Arte

Ewa Juszkiewicz, los retratos sin rostro que llegan al Thyssen

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza dedica la primera exposición individual en un museo a la pintora polaca, que reinterpreta el retrato femenino europeo cubriendo rostros con telas, cabelleras, flores y vegetación

Ewa Juszkiewicz junto a uno de sus cuadros
Ewa Juszkiewicz junto a uno de sus cuadros

El Museo Nacional Thyssen Bornemisza ha inaugurado una exposición dedicada a la pintora polaca Ewa Juszkiewicz (Gdańsk, 1984), la primera muestra individual que un museo dedica a su obra. Abierta del 26 de mayo al 6 de septiembre, forma parte del programa expositivo de la Colección Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza y reúne 24 pinturas realizadas entre 2013 y la actualidad. La muestra está comisariada por Guillermo Solana, director artístico del museo, en colaboración con la artista.

A primera vista, sus cuadros parecen retratos europeos de los siglos XVIII y XIX. Hay vestidos de época, poses solemnes, interiores cuidados y una técnica minuciosa. Pero algo se tuerce en el centro de la imagen: los rostros desaparecen. Donde debería haber ojos, un gesto o expresión, Juszkiewicz coloca telas retorcidas, cabelleras imposibles, flores, hojas o frutas. La identidad queda tapada justo en el lugar donde la tradición pictórica esperaba encontrarla.

La operación no consiste solo en ocultar. Juszkiewicz toma una tradición que durante siglos fijó la imagen como objeto de contemplación y la devuelve alterada. Sus figuras siguen vestidas como damas aristocráticas o burguesas, pero ya no se ofrecen dócilmente a la mirada. El rostro cubierto impide reconocerlas, clasificarlas o convertirlas en un personaje cerrado. La belleza permanece, aunque de una manera inquietante.

El resultado son imágenes de una extraña tensión. Por un lado, conservan el atractivo de la pintura antigua: la suavidad de las telas, la precisión del dibujo, el placer del detalle. Por otro, introducen una interrupción casi violenta. La figura femenina ya no está disponible del todo. Algo se interpone entre ella y el espectador. Ese obstáculo puede parecer delicado, incluso decorativo, pero cambia por completo la relación con el cuadro.

La conexión con el surrealismo resulta evidente. Hay algo de René Magritte en esos rostros negados y algo de Salvador Dalí en la precisión con que lo extraño invade una escena aparentemente clásica. También hay una relación con el arte de apropiación, aunque Juszkiewicz no trabaja desde la fotografía o el archivo, sino desde la pintura lenta, paciente, casi anacrónica.

Esa elección técnica es importante. La artista no se limita a intervenir imágenes del pasado con un gesto rápido. Las reconstruye desde dentro. Pinta con una atención casi obsesiva a las superficies, los colores y las texturas, y después introduce el elemento que desestabiliza la escena. La familiaridad del retrato antiguo hace que la alteración resulte aún más inquietante.

La muestra no tiene título, una decisión que encaja con el carácter enigmático de la obra. Tampoco parece querer imponer una lectura única. En los cuadros de Juszkiewicz hay una crítica a la representación histórica de la feminidad, pero también una reflexión sobre la ausencia, la identidad y el deseo de escapar de las imágenes heredadas.

Untitled (after Élisabeth Vigée Le Brun), 2021 Óleo sobre lienzo, 160 x 120 cm. Colección de Glori Cohen. ©
Untitled (after Élisabeth Vigée Le Brun), 2021
Ewa Juszkiewicz

Además de sus retratos intervenidos, la exposición permite asomarse a otra línea de trabajo de la artista: la reconstrucción de cuadros perdidos o destruidos a partir de fotografías incompletas. De nuevo, aparece la misma obsesión por aquello que falta. En su pintura, la ausencia no es un vacío pasivo. Es el lugar desde el que se reorganiza la imagen.

El diálogo con el Thyssen resulta especialmente fértil. En un museo construido alrededor de grandes tradiciones pictóricas, Juszkiewicz entra en conversación con los viejos maestros sin limitarse a rendirles homenaje. Los mira desde una distancia crítica, con admiración por la pintura y desconfianza hacia algunas formas de poder. Una de las obras en la muestra ha sido adquirida para la colección particular Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza y está previsto que, tras la exposición, dialogue con la colección surrealista del museo.

La exposición funciona mejor cuando se acepta esa incomodidad. Juszkiewicz no destruye el retrato antiguo: lo ocupa, lo tapa, lo llena de materia. Sus mujeres siguen ahí, pero ya no responden como se espera. Han dejado de mirar, o de dejarse mirar, y en ese silencio aparece una forma de resistencia.

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