Casa Real Británica

Una supermodelo en Windsor

Claudia Schiffer y el príncipe Guillermo o el remake inesperado de una fantasía adolescente

El Castillo de Windsor es experto en convertir la política exterior en una coreografía impecable a través de mesas infinitas, tiaras estratégicamente iluminadas o discursos que pesan más por el subtexto que por el volumen. Pero estos días ha ocurrido algo más sutil y casi cinematográfico; entre los terciopelos, los candelabros y los mensajes sobre cooperación europea, apareció Claudia Schiffer, y con ella una historia que parecía olvidada en algún cajón noventero del príncipe Guillermo.

La supermodelo alemana acudió al banquete de Estado en honor al presidente Frank-Walter Steinmeier como parte de la delegación germana, acompañada de su marido, Matthew Vaughn, recién nombrado caballero por Carlos III. A Schiffer la presentaban como Lady Drummond, pero en realidad las dos palabras que flotaban alrededor de su entrada en el salón de Estado eran las de “icono absoluto”. Vestida con un elegante Balmain negro, su presencia introdujo un elemento inesperado en la liturgia real.

Para el príncipe Guillermo, esa noche tenía un guion paralelo. Schiffer es parte de una de las anécdotas más íntimas y tiernas de su adolescencia. A principios de los noventa, cuando el príncipe aún era un chico tímido creciendo bajo el foco global, Diana de Gales quiso sorprenderlo por su cumpleaños con un plan digno de una madre que conocía perfectamente a su hijo. Así, invitó a Kensington Palace a tres supermodelos del momento: Naomi Campbell, Christy Turlington y la propia Claudia Schiffer. El revuelo fue inmediato. Guillermo lo ha contado años después entre risas, asegurando que se quedó “rojo como un tomate”, bloqueado, incapaz de articular palabra ante las mujeres que decoraban las habitaciones de media generación adolescente.

Aquel encuentro quedó convertido en un recuerdo, casi en un meme prematuro de los años previos a Internet. Y, aunque cada uno tomó caminos muy distintos, la vida siguió cruzándolos. En los 2000 coincidieron en varios actos benéficos, incluido un partido de polo donde Schiffer entregó un trofeo al príncipe.

El príncipe heredero del Reino Unido, hoy arquitecto de discursos sobre estabilidad continental, sentado a metros de la mujer que, sin saberlo, protagonizó una de sus fantasías adolescentes más inocentes. Y ahí está el encanto de la escena: mientras el menú avanzaba entre brindis, alianzas europeas y la defensa unánime de Ucrania, en Windsor ocurría algo paralelo, como si alguien hubiera decidido filmar un remake de los 90 con presupuesto real.

Esta imagen recordó que las relaciones internacionales también están hechas de gestos, memorias y pequeños accidentes biográficos. Windsor fue, por una noche, el escenario donde confluyeron Europa, la realeza y el imaginario pop de toda una generación que creció viendo a Claudia Schiffer convertir cualquier pasarela en mito. La escena funcionó porque hablaba de poder, pero también de tiempo. Del niño tímido que se sonrojaba en Kensington y del hombre que hoy sostiene el discurso británico ante Alemania. De la supermodelo que sobrevivió al vértigo de los 90 y que ahora entra en palacios con la misma elegancia con la que iluminaba campañas de Versace. De cómo los iconos envejecen con nosotros y se cuelan en las salas más inesperadas.

La diplomacia, al final, también necesita de estos destellos cinematográficos, de estos homenajes involuntarios a la memoria sentimental. Y Windsor, con Schiffer como invitada estelar, firmó su propia escena inolvidable: la supermodelo que volvió a cruzarse con el príncipe, pero esta vez sin pósters, sin vértigos adolescentes… y en un salón donde la fantasía, de pronto, parecía protocolaria.

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