Las voces de Rebeca y Laura, dos mujeres que trabajaron como empleadas internas en mansiones del cantante, son el núcleo de las acusaciones que hoy sitúan a Julio Iglesias en el centro de una de las polémicas más graves de su carrera. A través de sus testimonios, recogidos por elDiario.es y Univision Noticias, ambas describen una experiencia marcada por el miedo, la humillación y una relación de poder que, aseguran, terminó convirtiéndose en abuso.
Hablan desde el anonimato porque todavía sienten miedo. Miedo a represalias, a no ser creídas, a que el peso de la fama de Julio Iglesias las vuelva invisibles. Pero también hablan porque, según dicen, durante meses nadie les permitió hacerlo.
“Me sentía como un objeto”
Rebeca es la mujer que describe los episodios más extremos. Según su relato, Julio Iglesias la obligaba a mantener relaciones sexuales de manera casi diaria. “Me usaba casi todas las noches. Me sentía como un objeto, como una esclava”, explica. Sus palabras no solo hablan de sexo forzado, sino de una rutina de sometimiento que se integraba en su jornada laboral.
Cuenta que los encuentros incluían penetraciones, bofetadas y un trato degradante, tanto físico como verbal. No se trataba de algo puntual, sino de una dinámica que se fue normalizando dentro de la casa. En ese espacio, asegura, decir que no a Julio Iglesias no era una opción real.

Lo que más le marcó, según cuenta, fue la sensación de que su cuerpo ya no le pertenecía. Que su función como trabajadora doméstica se había diluido hasta convertirse en otra cosa, impuesta desde arriba, sin posibilidad de huir.
El miedo como forma de control
Laura, la otra denunciante, describe una violencia menos explícita pero igualmente constante. Besos en la boca sin consentimiento, tocamientos en los pechos, comentarios sexuales repetidos. Uno de los episodios que más la perturbó ocurrió, según relata, en una playa privada. Allí, Julio Iglesias se le acercó y le tocó los pezones mientras estaban solos.
Para Laura, el problema no era solo el gesto, sino el contexto. Él tenía el poder absoluto sobre su trabajo, su salario y su permanencia en la casa. Ella, como empleada interna, no tenía horarios ni espacios propios. Todo pasaba bajo la mirada del cantante o de las personas de su entorno.
Ese desequilibrio hacía que cualquier acto de Julio Iglesias pesara el doble. No era una insinuación: era una orden disfrazada.
Preguntas íntima, humillación y control
Ambas mujeres coinciden en que el cantante cruzaba constantemente los límites. Les preguntaba si les gustaban los tríos, si se habían operado los pechos, si estaban dispuestas a enseñárselos. En ocasiones, según relatan, Julio Iglesias usaba la cirugía estética como excusa para tocarlas o evaluarlas con la mirada y las manos.
Cuando una de ellas se negó a estar con él, la respuesta fue, según su testimonio, una lluvia de insultos. “Me decía que había muchísimas modelos muriéndose por estar con él y que yo debía agradecer que me quisiera”, recuerda. Era una forma de hacerla sentir pequeña, prescindible, reemplazable.

Rebeca explica que vivían con la sensación de estar vigiladas. Tenían prohibido hacer fotos en la villa y temían que Julio Iglesias revisara sus teléfonos. Por eso, ocultaba conversaciones y archivos, como si su propia vida privada fuera algo que tuviera que esconder.
Ese aislamiento, dicen, las dejaba sin red de apoyo. Sin familia cerca, sin amigos, sin nadie a quien contar lo que estaba pasando. La mansión era un mundo cerrado, donde la versión de Julio Iglesias era la única que contaba.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

