Cada 6 de enero, millones de hogares de nuestro país comen el Roscón de Reyes. Los hay para todos: sin gluten, con nata o crema, con rellenos innovadores, con y sin fruta escarchada… Todas estas variedades parten de un origen muy desconocido para muchos, pero con una historia muy interesante.
Este dulce navideño nos tiene en vilo por si nos toca la figurita o el haba, que nos hace pagar el bollo circular al año siguiente. Pero también tuvo en vilo, aunque de manera diferente, a muchas personas de siglos atrás.
Por qué comemos Roscón en el Día de Reyes Magos

El historiador y gastrónomo Néstor Luján hablaba de la capacidad del Roscón para reunir a la gente a través de los tiempos, y ser el centro de una celebración donde este bollo representa algo más que una comida.
Hoy en día, la resistencia tradicional y las innovaciones gastronómicas con rellenos como los de Kinder Bueno, pistacho, Pantera Rosa y otros sabores siguen conquistando nuestros hogares. Por no hablar de las intervenciones de los chefs con estrellas Michelín, que también se han sumado a lanzar sus particulares apuestas.
Estos, además, van de las mano de las innovaciones en el haba y la figurita: premios de cientos de euros, cheques para gastar en un negocio, y muchas otras sorpresas han empezado a aparecer también en los roscones.
Sea como sea, la tensión de ver si sale el haba o el rey/premio, es algo que parece que no pasará de moda. Porque, más allá de lo que cambie el Roscón de Reyes, a través de la historia hay algo que no ha perdido: la capacidad de reunir y esperanzar a esclavos, ricos y otros grupos sociales.
La historia del Roscón de Reyes que no conocías

Luján recordaba siempre que el origen de este tipo de platos es siempre algo ambiguo. No obstante, parece que es en la Antigua Roma donde se hallan las primeras constancias de su origen.
Concretamente, durante las festividades Saturnales, en honor a Saturno, dios de la agricultura, allá por el siglo II antes de Cristo. En estas fiestas, se distribuían unas tortas redondas con higos, dátiles y miel entre esclavos y plebeyos. Curiosamente, a quien le tocaba el haba se le concedía cierta libertad y favores por parte de los amos.
Más tarde, llegó el cristianismo, y con su expansión se abandonaron o modificaron algunas tradiciones consideradas paganas. Parece que la torta saturnal sí sobrevivió en Francia, pero como la Gâteau des Rois que aún consumen nuestros vecinos. Allí ya se le daría la forma que luego adoptó nuestro roscón.
También en este momento, se incluyó la moneda (que luego se convertiría en figurita) como premio, y el haba pasó a tener la connotación negativa y su respectivo pago del dulce a quien le aparecía.
Con la llegada de los Borbones a España, Felipe V impuso la costumbre de Francia de comer el peculiar dulce circular en la Epifanía. Y así, la tradición de comer roscón se fusionó con la festividad cristiana de lo Reyes Magos.
Llegando al siglo XIX, con las demandas de la aristocracia, se empezó a afinar la receta en las pastelerías de Madrid: la masa era de brioche, contaba con aroma de agua de azahar y se colocaba la fruta escorchada, que representaban las joyas de las coronas de aquellos Reyes Magos de Oriente.
Y ya con la llegada del siglo XX, se empezaron a introducir los rellenos de nata, crema y otros. Así hasta la actualidad, pudiendo encontrar todo tipo de roscones de Reyes. Y esa es la historia del querido Roscón, que partió como esperanza de los esclavos romanos y hoy reúne a millones de familias y amigos.


