La crítica ★★★★☆

‘El agente secreto’: algo parecido a una proeza cinematográfica

Ambientada en el Brasil de 1977, en plena dictadura militar, 'El agente secreto' convierte el thriller político en una elegía febril sobre la memoria, la paranoia y la resistencia, mientras confirma a Kleber Mendonça Filho como uno de los cineastas más audaces del panorama contemporáneo

'El agente secreto': algo parecido a una proeza cinematográfica
'El agente secreto': algo parecido a una proeza cinematográfica

Antes de hacer películas, Kleber Mendonça Filho se dedicaba a escribir sobre ellas, y casi todos los largometrajes que el brasileño ha dirigido desde que se dio a conocer con Sonidos de barrio (2012) delatan su pasión cinéfila. Ninguno tanto como su documental Retratos fantasma (2023), que presenta una historia de Recife, su ciudad natal, a través de los cines que antaño existían allí y en los que el joven Kleber encontró su vocación. Sobre el papel un thriller político, su apabullante nuevo trabajo forma algo parecido a un díptico con esa no ficción, tanto porque sitúa algunas de sus escenas clave dentro de un antiguo palacio cinematográfico de Recife como porque, igual que su predecesora, se muestran cautivada por el pasado: ambientada en 1977, bien entrada ya la segunda década de la dictadura militar que asoló Brasil de 1964 a 1985, El agente secreto está llena de cadáveres y espectros –Mendonça Filho, está claro, es un cineasta que se niega a olvidar–; y mientras se esfuerza por mantener viva la memoria histórica, la nueva película asimismo se revela como una auténtica proeza de puesta en escena, que combina la intriga con el drama de época y se desvía hacia el territorio del cine de serie B con una seguridad que, unida a la riqueza del relato y a la impresionante fluidez de la narración, la hace resultar absorbente durante sus 158 minutos de metraje.

Su protagonista, conviene matizarlo, no es un agente secreto aunque viva más o menos como uno. Sus motivos para operar en la clandestinidad quedan en evidencia desde la primera escena, cuando se detiene en una gasolinera de una carretera secundaria. Antes de poder marcharse con el depósito lleno, aparece la policía; la llegada de los agentes no es una sorpresa, porque hay un cadáver en descomposición en el lugar. Lo sorprendente es que ignoran por completo al muerto. En cambio, uno de ellos interroga a nuestro hombre y registra su coche con una mezcla de indolencia y amenaza. Es, recordemos, el Brasil de 1977, un país estaba en las garras de una dictadura militar y lastrado por la corrupción institucional y la corrosión del orden social. Y, como muestra la película, por entonces allí las nociones de crimen y castigo estaban gravemente distorsionadas: una palabra imprudente dirigida a la persona equivocada bastaba para convertir a alguien en fugitivo.

Finalmente descubrimos que Marcelo, que en realidad se llama Armando y está magníficamente encarnado por Wagner Moura, es un académico viudo que se opuso a los intentos de un alto cargo del gobierno de apropiarse de su investigación patentada, cometiendo un gran error al hacerlo, y que ahora se reúne con su pequeño hijo en Recife en pleno carnaval mientras espera obtener los documentos que necesita para abandonar el país. Mendonça Filho va dando forma con sumo cuidado al mundo de Armando, un territorio poblado por disidentes y policías corruptos, por asesinos y fugitivos. La película se expande a medida que avanza, introduciendo nuevos personajes secundarios con sus propias historias. El peligro acecha en cada esquina y nadie está libre de sospecha pero, al mismo tiempo, toda la ciudad parece estar bajo el hechizo de Tiburón, de Steven Spielberg.

De repente, una pierna humana que había aparecido cercenada dentro del vientre de un escualo cobra vida por sí sola y, tras escapar de la morgue, emprende una delirante matanza entre los hombres homosexuales que hacen cruising en un parque local. El agente secreto no tiene prisa por revelar su destino: se retuerce, se curva y se pliega sobre sí misma, y en el proceso resulta cada vez más fascinante mientras lamenta el legado autoritario de Brasil y al mismo tiempo celebra la resistencia política progresista y el poder sanador de la cinefilia voraz.

Su significado completo no queda claro hasta que Kleber Mendonça Filho da un salto adelante en el tiempo de casi 50 años para encajar la última pieza del rompecabezas. Es entonces cuando comprendemos que esta película ardiente y de ritmo implacable —sus 158 minutos no contienen ni un solo momento de relleno— mira al pasado para poder dar sentido al presente y que, bien mirado, sus reflexiones sobre la paranoia y la resiliencia están perfectamente en sintonía con el momento que vivimos.

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