Gastro

Cómo sobrevivir al roscón de Reyes

Menos 'detox' a lo loco y más descanso digestivo; las claves para recuperarte sin castigarte

Un Roscón de Reyes.
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Después de la cabalgata, los regalos y el roscón, llega un clásico silencioso del Día de Reyes: la tripa inflamada, la acidez y esa sensación de “no se me baja”. No hace falta haber comido una barbaridad para notarlo. A veces basta con ir picando durante días, repetir una sobremesa larga y rematar con turrón “porque aún queda”. La buena noticia es que, según explica Salvador Talón, especialista en nutrición y responsable del área de nutrición y salud digestiva de ZEM Wellness Clinic Altea, la mayoría de estos síntomas se pueden prevenir con pequeños ajustes, sin convertir las fiestas en un examen de fuerza de voluntad.

Según el experto, en Navidad el “combo”. En las celebraciones coinciden platos especialmente ricos en grasas y proteínas, en cantidades muy por encima de lo que el cuerpo necesita, y muchas veces se mezclan demasiadas cosas en una misma comida. A esa sobrecarga se suman dos factores que suelen pasar desapercibidos: el alcohol y la cantidad de líquido que se bebe mientras comemos. “Todo este conjunto supone una sobrecarga para el hígado, que debe metabolizar grasas, proteínas y alcohol al mismo tiempo”, señala. El resultado es fácil de reconocer: digestiones más lentas, pesadez, gases, distensión abdominal e incluso reflujo o acidez.

Hay, además, una causa menos evidente y muy navideña, lo emocional. Las reuniones familiares no solo se digieren en la mesa; también se digieren por dentro. Conversaciones largas, tensión, discusiones o simplemente hablar mucho influyen directamente en el sistema digestivo a través del nervio vago, esa autopista que conecta intestino y cerebro. Y un detalle práctico: cuando hablamos más de la cuenta, tragamos más aire. Esa aerofagia añade gas y aumenta la hinchazón, aunque la comida en sí no sea “la peor”.

El roscón de Cristina Oria

La prevención, dice Talón, empieza antes de sentarse a la mesa. El error típico es llegar con hambre voraz “para disfrutar más” y terminar comiendo deprisa y en exceso. La estrategia, en cambio, consiste en preparar el organismo con antelación: en las comidas previas conviene apostar por una alimentación ligera, rica en verduras y fitonutrientes, y bajar el volumen de grasas y proteínas animales. Verduras al vapor o a la plancha son una opción sencilla porque aportan micronutrientes y dejan al aparato digestivo trabajando a favor, no en contra. La hidratación también cuenta, pero con un matiz importante: mejor concentrarla antes de la comida principal. Agua e infusiones digestivas o hepatoprotectoras ayudan a “poner a punto” el sistema digestivo y el hígado para el esfuerzo que vendrá después.

Ya en la comida, no se trata de prohibirse el roscón o el turrón, sino de cambiar el modo de comerlos. “Masticar bien y con calma es uno de los hábitos más importantes, ya que la digestión comienza en la boca”, recuerda Talón. Comer despacio, hablar lo justo y evitar discusiones contribuye a una digestión más eficiente. Y hay un gesto que puede parecer menor pero marca diferencias: moderar la cantidad de líquido durante la comida. Si además ese líquido es alcohol, el impacto se multiplica. Talón insiste en que no es renunciar al placer, es acompañarlo con consciencia: porciones razonables, ritmo pausado y atención plena a lo que se come. Cuando nos salimos de lo habitual, el cuerpo agradece que al menos no lo hagamos a toda velocidad.

El día siguiente merece un capítulo aparte, porque ahí aparece el impulso de “compensar”: saltarse comidas, entrenar como si hubiera un examen o caer en un falso detox castigador. En la práctica, lo que suele funcionar mejor es justo lo contrario: un día de descanso digestivo. Talón plantea que, siempre que sea posible, reducir la ingesta calórica o incluso hacer un ayuno suave puede ser beneficioso para permitir que estómago, intestino e hígado se recuperen. La pauta es sencilla: comida ligera, protagonismo de verduras verdes, poca proteína y mucha hidratación. Nada de buscar “pagar” lo comido, sino facilitar la recuperación natural del organismo. El movimiento y el descanso adecuado completan el plan; no hace falta machacarse, y de hecho conviene evitar entrenamientos intensos o volver a comidas pesadas demasiado pronto.

Infusión de anís estrellado con canela

Para quienes necesitan una ayuda extra, porque la hinchazón ya está ahí o porque saben que la sobremesa de Reyes suele pasar factura, el especialista recuerda que existen apoyos naturales útiles. Las infusiones carminativas, como anís verde, anís estrellado, hinojo, boldo o comino, ayudan a reducir gases y favorecen digestiones más ligeras. También menciona plantas con acción hepática, como cardo mariano, alcachofa o el propio boldo, que apoyan el trabajo del hígado cuando ha tenido que metabolizar “todo a la vez”. En algunos casos se recurre a fórmulas de dietética o al carbón activo para absorber gases, aunque Talón destaca un aliado especialmente eficaz en estos días: las enzimas digestivas, que facilitan la degradación del exceso de grasas y proteínas típico de las comidas festivas.

Al final, va de entender qué está pasando en el cuerpo cuando juntamos grasa, proteína, alcohol, mucha cantidad, prisas y emoción. Reyes puede seguir sabiendo a fiesta, pero con un detalle clave: que al día siguiente no lo pague el estómago.

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