Las jefas, la nueva novela de Esther García Llovet, pertenece a esa estirpe de libros incómoda y eléctrica que no se deja domesticar por la trama ni por la moral. Quien haya seguido su trayectoria —de Spanish Beauty a Sánchez— reconocerá enseguida ese tono seco, esa prosa afilada como una cuchilla oxidada y esa fascinación por los márgenes urbanos donde la ley es una sugerencia y el poder adopta formas imprevisibles. Pero aquí hay un desplazamiento: el foco está en mujeres que ocupan el centro del tablero y no como víctimas ni como musas, sino como engranajes decisivos de un sistema turbio.
En Las jefas no hay discursos explícitos ni consignas. Lo que hay es una ciudad que respira humo y dinero sucio, bares donde el neón parece cansado de iluminar las mismas conversaciones y una red de relaciones donde el liderazgo femenino es un hecho consumado. García Llovet construye un universo donde las mujeres no necesitan reivindicar autoridad porque ya la ejercen, a veces con la misma brutalidad o ambigüedad que los hombres que las precedieron.

La novela se mueve en ese territorio híbrido entre el noir y la crónica sentimental del asfalto. No hay detectives clásicos ni enigmas cerrados, sino una deriva de lealtades frágiles, traiciones inevitables y pactos sellados con más silencio que palabras. El lector no entra en un misterio que deba resolverse, sino en una atmósfera que lo envuelve: clubes nocturnos, coches que circulan de madrugada, conversaciones a media voz y una sensación constante de que el equilibrio puede romperse en cualquier momento.
Uno de los aciertos del libro es cómo reconfigura el imaginario de la novela negra. Durante décadas, el género estuvo dominado por hombres que contaban historias de hombres. García Llovet no replica ese molde; lo subvierte desde dentro. Sus protagonistas femeninas no son una inversión simplista del arquetipo masculino, tampoco caricaturas de dureza impostada. Son personajes atravesados por contradicciones, capaces de violencia y ternura, de cálculo frío y de impulsos imprevisibles. Mandan, pero también dudan, negocian y se equivocan.
Hay en Las jefas una reflexión soterrada sobre el poder: quién lo detenta, cómo se transmite y qué precio exige. La autora decide no moralizar y escribe como si caminara por la ciudad con una libreta invisible, registra gestos mínimos que revelan jerarquías: quién paga la cuenta, quién calla, quién da la orden final. En ese sentido, la novela dialoga con una tradición europea del noir más existencial que policial, donde lo importante no es el crimen sino la estructura que lo permite.

El estilo de García Llovet sigue siendo uno de sus mayores activos. Frases cortas, ritmo sincopado, diálogos que parecen escuchados al vuelo. No hay ornamentación innecesaria ni explicaciones pedagógicas. El lector debe completar huecos, aceptar ambigüedades, asumir que no todo será explicado. Esa confianza en la inteligencia del lector es parte de la identidad de la autora y uno de los motivos por los que su obra ha ido consolidando un público fiel.
En clave de actualidad, Las jefas resulta especialmente pertinente. En un momento en que el debate sobre liderazgo femenino se despliega entre la exigencia de ejemplaridad y el escrutinio constante, la novela ofrece una alternativa literaria: mujeres que ejercen el poder sin pedir disculpas por ello y sin convertirse en símbolo edificante. No hay moraleja, pero sí una constatación: ocupar el centro no garantiza pureza ni redención.
La ciudad —ese escenario omnipresente en la obra de García Llovet— vuelve a ser personaje. No es un simple decorado, sino un organismo vivo que condiciona decisiones y modela destinos. Calles secundarias, hoteles impersonales, despachos discretos: cada espacio parece tener memoria. Y en esa memoria laten los restos de negocios antiguos, de alianzas rotas, de favores pendientes.
Para quienes buscan una novela de trama cerrada y resolución impecable, Las jefas puede resultar desconcertante. Para quienes disfrutan del noir como exploración de zonas grises, como radiografía de un ecosistema moral ambiguo, es una lectura estimulante. No es un libro que se devore por suspense tradicional, sino por magnetismo atmosférico. En la estela de su trayectoria, Esther García Llovet confirma que su territorio literario no se parece al de nadie más en el panorama español. Las jefas no es solo una historia sobre mujeres que mandan; es una indagación en las formas contemporáneas del poder y en la fragilidad de cualquier jerarquía.
