Alexandra Henríquez habla desde una trayectoria clínica ligada a la ginecología y la obstetricia, pero también a la senología, la patología mamaria y la oncología ginecológica, un enfoque que explica buena parte del tono de su discurso: directo, preventivo y muy atento a todo aquello que durante años se ha minimizado en la salud femenina.
En esta entrevista, y tras la publicación de su libro Ser mujer, la doctora insiste en que el gran problema no es solo la desinformación, sino la costumbre de convivir con síntomas que merecen atención médica: dolor menstrual, sangrados abundantes, ausencia de regla, sofocos intensos o problemas sexuales silenciados. A partir de ahí, despliega una defensa cerrada de la prevención, de la educación desde la adolescencia y de una mirada más amplia sobre el cuerpo de la mujer, en la que también cuentan la alimentación, el estilo de vida y la escucha clínica.
La entrevista también retrata a una especialista que desconfía de la banalización de la salud femenina en redes y que pide volver a los especialistas sin renunciar a la divulgación; una ginecóloga con presencia divulgativa, autora de Ser mujer y voz reconocible en torno a la menopausia, la fertilidad, el cáncer de mama y los trastornos hormonales. Charlamos con ella.

¿Por qué era tan urgente escribir Ser mujer? ¿Qué te hizo sentir que este libro era necesario precisamente ahora?
Creo que la sociedad está cambiando y que este libro era muy necesario en un momento como el actual. Este libro nace con una intención muy clara, la de que cada mujer se conozca mejor a sí misma, deje de normalizar pequeños problemas que no son normales y entienda que muchas cosas pueden mejorar con una intervención adecuada y con cambios en el estilo de vida.
Hay mucha desinformación alrededor del cuerpo femenino, incluso hoy. ¿Cuál es el mito ginecológico que más daño crees que hace a las mujeres?
Hay muchos mitos, y las redes sociales están contribuyendo a difundir información mal interpretada o directamente incorrecta. Para mí, el mayor problema es normalizar síntomas que no son normales. No es normal que duela la regla, no es normal tener un sangrado abundante, ni vivir la menopausia con sofocos intensos y un gran malestar como si no hubiera nada que hacer. Estamos normalizando señales de que algo no va bien en una sociedad que altera constantemente el sistema endocrino, el metabolismo y hasta nuestros ritmos biológicos. Vivimos cada vez más aceleradas y más cansadas, y eso acaba pasando factura al organismo femenino.
¿Qué señales no deberíamos minimizar nunca?
La primera es no tener la menstruación todos los meses. Si una mujer no menstrúa con regularidad, hay que estudiar qué ocurre; es decir, si existe un déficit energético, si hace demasiado ejercicio, si está mal nutrida o si hay una alteración metabólica, como puede suceder en el síndrome de ovario poliquístico. La menstruación forma parte del funcionamiento fisiológico del cuerpo femenino, así que no debemos normalizar su ausencia. La segunda gran señal es el dolor menstrual. Detrás de un dolor intenso suele haber inflamación crónica. La menstruación implica un proceso inflamatorio fisiológico, sí, pero cuando esa inflamación se descontrola y se cronifica, aparecen dolor y exceso de contracciones uterinas. Y eso tampoco es normal.
¿Cuál es la duda que más se repite entre tus pacientes actualmente?
La terapia hormonal en la menopausia. Es un tema que genera muchísimas dudas. Yo la prescribo cuando está indicada y creo que no hacerlo, en algunos casos, sería un error. Pero también creo que no todas las mujeres deben recibirla. Hay que individualizar mucho, sobre todo desde una visión oncológica, que es la mía. Trabajo en ginecología oncológica y patología mamaria, y me preocupa mucho no añadir riesgos futuros a una paciente. Hay que valorar la densidad mamaria, los antecedentes familiares y también cómo metaboliza hormonalmente esa mujer. Todo eso importa.
En términos de educación sobre salud ginecológica, ¿qué te gustaría que cambiara tanto en la adolescencia como en la edad adulta?
Lo primero, dedicar más tiempo a escuchar a la mujer. Hay que escucharla de verdad. Y en la adolescencia, además, hay que educar. Muchas chicas repiten lo que han oído en casa o lo que han escuchado siempre a través de sus amigas, pero necesitan entender qué está pasando en su cuerpo. Por eso el libro también está pensado para ellas… hablo de síndrome premenstrual, ovario poliquístico, endometriosis y otras patologías frecuentes en edades tempranas. Si no abordamos esos problemas en la adolescencia, muchas veces se convierten en problemas en la vida adulta. Y algo importante: no siempre el origen del problema está en el útero. El sangrado excesivo o el dolor pueden ser la manifestación de algo que se origina en otro lugar.
¿Qué papel juega la alimentación en todo esto?
Un papel fundamental. Yo siempre digo que hay tres ejes, y uno de ellos es la alimentación. Tenemos que comer para nutrirnos. Hace falta más fibra, más proteína, grasas saludables como el omega-3 o el aceite de oliva, y menos productos ultraprocesados. Estamos rodeados de sustancias y alimentos que poco a poco intoxican el organismo. Una mala alimentación durante años puede contribuir a desarrollar muchos problemas ginecológicos y metabólicos. Hay parte genética, sí, pero también hay mucho de estilo de vida.

Presentaste el libro junto a Blanca Nutri. ¿Qué valor aporta unir divulgación médica y nutrición en una conversación sobre salud femenina?
Muchísimo. Blanca y yo nos conocemos desde hace tiempo, somos muy amigas y para mí es una gran divulgadora. En consulta veo cada día problemas que no se resuelven solo desde la ginecología. Muchas pacientes necesitan también apoyo nutricional y, en algunos casos, un abordaje complementario con osteopatía, por ejemplo en la endometriosis o en dolores pélvicos. La salud femenina no puede entenderse de forma aislada. Incluso un dolor de regla puede mejorar con cambios en la alimentación, porque muchas veces hablamos de inflamación. Por eso es tan importante trabajar en equipo.
Tu libro insiste mucho en la prevención. ¿Ese es el mensaje principal que quieres que se lleve la lectora?
Sí, absolutamente. Ser mujer es un libro para prevenir. Para sentarse, leerse y darse cuenta de que muchas veces hay que empezar a cuidarse antes de que aparezca un problema mayor. Yo trato cáncer, sí, pero precisamente por eso quiero anticiparme. Cada vez investigo más sobre genética, metabolismo hormonal y prevención, porque creo que entender cómo está funcionando el cuerpo de una mujer nos puede ayudar a detectar riesgos futuros y actuar antes.
¿Qué tema sigue dando vergüenza preguntar?
La sexualidad. Sobre todo en mujeres algo mayores o en pacientes oncológicas, que muchas veces están normalizando problemas sexuales porque sienten que lo prioritario es seguir vivas. Y claro que lo es, pero eso no significa que la calidad de vida deba quedar en segundo plano. Muchas de estas mujeres tienen sofocos intensísimos, sequedad, dolor, pérdida de deseo o problemas con su vida en pareja, y aun así les cuesta expresarlo. Hay pudor. A veces por parte de la paciente y a veces también por parte del profesional. Y eso hay que cambiarlo.
¿Dónde recomiendas informarse para cuidar bien la salud ginecológica?
Con especialistas. Hay que acudir a profesionales preparados y formados: ginecólogos, nutricionistas, psicólogos cuando haga falta. La salud femenina no es solo ginecología; también tiene una dimensión emocional, sexual, nutricional y hormonal. Por eso es tan importante acudir a personas que realmente sepan de lo que están hablando y no quedarse solo con lo que circula en redes sociales.
En torno a la fertilidad también hay muchas dudas y mucho tabú. ¿Se puede preparar una mujer para ser más fértil a través de la alimentación y de hábitos saludables?
Sí, se puede preparar, aunque el gran problema es que estamos retrasando mucho la maternidad. A partir de los 35 años disminuye la calidad ovocitaria y aumentan determinadas dificultades. Por eso conviene preparar el cuerpo antes de buscar embarazo: mejorar la alimentación, reducir el estrés, hacer ejercicio, disminuir la exposición a disruptores endocrinos y revisar el estado general del organismo. Yo siempre insisto en “limpiar filtros”, apoyar el hígado, reducir tóxicos y mejorar el entorno metabólico de la mujer. Todo eso puede influir de forma importante.
Después de escribir este libro, ¿cuál dirías que es la siguiente gran conversación pendiente sobre salud femenina?
Hay muchas. Cada vez que pasa el tiempo y sigo estudiando, pienso en cosas que me habría gustado incluir. El libro aborda menopausia, cáncer de mama, fertilidad y muchos aspectos de la edad fértil, pero me he dejado temas que merecen más profundidad, como los miomas, el virus del papiloma humano o la patología benigna de mama. La medicina evoluciona constantemente, así que seguro que en el futuro habrá más conversaciones y quizá también más libros.
Ya que hablamos de temas pendientes, no puedo terminar sin preguntarte por la menopausia
La menopausia en sí es el cese definitivo de la función ovárica, pero los síntomas pueden empezar antes, en la premenopausia o la perimenopausia. En esos años previos pueden aparecer irregularidades menstruales, cambios emocionales, sofocos, nerviosismo o sequedad vaginal. Los síntomas más importantes suelen intensificarse en la perimenopausia tardía, cuando el ovario ya funciona de manera más irregular. Y hay una idea que para mí es clave: cómo llegas a la menopausia depende mucho de cómo has vivido antes. La alimentación, el ejercicio, el estrés y el autocuidado marcan muchísimo esa etapa.
