En los primeros minutos de La virgen de la tosquera, un vagabundo es víctima de una paliza casi mortal en un barrio de clase media de Buenos Aires; tambaleándose, el tipo se aleja de un charco de su propia sangre y deja el carrito de supermercado que contiene sus abandonado en medio de la calle. El carrito permanecerá allí durante toda la película, pudriéndose bajo el sol y supurando como una herida abierta que nadie tiene la voluntad ni los medios para tratar, tal vez a modo de símbolo de la ineficacia institucional, la indiferencia ciudadano o algo aún más terrible. En cualquier caso, es una metáfora indudablemente efectiva.
Escrita por Benjamin Naishtat a partir de una serie de relatos de terror de la aclamada escritora Mariana Enríquez, la nueva película de Laura Casabé se mueve con fluidez entre el realismo social y el terreno de lo sobrenatural. Ambientada en el contexto de la gran depresión argentina de 2001, cuando la carencia de suministros tan básicos como la luz y el agua elevó el descontento social a un punto crítico, la película extrae un enorme jugo dramático de ese marco histórico. Al mismo tiempo, eso sí, establece conexiones con Carrie (1973) al retratar impulsos adolescentes tan intensos que acaban generando un caos destructivo.

Su protagonista es una adolescente llamada Natalia que, igual que dos de sus mejores amigas, parece estar ferozmente enamorada de Diego, un amigo de la infancia. Ya de por sí elevada, su ansiedad se ve aún más acrecentada durante un verano sofocante cuando una chica mayor y con más experiencia, Silvia, empieza a seducir al chico. La joven intenta congraciarse con el grupo invitándoles a pasar el día en una tosquera cercana con playas hermosas, pero ese entorno idílico se convierte en un espacio de competición sexual en el que Natalia tiene todas las de perder.
Mientras tanto, en casa, la tía de la chica –su madre adoptiva– ha acogido también al hijo pequeño de su empleada del hogar, hospitalizada a causa de una enfermedad potencialmente mortal, y parece estar reconectando con un antiguo amante que se ha mudado con ellas. Sumadas al colapso de sus expectativas con Diego, las responsabilidades generadas por esa nueva situación doméstica convierten lo que prometían ser unas vacaciones perfectas en un infierno personal. Eso explica que, llegado el momento, el ardor interno de Natalia empiece a manifestarse de formas tan inexplicables como violentas.

La virgen de la tosquera arroja al espectador adentro del inhóspito espacio mental de su protagonista a través de un diseño sonoro subjetivo y una variedad de recursos visuales, como zooms lentos y primeros planos con teleobjetivo, que la aíslan del mundo. La agitación de Natalia se ve atemperada por los ritmos que la película impone, propios de un relato de iniciación juvenil al uso sobre una chica que intenta dar sentido a sus emociones, mientras evoca con destreza las reglas y los rituales de socialización adolescente que imperaban a comienzos de siglo. Se trata de una narración bastante contenida puntuada, sin embargo, por erupciones impactantes de violencia, y Casabé aprovecha el volátil momento político y económico que la película recrea para intensificar aún más la tensión.

Es cierto que por momentos el ritmo decae, y a ratos Casabé da la sensación de desatender sus responsabilidades narrativas, como en ese final que parece sugerir cierto miedo por su parte a buscar el máximo impacto visceral. Por otro lado, la directora exhibe muy buena mano a la hora de generar atmósferas y de dotar a su cámara de capacidades táctiles y casi olfativas: el calor del verano palpita bajo la acción y casi podemos oler el sudor y la descomposición mientras el zumbido de las moscas salpica la banda sonora. En última instancia, La virgen de la tosquera se reivindica como un intento intrigante de combinar distintos estilos y temas, que logra capturar con acierto la rabia que crecer en un mundo en llamas provoca, y que deja clara la indefensión de la urbanidad frente a los deseos más privados y a la rebelión colectiva.


