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Raquel García Ceballos: “Mi cuerpo y mi cabeza se han dado la mano, y han dicho hasta aquí”

Fue la primera mujer en ascender hasta el glaciar tropical de Quelcaya, en Perú

Llegar al punto más alto de una montaña tiene un precio. En una factura corriente y moliente solo aparecen los gastos relacionados con el transporte, la comida, el alojamiento o con el capítulo de varios, que siempre en una especie de cajón de desastre en el que se puede incluir todo tipo de cosas.

En el debe no figuran conceptos como el riesgo, la imprudencia o la inexperiencia que, a veces, se pagan caro. “Una de las razones por las que me retiro es porque mi cuerpo y mi cabeza se han dado la mano, y han dicho hasta aquí”, afirma Raquel García Ceballos, una montañera cántabra que llegó a convertirse en la primera mujer en ascender al glaciar Quelcaya (Perú). “Es que esa presión supone una carga mental horrible”.

Ella, sin embargo, sostiene que siempre ha sido “coherente” a la hora de afrontar retos extremos. Que llegar a la meta no era una obsesión. De hecho, confiesa que durante toda su vida iba un poco con el freno de mano echado. “Arriesgaba lo justo”, precisa. La razón es bastante simple y, a la vez, contundente: “la cima es efímera, solo dura uno segundos, porque lo que dura es el todo camino recorrido y, al final, es con lo que te quedas”.

Esa prudencia de la que hace gala la abandonó hace dos años cuando afrontó el reto de ascender hasta el glaciar tropical peruano, situado a 5.666 metros sobre el nivel de mar. “Fui pasada de vueltas”, admite. Hasta entonces, la teoría de la montañera cántabra era que “todo el mundo dice que tenemos un límite, aunque después siempre hay otro al que podemos llegar”. Ese fue, precisamente, su error. Durante la travesía llegó a un punto en el que “no veía nada”. Además, le llevaban arrastrando con una cuerda “porque mi cabeza me hacía dar un paso cada diez segundos”. Si al cansancio físico se añade la temperatura, que era de -20 grados centígrados, es fácil de entender que Raquel se dijera a sí misma: “me rindo”.

En ese punto del glaciar Raquel García apenas tenía voz. Solo susurraba. Sus compañeros de expedición tuvieron que aproximarse a ella para comunicarles su decisión de no seguir adelante. “Ellos me decían que no me rindiera porque no sabíamos ni dónde estábamos en ese momento”. Fue entonces cuando Guillermo Ponce, uno de los expedicionarios y bombero de profesión, el que tomó la iniciativa para saber en qué punto del glaciar estaban.

Al cabo de un rato regresó corriendo al lugar donde estaba el grupo y se acercó a la montañera cántabra para decirle que era imposible que se rindiera porque ya estaban en la cima. Fue un momento “mágico”. Y es que Raquel explica que en quechua la palabra Quelcaya significa donde descansan las estrellas. “Todo aquello me pareció tan especial que creo que cuando me rendí lo hice en el momento justo para hacerlo”, espeta.

Los episodios de imprudencia son más frecuentes de lo que la gente se piensa. Un informe del pasado año desvela que en España se tuvieron que hacer más de mil rescates en la montaña y que cerca de cien personas perdieron la vida. Raquel es también rescatadora. Está en el Equipo de Respuesta Inmediata de Emergencia (ERIE) de la Cruz Roja. “Recibimos alertas cada dos por tres”, reconoce. Sobre todo, después de Covid cuando la gente empezó a experimentar con la montaña “subiendo a Picos de Europa en chancletas, sin comida, ni agua, ni GPS”.

Eso pone en riesgo no solo sus vidas sino también las de las personas que van a rescatarles. Ya en tono jocoso devela que entre sus compañeros hacen bromas sobre el “mucho” daño que hacen algunas tiendas que ponen precios “muy asequibles” y que te hacen pensar que vas bien equipado. “Hay mucho gallo que piensa que si tú lo has hecho, ¿por qué yo no?, y lo cierto es que no somos todos iguales”, afirma.

Más de la mitad de su vida ha estado asociada a la montaña desde que ascendiera por primera vez al pico Jano (1.290 metros) situado muy cerca de la localidad cántabra de San Miguel de Aguayo, donde reside desde hace solo unos pocos meses. Su pasión por escalar cumbres es compartida por mucha gente en su tierra. “Por algo nos llaman los montañeses” dice muy orgullosa. Sin embargo, su caso es un tanto atípico. Su padre era pescador y ella solía acompañarle cuando podía en el barco. Cosas del destino, durante su juventud tuvo una pareja que le metió en ese mundillo. Un día le comentó que solo había una europea capaz de atravesar el Himalaya. Aquello sirvió para protagonizar la versión cántabra de “sujétame el cubata”. Como no pretendía ser menos que aquella danesa, le respondió: “Pues vale, lo hacemos”.

Su alejamiento de la montaña a sus 51 años solo afecta a la parte profesional. “Voy a seguir yendo para señalizar senderos y caminos”, subraya. Los retos extremos se han acabado para siempre. De hecho, piensa viajar al menos una vez al año a Nepal como directora de algún proyecto de expedición donde encaja todo tipo de perfil de gente, incluidos aquellos sin experiencia en el alpinismo, porque también monta viajes culturales, turísticos, de trekking o de deportes extremos diseñados para todos aquellos que quieran subir más arriba del campo base. Todo ello lo planifica desde su nueva casa situada a más de 800 metros de altura, con el pico Jano de fondo “que hace que toda aquella zona tenga algo de magia”.

Para Raquel organizar una expedición no solo es sinónimo de emprender una aventura. “Siempre incluimos un parte social. Me parece muy egoísta por nuestra parte visitar un país, quedarnos con todo o bueno que tiene, y no dejar nada”. De ahí que en sus mochilas o en sus maletas lleve en sus viajes material escolar, ropa, juguetes o alimentos. Saca tiempo también para visitar colegios, hacer talleres de pinturas y hasta monta campamentos sanitarios porque en las aldeas más remotas de Nepal “no hay médicos y solo se fían de los chamanes”.

La cosa pinta mejor en las zonas turísticas, aunque tampoco mucho mejor. “Allí sí aceptan los médicos que te piden las pastillas por colores sin saber muchas veces ni para qué sirven”. Menos mal que en sus dos últimas expediciones le acompañado Juan Pablo Hernando, un cardiólogo amigo suyo al que hacían algo de caso.

Los momentos duros que vive una montañera no tienen por qué estar relacionados necesariamente con el riesgo a perder la vida o con sufrir alguna lesión grave. También pueden afectar a su estado de ánimo cuando se discrimina a alguien por ser mujer. Raquel García vivió una situación de estas hace cuatro años cuando se desplazó hasta Irán para ascender al Damavand (5.610 metros), el volcán más alto de Asia. “Los días antes ya intuimos que pasaba algo conmigo con los guías, pero justo cuando íbamos a emprender la cima ya vimos clarísimamente que no me iban a dejar subir con ellos”, se lamenta. En todas sus anteriores expediciones siempre fue acompañada exclusivamente de hombres. La de Irán fue una excepción porque llevaba como operadora de cámara a María José Cardell, Pipi, una mujer con mucha experiencia. No en vano, fue una de las que abrió una vía en Pakistán para ascender a uno de los ochomiles.

Lo más “curioso” es que a ella sí le permitían ir con los hombres hasta la cima. “Es que es muy conocida al ser la pareja de Denis Urubko, un dios del alpinismo”. Pipi trató de convencer a los guías para que dieran su brazo a torcer. No hubo manera. Al llegar a los 5.000 metros le comunicaron que se tenía que dar la vuelta con la excusa de que había mal tiempo. Volvían a las andadas. El día anterior, ya habían comentado algo parecido cuando estaban en pleno proceso de aclimatación. “Lo hablaron en la mesa y empezaron a decir que yo no comía, ni bebía y que estaba muy delgada”, denuncia. Todo le parecía una “incongruencia”. Su enfado fue mayúsculo “porque había contratado a los guías desde España con una cláusula de no retorno en donde se especificaba que suben todos o bajan todos”.

Lo que ocurre es que también había contratado los servicios de un guía extra para, en caso de necesitarlo, pudiera ayudar a bajar a la gente que no pudiera seguir. Si ya todo resultaba bastante extraño, lo sucedido con otro compañero de expedición lo acentuó aún más. A Alberto Cardoso, responsable del área de Seguridad y Medio Ambiente de la Federación Vizcaína de Montaña, los guías le obligaron a seguir adelante “a pesar de que les dijo que estaba muy cansado”. Ni caso. Le encordaron “y no murió porque le bajaron deprisa”. Estaba cianótico, “por eso recuerda poco de haber estado en la cima al quedarse sin oxígeno”. Mientras, Raquel en el campo base sin poder cumplir su objetivo. Eso sí, en el aeropuerto, antes de coger el avión de vuelta a España, el presidente de la compañía de guías vino para despedirse. Le dio un par de palmaditas en la espalda, se disculpó y acto seguido se metió el sobre con el dinero en su chaqueta.

Ese tipo de actitudes son algo habitual por aquellos lares. Recuerda que, por ejemplo, quiso entrevistar para su documental a una de las dos mujeres guías que contrató y el marido de una de ellas no le dejaba hablar. “Cada vez que Pipi le hacía una pregunta, ella le miraba, y él respondía”. Hasta la propia operadora de cámara había tenido problemas para entrar en el país nada más aterrizar en Bagdad cuando una mujer con burka le acusó de haber gritado a un policía y estuvo varios minutos retenida. Todo aquello coincidió en el tiempo con el fallecimiento de la joven de origen kurdo Mahsa Amini, torturada hasta la muerte por no llevar el hiyab de forma correcta.

Raquel, que dedica la otra parte de su tiempo libre a la pintura, conoció por entonces a una pintora que le narra todo lo que está ocurriendo ahora en su país “y flipas”. Hace tres semanas que no tiene ningún contacto con ella porque su país ha cortado las comunicaciones con el exterior. En sus charlas le hablaba de gente encarcelada por sus ideas políticas o sobre ejecuciones de personas. “Era horrible porque la televisión de allí no hablaba ni de la mitad de las cosas que estaban ocurriendo, así que agradecía la guerra como la única forma de salvación porque, además, no veían la otra realidad del mundo occidental”.

Algunas de sus experiencias también pueden resultar divertidas. 0tras inolvidables, como cuando una señora mayor de la etnia gurung en Nepal, que jamás había visto un extranjero, trató de quitarle las pecas de la cara con sus manos pensando que eran simples manchas por la falta de higiene. La parte divertida fue lo que le ocurrió en otra zona del país, en una aldea llamada Pokhara donde le mordió un perro. El protocolo para los extranjeros establece la obligación de vacunarles contra la rabia. Para colmo de males, antes de meterle la inyección se enteró de que tenía que rellenar un formulario donde, además de informarle de que iban a ponerle la vacuna del tétano, también tenía que elegir entre una inyección de inmunoglobulina de caballo o de persona.

Como llevaba seguro médico pensó que lo mejor sería la más cara, así que optó por la de personas. “La escena me recordó a cuando un toro le ponen las banderillas”, ironiza. En Nepal las dosis de la vacuna de la rabia son tres y solo tuvo tiempo de que le administraran dos. La tercera se la pusieron en Cantabria, en el hospital de Valdecilla. A los pocos días le llegó una carta del Servicio Cántabro de Salud donde le exigían más de cien euros. Además, tenía que rellenar otro formulario indiciando el nombre del perro, quién era su dueño y en qué calle le había mordido. “Puse a todo que Nepal y ya no volví a saber de ellos”, apostilla.

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