No hace falta que sea un vestido espectacular ni un look imposible de pasarela. Basta con una camisa rosa empolvado asomando bajo un blazer gris, un bolso rosa suave rompiendo un conjunto negro, o unas bailarinas rosadas que iluminan unos vaqueros rectos. El rosa está reapareciendo así, sin estridencias pero con constancia, colándose en armarios que hace poco juraban fidelidad absoluta al beige, al gris y al negro. Y ahí está la clave… Vuelve para introducir una grieta en el uniforme de la seriedad.
Después del pico de fucsia asociado al fenómeno Barbiecore, muchas pensaron que el color quedaría “quemado” durante años. Sin embargo, lo que está ocurriendo este año es otra cosa. Vemos un rosa más matizado, más combinable, que funciona casi como un neutro estratégico. El rosa, puesto donde antes solo cabían el negro “autoridad”, el gris “competencia” o el azul “credibilidad”, desafía la idea de que el poder tiene que verse duro, opaco y masculino. En ese sentido, el rosa está operando como herramienta de resignificación feminista; un color históricamente usado para encerrar lo femenino en lo frívolo se reapropia como decisión consciente. No es “ser más mona”, es ocupar espacio sin pedir permiso.

Las pasarelas de primavera-verano 2026 han sido clave para consolidar este cambio de percepción. Firmas de peso han integrado distintas versiones de rosa -desde los más pálidos hasta tonos caramelo- en prendas centrales de sus colecciones, no como acento anecdótico, sino como parte estructural de la paleta de temporada. Y cuando un color deja de ser “detalle” para convertirse en base, la tendencia ya no es un capricho, es lenguaje visual. Un lenguaje que discute, con tela y pigmento, quién decide qué se considera serio, profesional o potente.
Después de que el Barbiecore convirtiera el fucsia en uniforme pop, parecía lógico que el rosa se tomara un descanso. Pero 2026 está demostrando lo contrario: el rosa ha vuelto, sí, aunque no como “disfraz” ni como meme cultural, sino como herramienta política (aunque se use en silencio) y como recurso estético de alto impacto. Está en pasarelas, en informes de tendencias y en la forma en la que se combinan los tonos en la calle: más sobrio, más versátil, más “nuevo neutro” cuando es pálido… y más incisivo cuando se vuelve caramelo o chicle.
Una parte de la confusión viene de que “color del año” no significa lo mismo para todo el mundo. Que Pantone apueste por un blanco suave o que otras consultoras señalen verdes azulados no impide que la moda empuje al rosa como protagonista real: precisamente porque su fuerza no está en el titular, sino en lo que hace en el cuerpo y en el contexto. Si el blanco sugiere calma y el verde azulado sugiere futuro, el rosa se cuela como otra cosa: la posibilidad de reescribir el código de “lo femenino” sin renunciar a la ambición, la autoridad o el deseo.

Lo que dicen las pasarelas (y por qué este rosa es distinto)
La pista más clara de que esto no va de nostalgia es la manera en que el rosa aparece en colecciones Primavera/Verano 2026: no como un guiño aniñado, sino como un color que se mezcla con materiales y combinaciones “adultas”, incluso severas. El rosa se lleva con caqui, con burdeos, con negro, con cuero, con sastrería. Es decir: entra en el territorio simbólico del poder clásico y lo contamina (en el mejor sentido). La pregunta ya no es “¿me atrevo con rosa?”, sino “¿qué significa hoy llevarlo?”.
Lo interesante de los looks de pasarela no es solo el tono, sino el gesto: una camisa rosa claro como básico con credenciales de moda; una minifalda rosa aterrizada con una camisa utilitaria; una gabardina rosa pastel leída como estructura, no como adorno; un vestido rosa sostenido como pieza-escultura; un slip dress rosa tensado con accesorios oscuros. En todos esos casos, el rosa está para desplazar el centro de gravedad del conjunto.
Y cuando miras informes de color, aparece el mismo mensaje; que es que este año no va de un solo tono soberano, sino de paletas. Eso abre una puerta importante para la resignificación: el rosa deja de ser “el color protagonista de la feminidad” y se convierte en una pieza más del vocabulario, capaz de ser elegante, agresivo, minimalista o futurista. En otras palabras: deja de ser destino y pasa a ser herramienta.

Por qué vuelve el rosa
Hay una razón muy práctica. El rosa, bien elegido, funciona como neutral emocional y como interrupción visual. Un rosa empolvado ilumina la piel, suaviza un total negro y hace más respirable un gris. Pero, sobre todo, cambia el mensaje: donde antes el uniforme decía “soy competente porque parezco duro”, ahora puede decir “soy competente y no necesito disfrazarme de dureza”. Eso no es una tontería estilística, es una crítica directa a cómo se ha construido la imagen de autoridad.
Luego está la capa cultural. El rosa lleva siglos cambiando de significado, y esa inestabilidad es precisamente su potencia. Si un color ha sido usado para marcar jerarquías (quién puede llevarlo, quién no, qué se considera digno), también puede usarse para sabotearlas. La resignificación feminista no consiste en “amar el rosa porque sí”, sino en decidirlo desde la agencia: elegir lo que históricamente se te ha impuesto y convertirlo en lenguaje propio.
Incluso su rareza perceptiva encaja con el momento: el rosa no se comporta como un color “simple”, cambia muchísimo según luz, tejido y mezcla. Satén rosa no dice lo mismo que lana rosa, ni denim rosa que cuero rosa. Esa mutabilidad lo vuelve perfecto para un tiempo que está cuestionando categorías rígidas: lo femenino ya no como caja cerrada, sino como campo de posibilidades.

Y hay una última capa, material e histórica, que también dialoga con el poder: muchos rosas y rojos rosados se han sostenido históricamente en tintes valiosos y procesos complejos. Es decir, el rosa no ha sido solo “bonito”; ha sido también lujo, comercio, estatus, trabajo, industria. Recordarlo ayuda a romper el cliché contemporáneo del rosa como algo ligero, menor o secundario.
En resumen, el rosa vuelve porque sirve, pero también porque dice. En un año donde conviven deseo de calma y necesidad de expresión, el rosa funciona como puente y como desafío: puede ser suave o contundente, clásico o futurista, romántico o afilado. Y, sobre todo, puede ser una manera de afirmar una idea simple y potente: el poder no tiene un solo color, y la autoridad no tiene por qué parecerse a la tradición.
