Entrevista

Elena Ksanti, alquimista del espejo inestable: “No indico qué ver, sino cómo mirar”

La artista presenta en Madrid la exposición "Amalgama", nueve obras realizadas con metal líquido sobre madera que absorben la luz y devuelven al espectador un reflejo fragmentado

Elena Ksanti.
Mauro Testa

La palabra amalgama sugiere fusión de emociones, voces, estilos o tiempos. Es la elegida por la artista Elena Ksanti para dar título a la exposición que presenta en Madrid (Claudio Coello, 17). Y eso es lo que encuentra el visitante en Amalgama. El reflejo de la diversidad. Una superficie metálica que vibra bajo la luz y devuelve una imagen quebrada, inestable, casi irreconocible.

La muestra marca un giro decisivo en la trayectoria de esta creadora internacional, cuya obra forma parte de colecciones en Estados Unidos, España y Emiratos Árabes Unidos. Si hasta ahora su pintura se caracterizaba por explosiones cromáticas y gestos fluidos ligados a la dualidad y la purificación espiritual, aquí la materia adquiere un protagonismo radical. Ya no solo expresa, también interroga.

Formada en Central Saint Martins y en la Universidad de Illinois, y tras haber vivido en ciudades como Moscú y Roma, experiencia que cristalizó en series como Roma lo es todo para mí, Ksanti ha construido un lenguaje donde energía y trascendencia se entrelazan. En 2024 amplió su campo de acción colaborando con la firma española Maison Mesa durante Madrid es Moda, pintando directamente sobre vestidos y fusionando arte y moda. Esa vocación expansiva desemboca ahora en un proyecto que abandona el lienzo tradicional para adentrarse en territorios más experimentales.

La exposición reúne nueve obras realizadas con metal líquido sobre paneles de madera, elaboradas con compuestos que incorporan partículas de bronce, aluminio y oro. Pulidas, grabadas y oxidadas, estas superficies adquieren cualidades reflectantes que cambian según la iluminación y el movimiento del espectador. Inspirada por la incidencia de la luz sobre los acabados metálicos de bulthaup, la artista convierte esa observación en una investigación sobre percepción y libertad. El espejo ya no confirma la identidad, la desestabiliza. Mirar implica desplazarse, y desplazarse implica aceptar que no hay imagen fija ni punto de vista privilegiado. Hay en estas piezas una resonancia alquímica. La materia se transforma para insinuar una posible transformación interior.

Durante 15 años practicó la pintura de manera privada, casi como terapia, antes de presentar su obra al público. ¿Qué le impulsó a compartir ese proceso íntimo con el mundo?

En 2019 vivía en Roma y dirigía un negocio de restauración. Aunque contaba con formación académica en pintura, el arte seguía ocupando un lugar íntimo en mi vida. Sin embargo, Italia es un país donde el arte se respira en cada detalle cotidiano, y ese contexto influyó profundamente en mí. Mi primera exposición tuvo lugar en Roma, en la galería de un amigo, y estaba pensada principalmente para un círculo cercano. Tras ella, un productor estadounidense descubrió mi trabajo y organizó una muestra en Los Ángeles. Así comenzó, de forma natural, mi trayectoria pública como artista.

La exposición “Amalgama”, de Elena Ksanti.
Mauro Testa

¿Qué ocurre durante su proceso creativo? ¿Hay catarsis, meditación…?

Es, sin duda, un proceso meditativo. Trabajo en estado de flujo, de manera intuitiva, y con frecuencia pierdo la noción del tiempo y del entorno.

El título Amalgama sugiere la unión frágil de elementos incompatibles. ¿Qué oposiciones se funden en esta exposición?

Amalgama funciona como una clave interpretativa del proyecto. La amalgama es una sustancia que refleja sin ser reflejo; una unión química donde elementos incompatibles -mercurio y plata- generan una conexión frágil pero potente. Desde una perspectiva casi alquímica, el reflejo en mi obra no reproduce el mundo exterior, sino que lo transforma. Las piezas no imitan la realidad: la absorben para replantear la pregunta por la subjetividad. Así, la exposición puede leerse como una alegoría del proceso vital en el que el “oro” del sujeto se extrae de la experiencia. Los alquimistas situaban este camino tras la fase de nigredo, la oscuridad y la descomposición. En ese tránsito me reconozco, reinventando simultáneamente mi práctica artística y mi identidad dentro de ella.

¿Cuál fue su propio “nigredo” personal o artístico?

Lo entiendo como un proceso de maduración y de búsqueda del propio camino. Durante años trabajé en el ámbito empresarial, resolviendo desafíos complejos, aunque siempre sentí la llamada del arte. Recuerdo que mi padre me decía que el arte no garantizaba independencia económica, y yo asumí esa idea. Con el tiempo comprendí que ese alejamiento de lo que amaba formaba parte de mi proceso de crecimiento.

En sus obras el espejo no refleja con claridad, sino de forma velada. ¿Es una metáfora de las dificultades actuales del autoconocimiento?

Vivimos en una época donde el reflejo ha sustituido a la certeza. En mi trabajo, el espejo es desestabilizador: pierde foco y cuestiona el control del espectador. La mirada deja de ser dominio para convertirse en experiencia incierta. En un contexto marcado por la sobreinformación, las narrativas fragmentadas y la mediación constante de las redes, la percepción se vuelve inestable. Mis paneles metálicos absorben la luz y la devuelven fragmentada, situando al espectador en una posición de participación y cuestionamiento.

Trabaja con metal líquido sobre tablero. ¿Cómo descubrió esta técnica y qué aporta a su práctica?

Siempre me ha atraído el metal por su capacidad expresiva. Al descubrir el metal líquido, aplicable mediante pulverización y transformable mediante procesos químicos, entendí que podía convertirse en un nuevo lenguaje. Aprender esta técnica fue un desafío que amplió mis posibilidades materiales y conceptuales.

Define su práctica como “no-pintura”. ¿Ruptura o expansión de la tradición pictórica?

La entiendo como expansión. Amalgama documenta una transformación donde desaparecen el relato y la figuración. El metal líquido revela la inestabilidad de la imagen y su dependencia del contexto y de la mirada. Mis abstracciones no indican qué ver, sino cómo mirar. No se trata solo de disolver la forma, sino de abrir un espacio de metamorfosis que permite habitar la transición y encontrar en ella una forma de libertad.
El arte abstracto suele vincularse a la espiritualidad, como proponía Vasili Kandinsky en De lo espiritual en el arte. ¿Su enfoque es intuitivo o responde a una búsqueda consciente?

La exposición Amalgama surge como una declaración intuitiva y, al mismo tiempo, reflexiva sobre transformación y autoconocimiento. No pretende afirmar una verdad, sino generar condiciones para que el espectador vuelva a preguntarse por la experiencia, la mirada y la identidad. Es un trabajo sin centro estable, articulado por la luz, el movimiento y la vivencia. Más que crítica o utopía, propongo un espacio intermedio: inestable, honesto y abierto.

La exposición “Amalgama”, de Elena Ksanti.
Mauro Testa

¿Qué espera que experimente el espectador ante Amalgama?

El espectador se convierte en participante activo. Su cuerpo, su mirada y su desplazamiento activan la obra. No existe una lectura correcta, solo la posibilidad de entrar en su ritmo. El espacio expositivo se transforma en un laboratorio perceptivo donde se desestabilizan los hábitos de observación. En ese intervalo entre la disolución de lo conocido y la posible emergencia de algo nuevo se sitúa la experiencia de la exposición.

Es vicepresidenta de un fondo internacional de salud infantil. ¿Cómo dialogan su labor humanitaria y su trabajo artístico?

Los niños ocupan un lugar muy especial en mi vida. Siempre he deseado una familia grande y, desde mi labor en el fondo, he impartido talleres en orfanatos. Poder aportar algo significativo al mundo es, para mí, una de las formas más profundas de realización.

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