Desde Kim Kardashian hasta Malala, pasando por tu prima y por tu vecino el del quinto, han compartido una imagen de sí mismos en 2016. Un año que en realidad, no estuvo exento de dramas tanto políticos como para la cultura pop (fue cuando figuras como David Bowie, George Michael o Prince murieron) pero que supuso un momento en el que la cultura se sentía compartida e incluso las tendencias parecían ser también fruto de la participación de todos. Ahora vivimos pendientes de los algoritmos y nos da miedo compartir un video que nos ha emocionado y recibir al instante un mensaje que nos diga “¡Pero si es Inteligencia Artificial!”. Y para qué negarlo… Si algo tenemos todos en común es que hace diez años, éramos más jóvenes. Ya no digo ‘estábamos’ porque ahora, con la magia que con según qué intervenciones tiene lugar, hay quien incluso puede retroceder dos décadas no gracias a la nostalgia, sino al bisturí o las infiltraciones…
Porque es indudable que la nostalgia tiene un papel importante en esta mirada constante hacia ese año. Pero hemos de evitar romantizar el pasado, algo que resulta muchas veces apetecible ante un mundo repleto de baches. El pasado funciona habitualmente como ese lugar de paz al que recurrir, un oasis en el que las preocupaciones eran menores y en el que poder parar un rato. Cassie Dimitroff comenta en Rush Magazine que cuando las personas miran atrás con añoranza, a menudo recuerdan no solo tendencias culturales, sino una versión de sí mismas que se sentía menos fija. “Ahora los espacios digitales son más limpios, más pulidos y, paradójicamente, más agotadores. Los rostros se difuminan en la monotonía. La estética se aplana”, asegura. “Incluso la autenticidad se ha estilizado. En este contexto hipercurado, el caos estético de 2016 se siente refrescantemente humano. Filtros densos, fotos cuadradas, selfies incómodas frente al espejo: señalan una época anterior a la autovigilancia constante”, añade.

Fue en 2016 cuando Beyoncé lanzó Lemonade, un álbum en el que contaba al mundo las infidelidades de su marido y en cuyo single Hold Up aparece enfundada en un espectacular vestido amarillo de Roberto Cavalli y en el que convierte un bate en su mejor arma. Precisamente ahora en All’s Fair Kim Kardashian luce un vestido amarillo de Valentino con el que rinde homenaje a los golpes que la cantante da a los coches, aunque Kardashian se centra en el de su ex, que le es infiel en la serie. Hemos visto a Lily Allen hacer de la música su aliada para despacharse contra las infidelidades de su ex marido, por lo que parece que se cierra el circulo.
Kylie Jenner sacó en 2016 sus kits de labiales, esos que nacieron de una mentira y que hicieron de ella una gurú de la belleza. Ahora prima la -aburridísima y engañosa- ‘clean beauty’. Entonces, las pelucas cosas, los vestidos de látex y las curvas. Cómo no añorar eso en tiempos de Ozempic y gente beige… Por supuesto, Jenner ha celebrado los diez años de su marca convirtiéndose para la celebración en esa Barbie que era entonces, y la gente ha celebrado su afán por soltarse el pelo. También literalmente. Aunque fuera durante unas horas…

Porque la moda también mira hacia ese año. Como explica a The Face Sarah Lloyd, investigadora de la nostalgia en el campo de la moda, gran cantidad de imágenes e información a la que estamos expuestos impide que seamos capaces de procesar lo que estamos experimentando. “Para mí, la cultura del pasado radica en adquirir una sensación de control sobre un paisaje cultural en constante cambio y en reubicarse en el pasado reciente para procesar completamente el presente. Es una forma de detener temporalmente el tiempo”, asegura.
Es indudable que necesitamos una pausa, respirar y reflexionar. Y la nostalgia es siempre una gran aliada para hacerlo, para darnos un abrazo y para sacar fuerza para seguir adelante. Pero por favor, no olvidemos que ese año triunfó el Brexit y ganó Donald Trump. Intentamos recordar los momentos brillantes de cada época para continuar, pero no nos dejemos cegar por ese brillo. Ahora echamos de menos la espontaneidad que 2016 nos permitía, pero una cosa os digo: al final, ser o no espontáneo depende de cada uno. Las consecuencias también existían hace diez años. Otra cosa es que nos importaran menos porque éramos más jóvenes.

En Las horas han perdido su reloj: Las políticas de la nostalgia (Alpha Decay, 20222) Grafton Tanner asegura que la nostalgia es una de las emociones más representativas de nuestra era, pues el deseo colectivo de aferrarnos a la supuesta sensación de comodidad, certeza y protección de épocas pasadas hace que nos rodeemos de objetos que habían quedado en desuso, de remakes de películas antiguas, el abrazo de tendencias de moda del ayer… A medida que vamos perdiendo más la confianza en el futuro, cada vez más incierto ante guerras, crisis económicas y el cambio climático, volver al pasado se nos antoja tan apetecible como necesario.
Subamos las fotos que queramos de 2016 o de cuándo se nos antoje, pero no olvidemos que el pasado no fue siempre necesariamente mejor. Y si no nos gusta el presente, intentemos cambiarlo. Precisamente ahora Capitán Swing publica Historia para el mañana, un libro en el que Roman Krznaric demuestra que la historia no es simplemente un medio para comprender el pasado, sino una forma de reimaginar nuestra relación con el futuro. Pongámonos pues mejor a pensar en lo que está por llegar, en cómo afrontar las cosas de mejor manera y en asumir que el retinol está en nuestras vidas.


