A contracorriente

Lucía Casal, la joven ganadera que desafía las reglas: “Me dijeron ‘deja las vacas que eso es cosa de hombres’”

La gallega asegura que en el campo "no hay género, sino ganas de trabajar". Reconoce que tiene que esforzarse "el doble" para que la valoren. Los recelos, a veces, han llegado por parte de las mujeres

Lucía Casal no habla del campo desde la nostalgia, sino desde la experiencia. No idealiza la ganadería, pero tampoco acepta que se la siga describiendo como un destino de resignación, dureza extrema o atraso. Esta joven gallega se ha convertido en una voz cada vez más visible en redes sociales, donde muestra su trabajo diario en la explotación familiar y donde, al mismo tiempo, se ha topado con una realidad incómoda: los prejuicios persisten, también cuando quien los lanza es otra mujer.

Casal lo cuenta con naturalidad, sin victimismo, pero con una claridad poco habitual. “Las primeras personas por criticarme por las uñas pintadas fueron mujeres”, explica. Y remata con una reflexión igual de cruda que reveladora. Su testimonio rompe con el esquema más simple del machismo rural y abre un debate más complejo sobre cómo operan los estereotipos cuando una mujer ocupa espacios que durante décadas se han considerado masculinos.

El campo no entiende de género

Pero si hay una parte de su experiencia que revela hasta qué punto siguen vivos ciertos estereotipos, es la que tiene que ver con el hecho de ser mujer. Lucía cuenta que desde muy joven escuchó frases del tipo “deja las vacas, que eso es cosa de hombres” o que el tractor era terreno masculino. Son ideas que ha oído muchas veces y que, aunque cada vez pesan menos, todavía siguen presentes.

Ella las rebate desde lo cotidiano, sin necesidad de grandes discursos. Dice que lo que hace ella es lo mismo que hace su padre y que, con el paso del tiempo, la experiencia acaba sustituyendo cualquier prejuicio sobre la fuerza o la capacidad. Recuerda que al principio no podía cargar sacos pesados, pero que hoy lo hace sin problema. No porque haya cambiado su condición de mujer, sino porque ha aprendido, ha entrenado el cuerpo y ha acumulado oficio. Para Casal, en el campo no hay género, hay ganas de trabajar.

Lucía Casal en el campo.

Críticas por parte de mujeres

Aun así, insiste en que ha tenido que demostrar más. “Muchas veces como que te tienes que esforzar el doble para que te crean“, señala. Y ahí vuelve a aparecer uno de los aspectos más llamativos de su relato: parte de esa desconfianza no ha llegado solo de hombres. En redes sociales, donde su exposición es mayor, asegura haber recibido muchos de los comentarios más machistas por parte de mujeres. El ejemplo que más la marcó fue el de quienes ponían en duda su capacidad para ser ganadera simplemente por llevar las uñas pintadas.

Su denuncia no busca enfrentar a unas mujeres con otras, pero sí señalar una contradicción incómoda: quienes en teoría deberían comprender mejor lo que supone romper barreras son, a veces, quienes primero reproducen los mismos estereotipos. En su caso, esa presión no la ha frenado.

Lucía no niega que el campo haya sido tradicionalmente un mundo masculinizado. Lo que rechaza es que eso deba seguir condicionando el presente. Sostiene que cada vez es más habitual ver a mujeres al frente de explotaciones, conduciendo maquinaria o tomando decisiones en el día a día de la actividad agraria.

La decisión de ser ganadera

La historia de Lucía empieza mucho antes de las redes. Lucía estudió la Educación Secundaria Obligatoria y después cursó formación vinculada al medio rural: primero un ciclo medio de forestales y más tarde un ciclo superior de ganadería y asistencia en sanidad animal. Fue durante unas prácticas en el extranjero cuando terminó de confirmar lo que en el fondo ya intuía desde niña: quería quedarse en el rural y dedicarse de lleno a la explotación.

Porque, en realidad, su decisión no sorprendió a nadie en casa. Desde pequeña había estado vinculada al trabajo diario con su padre. Vivía al lado de la explotación y, cuando podía, prefería ayudar con las vacas antes que hacer cualquier otro plan. Su familia sabía que lo suyo no estaba en otro sitio.

Lejos de describir la ganadería como una carga, Lucía reivindica precisamente lo contrario: la libertad que le da ser dueña de su tiempo. Frente a la imagen del campo como un trabajo esclavo, asegura que se trata de una visión desfasada y simplista. Explica que, como en cualquier profesión, hay días más complicados y otros más tranquilos, pero niega que su vida esté marcada por una renuncia constante. “Soy mi propia jefa”, resume.

Ese empeño por desmontar clichés es precisamente el que la llevó a las redes sociales. Allí comparte el día a día de una explotación que poco tiene que ver con la imagen anclada en el pasado que todavía conserva parte de la sociedad. Habla de tecnología, de maquinaria, de sistemas informatizados, de una forma de trabajar que ya no responde al tópico de hace medio siglo. Su intención, explica, es mostrar que el campo también ha cambiado y que puede ser una opción de futuro real para la gente joven.

Y ese relevo generacional, a su juicio, sigue siendo uno de los grandes retos. Lucía reconoce que no siempre ve en la gente de su edad la motivación suficiente para dar el paso, pero cree que muchas veces el problema no está en la falta de vocación, sino en el miedo que se transmite desde casa.

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