Valentino miraba a las mujeres con una atención poco común. No buscaba tipos, buscaba temperamentos. Tal vez por eso, cuando se habla de sus musas, la lista no responde a una lógica de moda, sino a una constelación de presencias que, juntas, explican una idea de elegancia sostenida durante más de medio siglo. Ese “temperamento” se ve mejor cuando lo aterrizas en prendas muy concretas, en vestidos que se vuelven titulares, fotografías que definen una época y piezas que acaban en archivos, subastas o portadas.
Su educación visual comenzó muy pronto. En la Italia de posguerra, el cine americano funcionaba como una ventana abierta a otra escala de belleza. Las películas musicales, los primeros planos y la teatralidad contenida de las grandes estrellas femeninas formaron su sensibilidad mucho antes de que existiera una casa de moda. A ese aprendizaje se sumó otra escuela decisiva, la de Roma como capital social y cinematográfica, donde la alta costura convivía con el poder, la diplomacia y la imagen pública.

Judy Garland pertenece a ese momento inicial, una figura asociada a la emoción pura, al espectáculo y a la vulnerabilidad mostrada sin defensas. Esa intensidad, tan poco cínica, dejó huella en su manera de entender el lujo como algo emocional. Garland es la prueba de que, para Valentino, la elegancia podía ser conmovedora sin volverse frágil y teatral sin caer en el disfraz. Esa mezcla entre glamour y verdad será un hilo constante en sus musas posteriores.
Décadas más tarde, esa misma idea, el glamour como emoción, volvería a aparecer cuando Lady Gaga eligió un dramático vestido lavanda de Valentino para los Globos de Oro de 2019, en un guiño explícito a Garland.

Cuando Valentino funda su entonces pequeña empresa en Roma, a comienzos de los años sesenta, ya ha construido una visión clara. Roma es un escenario sofisticado, atravesado por el cine, la política y una aristocracia internacional que entiende el vestir como lenguaje social. En ese contexto aparece Jackie Kennedy. Él comprendió de inmediato su necesidad de líneas limpias, de una elegancia que protegiera más de lo que exhibiera.
En Jackie, Valentino encontró la definición perfecta de “contención con poder”, una mujer observada por el mundo que necesitaba ropa capaz de ordenar el ruido. Y la historia terminó de sellarse cuando eligió Valentino para su boda con Aristóteles Onassis el 20 de octubre de 1968. Fue un look “anti-boda” para la época; un dos piezas corto, de cuello alto, en blanco marfil, con un gran lazo/ribbon en el cabello.
Elizabeth Taylor introdujo otra energía en ese universo. Con ella, la elegancia se volvió intensa, casi magnética. Valentino respondió con vestidos que acompañaban el gesto, la mirada, el cuerpo. Telas ricas, escotes precisos, colores profundos. En ese diálogo se demuestra que su concepto de feminidad era amplio y complejo… sabía vestir tanto el silencio como la exuberancia.
Sin duda, el cine clásico atraviesa toda esta historia de forma transversal. Audrey Hepburn forma parte de ese paisaje cultural que definió la elegancia del siglo XX; una silueta clara, una gestualidad precisa, una relación íntima con la ropa.
Con el paso de los años, otras mujeres reforzaron esa constelación. Sophia Loren aportó una sensualidad profundamente italiana, ligada al cuerpo y a la presencia escénica, y las supermodelos de los años noventa proyectaron el lenguaje Valentino sobre una nueva escala mediática, demostrando su capacidad de adaptación sin pérdida de identidad.
En torno a finales de los 60 y 70, el universo Valentino también se alimenta de un glamour más libre, entre alta sociedad y espíritu bohemio. En ese territorio encajan Marisa Berenson y Talitha Getty, a las que muchos perfiles de legado del diseñador citan como figuras representativas de esa etapa.
Si hay un nombre que completa el eje Roma-alta costura-vida social internacional, es Naty Abascal. Se conocen en 1965 (en una cena vinculada a la revista Status) y, desde entonces, su amistad se vuelve una presencia constante en desfiles, galas y veranos compartidos. Naty funciona además como algo muy “Valentino”: la musa que no depende de una sola foto, sino de una complicidad sostenida en el tiempo, casi familiar.
Julia Roberts, en la alfombra roja de los Oscar, consolidó ese momento Valentino con su vestido blanco y negro el 25 de marzo de 2001, en la 73.ª edición de los Oscar, cuando apareció con ese diseño de 1992 y recogió la estatuilla por Erin Brockovich.
Anne Hathaway lleva tiempo en el radar de Valentino, pero fue en los Oscar de 2011 cuando esa complicidad se convirtió en titular. Llegó al Kodak Theatre envuelta en un Valentino Haute Couture rojo, un rojo de firma, casi manifiesto, con escote palabra de honor. Porque el vestido se reservaba el golpe final en la espalda, con un volumen tipo bustle, rosetones y una cola que ampliaba el paso y el aura.

En esa pasarela global, nombres como Naomi Campbell o Claudia Schiffer ayudaron a traducir la Alta Costura a iconos instantáneos. De hecho, el vestido de novia de Claudia Schiffer en 2002, diseñado por Valentino, combinaba la pureza de una silueta clásica con la exquisitez artesanal de la firma. Con una larga cola y un velo etéreo, Schiffer encarnó una novia serena y sofisticada, con un traje espectacular en un blanco marfil.

Keira Knightley encajó de lleno en el universo Valentino, y por eso muchas veces se la menciona como una de sus musas. Durante años fue una habitual de la firma en alfombras rojas, apostando por diseños que mezclaban romanticismo, ligereza y ese punto clásico que nunca resulta rígido. El gesto que terminó de sellar la relación llegó en 2013, cuando eligió Valentino Haute Couture para su boda, confirmando una afinidad que iba más allá del protocolo. No fue una musa “oficial”, pero sí una de esas presencias que hacen que un diseñador se entienda mejor cuando alguien lo lleva.
En el universo Valentino, la musa no es una figura pasiva ni decorativa. Es una mujer que sostiene el vestido tanto como el vestido la sostiene a ella.
