo genera algo distinto. Escuchar música con auriculares es una experiencia íntima, pero compartida en soledad. En un concierto, en cambio, se comparte espacio y tiempo. Se ponen rostros a las canciones, se percibe la humanidad del otro.
Antes de salir al escenario siento una gran vergüenza. Sin embargo, en el momento en que empiezo a cantar, esa sensación desaparece. Es como surfear una ola perfecta: todo fluye y el resto se desvanece. Es una sensación de estar en casa. Creo que esa autenticidad se transmite al público.
Hablas de la música como un don. También realizas conciertos benéficos. ¿Es una forma de devolver ese don?
Durante mucho tiempo pensé que componer era algo que cualquiera podía hacer. Mi madre, que tiene más formación musical que yo, me hizo ver que no es así. Comprendí que no todos tienen esa facilidad para crear canciones con naturalidad.
Me ayudó mucho reflexionar sobre la parábola de los talentos: cada persona recibe dones y debe decidir qué hacer con ellos. No elegí tener este don, pero sí puedo elegir compartirlo. Por eso, además de conciertos habituales, participo en conciertos benéficos. Mi música puede servir para recaudar fondos y contribuir, por ejemplo, a la construcción de un colegio en Camboya. Es hermoso ver cómo algo pequeño puede convertirse en algo mucho mayor.
Tus letras combinan luz, preguntas y también una cierta rebeldía. ¿Qué temas aparecen con más frecuencia?
Surge de todo: rebeldía ante determinadas situaciones, preguntas sobre el sentido de la vida, dolor por relaciones que no han funcionado, esperanza tras experiencias profundamente hermosas. Mis canciones reflejan la complejidad de la experiencia humana: interrogantes existenciales, amores rotos, celebraciones, búsqueda de trascendencia.
Según cantas en Heart’s Law, ¿cuál es la “ley del corazón”?
La ley del corazón consiste en no vivir dormidos. El mundo tiene mucha belleza, pero a menudo nos centramos más en lo negativo o en cumplir cánones externos. Existen normas necesarias para convivir, pero no podemos delegar todo en ellas. La respuesta también está en lo que se mueve dentro de nosotros: cuando nace un bebé, cuando alguien cercano muere, cuando uno se enamora. Es necesario mantener los ojos abiertos y el corazón despierto.
Como profesora, repito a mis alumnos esa idea: “ojos abiertos y corazón despierto”. Vivimos rodeados de estímulos, pero a veces desconectados. Es importante detenerse, comprender qué nos sucede y, a partir de ahí, ponerse al servicio de los demás. Cuando uno se entrega al mundo desde su circunstancia concreta, descubre más cosas sobre sí mismo.
Como mujer en la música, ¿cómo vives tu lugar en este ámbito?
Percibo que hoy existe más espacio para referentes femeninos que antes. Mi experiencia ha sido muy positiva: me he sentido acogida y tratada como igual por productores, músicos y equipos con los que he trabajado.
Es cierto que todavía queda camino por recorrer, pero considero que mi aportación consiste simplemente en disfrutar y desarrollar los dones recibidos. Si eso inspira a otras personas —alumnas que ven que su profesora también canta, practica deporte o se implica en otras actividades—, me parece algo valioso. No lo vivo como una lucha, sino como una vivencia compartida. De corazón a corazón no hay distinción de género; lo esencial es construir desde lo auténtico y dejar espacio para todos.
