No habéis comprendido nada, chavales

Un padre de la Generación X reprende a su hijo por los resultados de PISA mientras la televisión demuestra que comprender lo que se lee nunca fue un requisito para gobernar

No habéis comprendido nada, chavales

Hace unos días convoqué a mi hijo, alumno de la ESO, en el cuartel general de la Generación X, la cocina. Era un asunto de máxima urgencia y debía tratarse con el rigor que merecía. Acababan de publicarse los resultados del último informe PISA, le anuncié, mientras venía cabizbajo por el pasillo arrastrando sus pies adolescentes, relativos a la calidad del rendimiento académico. Los estudiantes de su promoción habían mostrado unas nulas capacidades en distintas áreas del conocimiento, pero especialmente en lo relativo a la comprensión lectora, que nos importa mucho en casa y es la medida de la brecha entre su generación, la nuestra y las anteriores. Inadmisible de todo punto.

No es que el chico en particular sea un zoquete en matemáticas, ciencias o lectura, objetos del estudio, sino que mi regañina fue una enmienda a la totalidad a él y a todos los merluzos de su quinta.

Le advertí, con toda severidad no exenta de amor paterno, que, si seguían así, él y su generación se iban a convertir en auténticos despojos intelectuales, que tenían que abandonar ipso facto las pantallas, el scroll y la inmediatez digital, puesto que era eso, según aseguran todos los expertos analistas, lo que provoca que su cerebro se contraiga y se convierta en esparto. No como nosotros, sus padres y demás compañeros.

Al tiempo que le abroncaba, en la tele de la cocina aparecía una diputada del PP llamada Ana Vázquez, exactamente de mi misma generación, blandiendo un bote de gas pimienta en el Congreso. Mi hijo, azorado por la regañina, intentaba apartar la vista del televisor, pero le dio tiempo a escuchar las justificaciones de nuestra representante en la casa del pueblo, contando que ella no había vaciado el gas pimienta en los baños tras ser expulsada del hemiciclo. Lo debió de hacer otro compañero de partido, también de la misma generación, que lo accionó accidentalmente y provocó la baja indefinida de varios funcionarios, también de mi generación y todos con excelente comprensión lectora, porque en nuestra época no había redes sociales y por lo tanto eran mucho más listos y todo lo entendían bien, incluidas las instrucciones para manipular este “arma”, como la calificó la jefa de todo esto, Francina Armengol, curiosamente también miembra de la Generación X.

El chaval, la verdad sea dicha, estaba hundido ante semejante humillación por comparación.

Seguí con mi homilía académica, tratando de hacer ver al muchacho, ya de una manera un poco más suave, las consecuencias a un horizonte próximo de su abulia estudiantil y cómo esta actitud les alejaba cada vez más de nosotros y de sus abuelos.

En la televisión, que continuaba encendida mientras tanto, hablaban de las joyas de José Luis Rodríguez Zapatero, excelso miembro de la Generación Boomer, que, según él, se las había regalado un rey de Oriente. A decir de su abogado, todo había prescrito, aunque se hubiera portado muy mal, pero sin castigo, como la comprensión lectora de los alumnos. Me recordó a cuando te pillan en el escondite inglés, pero ya estás en “casa”. Mi hijo, ya más relajado, comentó que este señor, al que no conocía de nada, podría haber dicho ya puestos, que se había encontrado de casualidad en 2007 con el genio de la lámpara maravillosa que le concedió tres deseos: las joyas, la caja fuerte y Gertrudis. Por supuesto, le abronqué con dureza: ya le gustaría a él parecerse a los Baby Boomers.

Continué haciéndole el DEFCON 2 al crío, que, al fin, estaba asumiendo cómo él y sus bros iban directos al abismo si continuaban así, que tenían que hacer como nosotros y sus abuelos, rectitud, ante todo, sin dispersarnos con la inmediatez de las redes sociales y comprendiendo perfectamente el mundo en el que vivimos atravesado por todos los textos que nos pusieran encima. Todo con el objetivo de poder estudiar una carrera universitaria y ser un ciudadano ejemplar.

El programa de televisión, un cajón de sastre lleno de tertulianos, esos que comprenden todo a la primera, enfilaba su final dando paso a una de sus colaboradoras, una antigua política del PP, Noelia Núñez, ilustre exponente de la Generación Y, que fue expulsada de su partido –y del Parlamento, como la del gas pimienta-, por inventarse que era licenciada, ni más ni menos, en tres carreras superiores. Pero como la excepción confirma la regla, en descargo de la aspirante a universitaria, dijo que no había comprendido bien el formulario de “Títulos Universitarios” del Congreso y que la ouija de su teclado se había vuelto loca.

Ante tal avalancha de evidencias en su contra por comparación, mi hijo reconoció, al fin, que las redes sociales, los shorts, las tabletas, los juegos, la Play, la Nintendo, los relojes inteligentes, etc., les habían convertido en unos obtusos y que prometía hablar con los de su clase para reformarse y convertirse en ciudadanos de primera como Ana Vázquez, José Luis Rodríguez Zapatero o Noelia Núñez.

Ninguno de ellos suspendió en comprensión lectora.

Vencido y arrastrado, mi hijo asimiló entre lágrimas la derrota de toda su generación ante la nuestra, anterior y posterior. Me pidió una última oportunidad digital y le enseñé cómo sacar partido intelectual de las redes mostrándole el último vídeo subido por José Manuel Albares. Me preguntó si este señor era un youtuber. Le dije que sí.

A ver si os enteráis de una vez, inútiles estudiantes de las Generaciones Z y Alfa, que, si alguna vez queréis ser como nosotros, los Y, X y Boomers, tenéis que poneros las pilas con la comprensión lectora. Ya vale.