Cuando el público entra en la Sala Roja Concha Velasco de los Teatros del Canal, Maria de Medeiros ya está esperando, sentada al borde del escenario, con el rostro pintado de blanco, un bigote dibujado y un sombrero. Es Fernando Pessoa reducido a sus rasgos más reconocibles. Antes de que comience la función, la actriz portuguesa permanece casi inmóvil, aunque va introduciendo pequeñas variaciones en su postura mientras los espectadores toman asiento. Ya hay teatro antes de que empiece el teatro. La quietud, los gestos mínimos y la caracterización cercana al mimo anticipan un universo en el que ningún movimiento parece dejado al azar.
Se trata del estreno español de PESSOA – Since I’ve Been Me, una de las últimas creaciones de Robert Wilson, fallecido en julio de 2025. El director estadounidense, una figura fundamental del teatro experimental, desarrolló durante décadas un lenguaje escénico propio en colaboración con artistas como Philip Glass, Marina Abramović, Isabelle Huppert o Tom Waits. Su homenaje a Pessoa se estrenó en Florencia en 2024 y llega ahora a Madrid, dentro del Festival de Otoño, con Medeiros al frente de un elenco de siete intérpretes. La actriz, conocida internacionalmente por Pulp Fiction y a la que hemos visto recientemente en Una quinta portuguesa, encarna aquí una de las múltiples caras del escritor.
Fernando Pessoa es una de las figuras más importantes de la literatura portuguesa y buena parte de su singularidad reside en los llamados heterónimos. No se trata de simples seudónimos ni de cambios de personalidad, sino de autores ficticios a los que atribuyó biografías, estilos literarios y formas de entender el mundo. Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos son algunos de los más conocidos. No es difícil entender por qué este universo de identidades múltiples resultó atractivo para Wilson. Sobre el escenario aparecen figuras de distintas edades, géneros y apariencias, algunas grotescas, otras cercanas al mimo, sin que cada intérprete tenga necesariamente que corresponderse con un heterónimo concreto. Incluso el apellido real del poeta, Pessoa, significa “persona” en portugués, una coincidencia especialmente sugerente en alguien que dedicó buena parte de su obra a multiplicarse en otros.
PESSOA – Since I’ve Been Me se desarrolla como una sucesión de cuadros escénicos, imágenes en movimiento que se prolongan, se transforman y, en ocasiones, parecen suspender el tiempo. Entre ellas destaca una secuencia que condensa buena parte del talento visual de Wilson.
Los siete intérpretes aparecen sentados en fila, cada uno ante una mesa cuadrada cubierta por un mantel blanco. La composición es rigurosamente simétrica, casi ceremonial. Al fondo, una abertura deja pasar una luz roja que interrumpe la blancura dominante. Las palabras de Pessoa aluden a un color que lo acecha y la escena adquiere progresivamente una cualidad inquietante. El rojo parece imponerse como una amenaza o una premonición de lo que está por venir.

Entonces comienzan las alteraciones. Los personajes ejecutan movimientos de mimo, una mesa pierde el equilibrio, una pata cae, los manteles se levantan como si desafiaran la gravedad. Unas lámparas descienden lentamente del techo mientras la pared blanca del fondo se retira y deja al descubierto una superficie de rojo intenso. Lo que parecía una composición estática se ha convertido en una pequeña maquinaria de acontecimientos absurdos, perfectamente sincronizados. Finalmente, cada elemento encuentra su lugar y la imagen adquiere una belleza casi pictórica.
Wilson construye cuadros en movimiento mediante la luz, la escenografía y los cuerpos de los intérpretes. El azul, el blanco, el negro y el rojo se combinan con una gestualidad mecánica que remite inmediatamente a su universo visual. Todo parece sometido a un control absoluto, pero el resultado está muy lejos de ser una experiencia desapasionada. La belleza no surge pese a la rigidez de las composiciones, sino gracias a ella. Presenciar en directo semejante despliegue de imaginación escénica, incluso conociendo las posibilidades técnicas del teatro contemporáneo, resulta sobrecogedor. Hay imágenes que producen auténticos escalofríos.
El sonido desempeña un papel igual de importante. La obra alterna pasajes en portugués, inglés, francés e italiano, con sobretítulos en español. Pessoa escribió principalmente en portugués e inglés, lengua esta última que dominaba desde su educación en Sudáfrica, pero el plurilingüismo del montaje responde también a su concepción polifónica. Las frases se repiten de manera idéntica o cambian de idioma, de entonación y de intención. Algunas intervenciones quedan interrumpidas y, en sus sucesivas tentativas, avanzan apenas unas palabras. Los silencios adquieren tanto peso como las voces.
Los efectos sonoros, a menudo estruendosos, provocan más de un sobresalto y marcan las transformaciones del escenario. El tiempo se expande y se contrae al ritmo de las repeticiones, los movimientos y los cambios de luz. No cuesta recordar Einstein on the Beach, la célebre ópera que Wilson creó junto a Philip Glass, donde la música y la acción escénica se relacionan de una manera igualmente particular. También vienen a la memoria otros trabajos del director, como Vida y muerte de Marina Abramović, en el que la voz de Anohni contribuía a construir una experiencia de enorme intensidad visual y musical.
Aquí aparece un contratenor y, hacia el final, uno de los personajes se convierte en una suerte de director de orquesta sin músicos a quienes dirigir. La secuencia forma parte de uno de los momentos más enigmáticos del espectáculo, en el que un barco parece navegar en mitad de una noche oscura, rodeado de humo. La imagen recuerda a un tránsito hacia el inframundo, como si los personajes atravesaran una laguna Estigia camino de la muerte.

La embarcación encuentra, además, un posible eco en El libro del desasosiego, donde Pessoa imagina un viaje fuera del tiempo y se resiste a explicar en qué barco lo realizó. La escena permite pensar en la identidad, el paso del tiempo y la dificultad de dar sentido a la experiencia. Es también uno de los pocos momentos en los que la representación parece prolongarse más de lo necesario. Su desarrollo exige una paciencia considerable y puede hacerse algo pesado, aunque resulta difícil apartar la mirada de lo que sucede sobre el escenario.
El teatro de Wilson probablemente no sea para todos los públicos. Habrá espectadores que lo encuentren hermético, lento, excesivamente calculado o incluso frío. Y no puede decirse que esas impresiones carezcan de fundamento. Wilson renuncia a buena parte de los recursos de la interpretación naturalista y a la espontaneidad aparente del teatro convencional. Pero eso obliga también a preguntarse qué entendemos por emoción teatral. No toda experiencia conmovedora necesita surgir de un diálogo desgarrador, de una interpretación visceral o de un conflicto dramático reconocible.
En esta misma sala, Angélica Liddell presentó en 2024 DÄMON. El funeral de Bergman, un espectáculo de enorme ambición visual que recurría a una intensidad mucho más descarnada. Wilson persigue algo distinto. Sus composiciones pueden parecer distantes y hasta artificiales, pero su extraordinaria precisión consigue suscitar una emoción que no necesita expresarse mediante el desgarro. A veces basta con contemplar cómo una lámpara desciende sobre una mesa o cómo una superficie blanca queda súbitamente inundada de rojo.
El propio espectáculo parece invitar a abandonar la necesidad de explicarlo todo. En su intervención final, Medeiros recupera un pasaje de El libro del desasosiego que cuestiona esa costumbre infantil de preguntar por el significado de las palabras y las cosas. “Nada tiene sentido”, concluye.
No es necesario conocer en profundidad la obra de Pessoa ni descifrar cada símbolo para experimentar la belleza del montaje. Los textos conservan su importancia, pero Wilson nos permite acercarnos a ellos de otra manera, a través de las imágenes, los sonidos y las sensaciones. Una experiencia que encuentra su fuerza precisamente en aquello que no puede explicarse del todo. Después de la muerte del director, PESSOA – Since I’ve Been Me adquiere además una dimensión especialmente emocionante. Su creador ya no está, pero su manera de imaginar el teatro sigue desplegándose ante nuestros ojos con una vitalidad extraordinaria.

