Roma vuelve a mirar a la Piazza della Repubblica con esa solemnidad propia de los días que pasan a la historia. En la basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, el templo monumental levantado sobre las antiguas termas de Diocleciano, se celebra este 23 de enero el funeral de Valentino Garavani, fallecido el lunes en su residencia romana a los 93 años. La ciudad, acostumbrada a ceremonias de Estado y a despedidas con aroma de eternidad, rinde hoy tributo a un hombre que convirtió la elegancia en idioma internacional.
La despedida llega después de dos jornadas de velatorio público en la sede de la fundación que lleva su nombre y el de Giancarlo Giammetti, su socio esencial en la construcción del imperio Valentino. Allí, durante miércoles y jueves, cientos de personas (amigos, admiradores anónimos, vecinos, amantes de la moda) se acercaron a presentar sus respetos al creador al que la prensa anglosajona y la industria llevan décadas llamando “el último emperador”.
A media mañana, Roma se ha transformado en una pasarela silenciosa. Hay miradas bajas, abrazos medidos y un uniforme compartido, el negro. Entre los asistentes esperados aparecen Donatella Versace y Tom Ford, Anna Wintour y rostros de Hollywood como Anne Hathaway, muy amiga del diseñador.
Dentro del templo, el gesto de la ceremonia se vuelve colectivo (no solo se llora a un hombre célebre, sino a una forma de entender el oficio). Valentino, formado en París y consagrado desde Roma, construyó un estilo reconocible sin necesidad de estridencias. Redefinió la feminidad clásica, los bordados precisos y un color que terminó siendo firma, el célebre rojo Valentino.

Su legado atraviesa generaciones de clientas y momentos icónicos, de la alta sociedad europea a la alfombra roja, de las primeras damas a las actrices que hicieron del vestido un manifiesto. Valentino fue, durante décadas, el modista al que se acudía cuando la ocasión exigía presencia. Entre sus clientas se cuentan Jackie Kennedy Onassis, que recurrió a él en momentos clave (incluida su boda con Aristóteles Onassis), o la reina Rania de Jordania, además de actrices que convirtieron sus diseños en iconos de la cultura (Jessica Lange, Kate Hudson, Jennifer Aniston, Jennifer Lopez, Penélope Cruz… la lista es inmensa).
En esa lista también aparecen Cate Blanchett y otras figuras del cine que encontraron en Valentino una forma de glamour sin fecha de caducidad, con una elegancia reconocible incluso cuando la moda se inclinaba hacia lo efímero.
Su relación con la alfombra roja, de hecho, ayudó a consolidar ese mito: pocas imágenes resumen tanto su influencia como la de Julia Roberts recogiendo el Oscar en 2001 con un Valentino vintage blanco y negro, un momento que sigue citado como uno de los grandes “looks” de los premios de la Academia. Pero el alcance de su clientela iba más allá del foco: de Lady Di a leyendas como Elizabeth Taylor o Sophia Loren, su atelier funcionó como un lugar al que se iba a buscar una versión elevada y serena de una misma, esa idea de belleza clásica que él defendió hasta el final.
El funeral que se celebra esta mañana no es solo un acto religioso, sino una escena final a la altura del personaje; un creador que vistió a reinas, primeras damas y estrellas, y que convirtió la sofisticación romana en una marca global. Hoy Roma despide a Valentino como se despide de los suyos, con ceremonia, con multitud y con memoria.

