“¿Quién es más conocido, Verdi o Valentino?”, le pregunté una tarde de febrero, con la libreta preparada, en la sala VIP del Palau de Les Arts Reina Sofía de Valencia. No era una pregunta casual ni un guiño de periodista con ganas de rematar. Era la única manera de entrar en él: en su imaginación, en su ego (enorme y templado), en su vocación. Valentino Garavani sonrió con una mezcla de humildad ensayada y orgullo verdadero. “Verdi es para siempre. Valentino… ¿quién sabe?”. Hoy que Valentino ha muerto, esa respuesta regresa como un eco que se niega a apagarse: él sí lo sabía. Lo supo siempre, incluso cuando fingía no saberlo.
Entonces tenía 84 años. Se movía con la energía de quien vive en estado de alerta estética, como si un dobladillo mal rematado pudiera ser una tragedia moral. El jet privado había tenido problemas para despegar: fuertes vientos, retrasos, cambios de timing. La ópera estaba a 24 horas del ensayo general y, en los camerinos, la tensión se parecía más a una cortina espesa que a un simple nerviosismo. No era solo el estreno de La Traviata en Valencia. Era un evento construido como una coronación cultural: producida por Valentino y Giancarlo Giammetti, dirigida escénicamente por Sofia Coppola y con Plácido Domingo en escena. Moda, música, teatro, cine. Todas las artes convocadas para celebrar lo que Valentino mejor comprendía: la belleza como estructura de poder.

Esperé su llegada como se espera a alguien que no pertenece del todo al mundo real. Yo tenía 17 años cuando en 2007 celebró el 45 aniversario de su firma en el Templo de Venus, frente al Coliseo romano, con una constelación irrepetible de nombres. Aquel Valentino era un mito. El de Valentino en el Palau era el mito hecho carne. Su paso no vacilaba, su mirada lo medía todo, su presencia reorganizaba el espacio como si los pasillos, los ascensores, la tramoya, las butacas y los camerinos hubieran sido creados para que él los recorriera.
Valentino era, ante todo, un ojo. Un ojo y una aguja. No se retiró nunca del todo: se apartó del front row, pero no de la mirada. La belleza era su manera de estar en el mundo. No un gusto, una ética. No una preferencia, una exigencia. “Amo la belleza, ¿qué le voy a hacer?”, decía con naturalidad, como quien confiesa un hábito imposible de abandonar. Y yo le creí. Porque no había nada más coherente que esa frase en un hombre que detestaba el grunge, el descuido, la vulgaridad visual, el maquillaje mal puesto, la ropa sin forma. Valentino no entendía el feísmo como provocación artística. Lo vivía como una derrota.
La Traviata le permitía lo que la moda, a veces, le negaba: una belleza sin disculpas. Diseñó los cuatro vestidos de Violetta Valéry y supervisó el resto del vestuario con el rigor de quien sabe que una tela puede contar una historia. Antes de verle, yo había asistido a la explicación minuciosa de aquellas piezas, descritas como si fueran esculturas vivas: tul de seda plisado con encaje y lentejuelas bordadas, raso natural con lorzas, volantes, capas, cola verde esmeralda ajustada por la escalinata del decorado. El rojo Valentino del segundo acto era casi un manifiesto: una máscara, un baile, un cuerpo que se revela. Y lo más inquietante es que, al escucharlo, uno comprendía que en el atelier de Valentino la costura no era solo técnica: era destino.

Cuando por fin apareció, acompañado siempre de Giancarlo, socio y pareja durante toda su vida, la escena se volvió cinematográfica. El equipo se movía alrededor de él con una coreografía silenciosa, marcada por Daniela Giardina y por gestos casi imperceptibles: “ahora no”, “espacio”, “entrad”. Valentino parecía disfrutar de la cámara como quien se reconoce en su propia leyenda. El fotógrafo disparaba sin tregua. Clic: Valentino revisando un bajo. Clic: Valentino susurrándole algo a Giancarlo. Clic: Valentino mirando al techo, cansado y concentrado. Tenía esa habilidad, rarísima, de convertir el estrés en elegancia.
Hablaba de manera breve, tajante, apasionada. “Solo puedo diseñar. Es lo único que he podido hacer toda mi vida. En todo lo demás soy un desastre”, confesó. Era una forma de autodefinirse sin pedir comprensión. No buscaba ternura. Buscaba exactitud. Su historia, repetida tantas veces, seguía conservando algo de fábula: el adolescente italiano que se enamora de la moda viendo a Judy Garland; el joven que viaja a París para estudiar; el creador que, durante décadas, viste a la aristocracia, a las actrices, a las mujeres que moldearon el siglo. Jacqueline Kennedy, Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn. La Roma de la Dolce Vita al servicio de unos vestidos que parecían diseñados para brillar al sol.
Pero aquel día, más que de la moda, hablaba de ópera. La ópera era su infancia. Su padre, amante de La Scala, quería que fuese tenor. “Verdi es mi absoluto favorito”, me dijo. No solo por la música, sino por lo que la ópera tiene de mundo completo, de arte total. Para Valentino, la lírica creaba “mundos fantásticos y modernos a través de una música maravillosa y atemporal”. Su lenguaje era simple y grandioso: como si describiera una emoción en vez de una producción.

También fue lúcido con el presente. Advirtió el riesgo de que la moda se convirtiera “en un show para Instagram en lugar de en una gran colección”. En 2017 aquella frase tenía algo de intuición. Hoy suena a diagnóstico. Valentino entendía la moda como espejo de la sociedad, pero también como cultura popular elevada: “Su tarea es inspirar y dar a su audiencia un sueño”. Esa palabra, sueño, era su patria. Un sueño hecho de seda, de oficio, de disciplina y de una elegancia que nunca fue banal.
Cuando terminó la entrevista, me dejó una despedida que ahora releo como un epitafio. “Après moi, le déluge!”. Después de mí, el diluvio. En su boca sonó como una certeza histórica, adornada de vanidad: la intuición de que su mundo —ese mundo donde la belleza tenía jerarquía, donde el refinamiento era una forma de autoridad— se estaba agotando.
Hoy, muerto Valentino, el diluvio parece una metáfora demasiado fácil. La verdad es más compleja: hay algo de él que no se va. Queda su rojo, queda su mirada, queda su idea de que la elegancia no es un adorno sino un carácter. Y queda, también, la escena en Valencia: el emperador de la moda caminando por los pasillos de una ópera futurista, persiguiendo la belleza como si fuese un animal antiguo, salvaje y necesario.
Verdi es para siempre, dijo. Valentino también. Solo que, como era un hombre de estilo, prefirió fingir que no lo sabía.


