En su extraordinaria novela Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza contaba la historia de la búsqueda de un extraterrestre que se había perdido en la gran ciudad y que el autor utilizaba como trampantojo para realizar una radiografía satírica de la Barcelona preolímpica, usos, costumbres y paisanaje de la época. Si hoy Gurb o ‘El comandante’ aterrizaran en Madrid, a quien no verían seguro es al director de cine Woody Allen, ni a nadie de su equipo de producción preparando el rodaje de WASP 2026, su película número 51, un proyecto financiado en un gran porcentaje por la dupla Ayuntamiento y Comunidad de Madrid, que tan bien se llevan, como los Reyes Católicos. Falta Fernando.
En la web del Ayuntamiento de Madrid aparece (aún) colgado el siguiente comunicado: “El Ayuntamiento apoya el rodaje de la próxima película del cineasta Woody Allen, que se grabará durante la primavera de 2026”.

Pero, como digo, ni Gurb ni nadie ha visto a Allen por este poblachón. Ni a él, ni a su equipo de localizaciones, ni a profesionales del área de preproducción de Gravier Productions, su propia productora, ni de Wanda Visión, la compañía española que coproduce el proyecto.
De hecho, fuentes cercanas al Gobierno contactadas por este periódico confirman, así como confirma la productora Wanda Visión, que la película no se va a rodar en esta primavera, desmintiendo lo anunciado hace pocos meses por el propio Consistorio y la Comunidad.
No sé por qué, bueno, sí sé por qué, me lo imaginaba. Pero no era más que una intuición, un viejo impulso atávico de cinéfilo.
Para quien esto firma, un “incondicional no, lo siguiente” del cine de Woody Allen, el anuncio, con apoyo institucional o no, -eso a un alleniano le da igual-, de que el gran entomólogo del alma urbana iba a rodar su próxima película en Madrid, le provocó una “subía de sangre”. Me imaginé (y lo publiqué), secuencias “de un paseo por la luz y el cielo de Madrid, entre crisis existenciales por el Retiro, furtivas infidelidades en los Austrias o esponjosos y líquidos encuentros por las salas del Thyssen”.

Hasta que, como todo lo que no es cine, la dura realidad me golpeó y me exorcizó de mi mundo de Annie Hall ensoñado. A Alvy Singer no le hubiera gustado nada esto.
Desde el punto de vista político, de transparencia pública o como queramos llamarlo, no hay absolutamente nada que objetar a esta enorme inyección de dinero por parte de la administración madrileña, un 25% del coste total de producción, estimado en 12 millones.
Todo está negro sobre blanco en el portal de adjudicaciones públicas de la Comunidad de Madrid: contrato de patrocinio firmado el 28 de octubre de 2025, pliegos de condiciones, informe de necesidad y un desglose del calendario de pagos, nueve en total. Como no podría ser de otra manera, añado.
Otra cosa es la pertinencia desde una visión estratégica, marketiniana o comercial, que, a mí, dejando los vahídos cinéfagos a un lado, me estragó bastante desde el principio. Por un lado, me parece una catetada intempestiva utilizar en 2026 a Woody Allen como catalizador de “turismo cinematográfico”. Al margen de su genialidad artística, su relato está agotado como vehículo o artefacto para promocionar una ciudad. “No aplica”, como dicen las sabias abuelas manchegas y también, porque Woody Allen, a sus 90 años, lleva más de veinte sin hacer un filme, como mínimo, decente. Tratar de igualarnos a lo wannabe con ciudades que sí exprimieron el limón Woody en su momento (París, Roma, Barcelona, Donosti, Londres), es una boronada aspiracional.
Y por otro lado, y esto lo digo yo también, que haya una simbiosis torticera entre el entorno de un anciano para que les paguen unas carísimas vacaciones europeas, suena a trilerismo de cómicos ambulantes. El viaje a ninguna parte; bueno, no: a Madrid. El turista más caro del mundo.
¿Va a rodar Woody Allen WASP 2026, o como se llame finalmente, en Madrid? Pues yo tengo mi teoría, pero no la puedo decir porque esto no es el Chiringuito de Jugones.
Lo único cierto es que en la primavera de 2026, ni está, ni se le espera. Igual de cierto que la Cláusula Tercera de penalización contractual en la que “se obliga a cumplir el contrato en el plazo de 26 meses desde la formalización, debiendo finalizar necesariamente antes del 31 de diciembre de 2027”.
Espero que no nos pille comiendo las uvas. Seguiremos informando, como Gurb.
