Mónaco

Carlota Casiraghi y la maternidad sin filtros ni idealizaciones

La hija de Carolina de Mónaco presenta 'La Fêlure', su nuevo libro

Carlota Casiraghi, en una imagen de archivo. EFE

Carlota Casiraghi no suele prestarse al formato confesional, y por eso ha resonado tanto la frase que soltó casi a media voz cuando le preguntaron, en una entrevista reciente en RTL, si se considera una “buena madre”: “Espero ser una madre suficientemente buena”. No es un titular pensado para gustar, sino una forma de quitar hierro, y a la vez dramatismo, a una exigencia que, según ella, sigue pesando de manera desproporcionada sobre las mujeres. La conversación tuvo lugar a finales de enero, en plena promoción de La Fêlure, su nuevo libro publicado por Julliard.

En Francia, varios medios que siguieron el contenido de esa entrevista remarcaron el tono. Casiraghi no idealiza la maternidad ni intenta vender una versión edulcorada de sí misma. Al contrario, reconoce que la crianza convive con la duda y la imperfección, y que el criterio realista (“suficientemente buena”) le parece más honesto que el de la perfección. En Nice-Matin, por ejemplo, se recoge la idea de hacer lo que una puede “con lo que es”, asumir que habrá fallos y sostener lo importante (el amor y la ternura) como centro.

La parte más punzante llega cuando habla del “mito del amor maternal”. No lo niega, pero lo cuestiona como mandato: esa expectativa de que una madre debe poder con todo, sentirse plena siempre y no desbordarse jamás. En piezas que comparten fragmentos del programa (incluidos cortes difundidos por la propia esfera mediática de RTL), Casiraghi enlaza ese mito con algo que rara vez se verbaliza en público: la culpa, los tabúes y una vergüenza persistente alrededor de los cambios físicos y psicológicos que puede traer la maternidad. Su tesis, sin ponerse clínica, es muy contemporánea: cuando el ideal es inalcanzable, cualquier vivencia humana se vive como fracaso.

Que esta reflexión aparezca ahora no es casualidad. La entrevista se enmarca en el lanzamiento de La Fêlure, un libro que, según la propia promoción editorial y los perfiles que lo están siguiendo en prensa cultural, gira precisamente alrededor de lo que se quiebra; las fisuras entre lo que somos por dentro y lo que los demás creen ver desde fuera. La lectura encaja con el personaje público que ella lleva años tratando de desactivar; la “princesa impecable” convertida en icono de estilo.

En Reino Unido, Tatler subraya que Casiraghi está aprovechando esta etapa promocional para hablar de vulnerabilidad sin moralina, y citó una idea que conecta directamente con su discurso sobre cuidados: aunque haya avances legales y mayor participación masculina, arrastramos un legado histórico donde el peso cotidiano del cuidado ha recaído “casi exclusivamente” en las madres. Esa frase funciona como marco: no se trata solo de emociones individuales, sino de una estructura cultural que todavía reparte expectativas de forma desigual.

En ese contexto, su “confesión” sobre ser “suficientemente buena” se entiende menos como inseguridad y más como una enmienda al guion. Casiraghi es madre de dos niños y, aun con una vida rodeada de privilegios, se coloca en un lugar muy reconocible, el de quien intenta hacerlo bien sin someterse al examen permanente. Lo significativo es que lo diga desde un apellido que, por definición, vive bajo lupa. Lo que en otra celebridad podría sonar a frase de manual, aquí funciona como desactivador; no hay perfección que demostrar, hay un vínculo que cuidar.

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