Todavía sorprende ver a una mujer al otro lado del mostrador de una ferretería. Pero es el día a día en la Ferretería Mendoza, en el madrileño barrio de Quintana, donde Magaly Iñiguez Hidalgo trabaja desde 2012. Más de una década en un oficio históricamente masculinizado en el que ha aprendido, sobre todo, a no dejarse cuestionar.
“Al principio fue por afición, pero al final, por cosas de la vida, ya llevo más de 11 años al frente de la tienda”, explica. No fue una decisión buscada desde el inicio, sino una circunstancia que acabó convirtiéndose en una trayectoria profesional consolidada dentro del comercio de barrio.
Los comienzos no fueron fáciles. “Los primeros meses fueron un poco difíciles, me sentía un poco fuera de lugar, puesto que la mayoría de los clientes no estaban acostumbrados a ser atendidos por una mujer”. La sensación de estar en un espacio que no parecía pensado para ella se mezclaba con las dudas de algunos clientes sobre su profesionalidad. “Aún me suelen preguntar si yo entiendo de lo que me están preguntando”, añade.

Con el paso del tiempo, algunas cosas han cambiado, pero no del todo. “Sí, alguna vez todavía hay personas que se sorprenden por ser atendidos por chicas”, cuenta. Y señala un detalle revelador: “Por lo general son las clientas mujeres las que suelen decir que si yo entiendo de lo que necesitan”. Una observación que refleja hasta qué punto los prejuicios se mantienen incluso entre personas del mismo género.
El trabajo en una ferretería exige mucho más que atender al público. “La verdad es que es un mundo muy amplio, cada día es un aprendizaje”, explica. El conocimiento técnico no siempre viene dado, sino que se construye con la práctica diaria. “Siempre hay artículos que requieren estudiarlos para poder explicárselos a los clientes”. Aun así, hay situaciones que siguen repitiéndose. “Lamentablemente, hoy en día aún hay clientes nuevos que suelen preguntar por si hay algún hombre que les atienda”. Con el tiempo, ha aprendido a gestionar estos momentos sin dramatismo, pero con seguridad, reivindicando su lugar desde la experiencia.

La Ferretería Mendoza mantiene una clientela variada, muy ligada al barrio. “Tenemos de todo tipo de clientela, desde los vecinos mayores de toda la vida a los jóvenes que nos localizan por internet”. En ese contacto diario también percibe diferencias en la forma de plantear las consultas: “Los hombres vienen con un poco más idea del material que necesitan, mientras que las mujeres vienen a preguntar cuál puede ser la solución”.
Después de más de diez años, tiene claro qué es lo más complicado del oficio. “Lo más difícil son los clientes que creen tener la razón siempre y son incluso maleducados”. La paciencia, en ese sentido, forma parte del trabajo tanto como el conocimiento de cualquier herramienta.

Pero también hay momentos que compensan. “Lo más satisfactorio es cuando los clientes salen con algún artículo o pieza que pensaban que ya no encontrarían”. Dar con la solución adecuada, encontrar justo lo que alguien necesita, sigue siendo una de las partes más gratificantes del día a día.
Las historias se acumulan con el tiempo. “El trabajar aquí tiene mil historias de todo tipo”, dice. Y recuerda una que resume bien ese contacto constante con la vida cotidiana: “Una clienta, que estaba de viaje, quería que le hiciera una copia de llave enviándome la foto por WhatsApp para que se la entregara a su amiga”.
Anécdotas de todo tipo que se acumulan tras años de oficio. Porque la ferretería no es solo un lugar donde se compran herramientas, sino un espacio donde se resuelven problemas concretos, muchas veces urgentes, y donde el conocimiento se pone a prueba en cada respuesta.
Quien vaya a su ferretería se sorprenderá. Pero no porque la encargada sea una mujer, sino porque atiende con una sonrisa y será capaz de responder con profesionalidad a cualquier duda.
