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Cristina Oria: “A las mujeres se nos pregunta mucho sobre conciliar, a los hombres menos”

Cocinera antes que empresaria, ha convertido su pasión por la gastronomía en una compañía de más de 250 personas

Hubo un tiempo en que Cristina Oria lo hacía prácticamente todo: cocinaba, preparaba pedidos, contestaba a los clientes y montaba las cajas, mientras su marido, Álvaro, echaba una mano con el diseño, la fotografía e incluso los repartos de fin de semana. El crecimiento fue tan gradual que casi no percibió el momento en que Cristina Oria dejó de ser únicamente una persona para convertirse también en una marca. Hoy, con un equipo de más de 250 profesionales, sigue empeñada en que ese crecimiento no diluya el componente personal que está en el origen del proyecto.

Quizá porque el emprendimiento le viene de cerca. Hija de los fundadores de Musgo, creció observando cómo se construía una empresa desde dentro, aunque durante años creyó que elegiría una vida más tranquila. Estudió Empresariales, pasó por la consultoría estratégica en Bain & Company y acabó encontrando en la cocina el lugar desde el que levantar su propio negocio. En esta conversación habla de esfuerzo y ambición, de trabajar con su marido, de maternidad y conciliación, pero también de las cosas sencillas que siguen haciéndola feliz: improvisar una cena con lo que haya en la nevera, reunir a amigos alrededor de una mesa o pasar un día sin prisas en Morata.

Cristina Oria
Cristina Oria

Pregunta – Has creado una marca que lleva tu nombre. ¿En qué momento Cristina Oria dejó de ser tú para convertirse en una empresa?

Respuesta – Creo que fue muy poco a poco y casi sin darme cuenta. Al principio Cristina Oria era literalmente yo. Cocinaba, hacía los pedidos, contestaba a los clientes, preparaba las cajas… Mi marido repartía los fines de semana y me ayudaba con toda la parte de diseño y fotografía, aunque él trabajaba en un family office y es ingeniero, nada que ver. Pero cuando emprendes lo das todo. A nosotros nos encantaba lo que hacíamos y le dedicábamos prácticamente las 24 horas del día.

Luego empiezas a crecer, incorporas gente y llega un momento en el que tú misma ya asumes Cristina Oria como una marca independiente de ti. Yo, por ejemplo, digo en casa: “pásame una bolsa de Cristina Oria”, como si no fuese mi propio nombre. O con mis hijos hablamos de “Cristina Oria” refiriéndonos a la empresa y no a mí. Dicho así parece que estoy un poco chiflada.

Hoy somos un equipo de más de 250 personas y, aunque evidentemente ya no puedo estar en todo como al principio, para mí es fundamental que la marca siga siendo muy personal. Me gusta cuidar muchísimo los detalles y, sobre todo, la atención al cliente.

Para nosotros es muy importante que cada cliente sienta que tiene su momento CO, independientemente de que esté comprando un regalo, comiendo en uno de nuestros restaurantes, haciendo un pedido online o celebrando un evento con nosotros. Y yo sigo muy involucrada en el producto, la comunicación, las recetas, las mesas, los nuevos proyectos… Seguramente debería delegar más, pero eso todavía me cuesta muchísimo.

¿Qué aprendiste de Musgo viendo crecer aquella empresa y qué has hecho deliberadamente distinto en la tuya?

Mis padres fueron unos emprendedores increíbles. Viajaban por todo el mundo trayendo cosas especiales cuando eso no era tan común en aquella época. Fueron pioneros y tuvieron una visión de negocio que admiro muchísimo. Llegaron a tener unas cuarenta tiendas entre España y Portugal y yo crecí viendo desde dentro todo lo que suponía levantar y hacer crecer una empresa.

Sobre todo aprendí que las cosas no salen porque sí. Detrás de cualquier empresa que funciona hay muchísimo trabajo y constancia. En casa siempre nos enseñaron también que la vida es muy larga y que hay que intentar hacer las cosas bien y quedar bien con todo el mundo.

Curiosamente, precisamente por haberles visto trabajar tantísimo, yo decía que jamás tendría mi propia empresa. Quería trabajar para otro y tener una vida mucho más tranquila. Al final me ha salido regular el plan.

Y respecto a qué he hecho deliberadamente distinto, la verdad es que nada. Nunca me he marcado como objetivo hacer las cosas de manera diferente a mis padres. Todo lo contrario: les admiro muchísimo y ojalá llegue a ser la mitad de lo que han sido ellos como empresarios.

Evidentemente, cada uno tiene su personalidad, son momentos distintos y hay cosas que hacemos de manera diferente, pero sigo recurriendo muchísimo a ellos. Cuando tengo una decisión importante o necesito otra visión, les pido consejo. Tener cerca a dos personas con su experiencia y su visión empresarial es una suerte enorme.

Estudiaste Empresariales, trabajaste en consultoría y después te formaste en cocina. A estas alturas, ¿te sientes más empresaria que chef?

Si me preguntas a qué me dedico, siempre digo que soy cocinera. Me apasiona la cocina y todo lo que hay alrededor: desde pensar una receta, ir a comprar la materia prima y cocinarla, hasta ver cómo disfruta la gente cuando se la come. Esa parte me sigue haciendo igual de feliz que cuando empecé.

Es verdad que hoy mi día a día tiene muchísimo de empresaria. Haber estudiado Empresariales y haber trabajado en consultoría estratégica me ha ayudado muchísimo para gestionar y hacer crecer la empresa. Detrás de un restaurante, un catering o cualquier producto que lanzamos hay números, equipos, logística, compras, producción y muchísimas decisiones.

Pero creo que sigo viendo el negocio con ojos de cocinera. Soy muy exigente con el producto, la calidad y los detalles, y sigo involucrándome muchísimo en las recetas y en todo lo que hacemos.

Si no te hubieras dedicado a la gastronomía, ¿a qué te habría gustado dedicarte? ¿Hay alguna profesión o vida alternativa que todavía te intrigue?

A mí me encantaba la consultoría estratégica. Estaba en Bain & Company y me apasionaba también lo que hacía allí, así que probablemente habría seguido por ese camino si no me hubiese puesto enferma.

Aunque ahora, después de haber vivido las dos cosas, no cambiaría haber emprendido por nada del mundo, y mucho menos si es en la cocina, que es mi pasión.

Es curioso porque durante muchos años decía que no quería emprender. Había visto a mis padres trabajar muchísimo y pensaba que yo quería una vida más tranquila. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que emprender va en mi ADN y que, si no lo hubiese hecho, probablemente me habría faltado algo en mi vida.

Te iba a preguntar por la conciliación. Como mujeres, ¿tenemos que seguir hablando de ello?

Yo tengo tres hijos y una empresa que exige muchísimo, y no voy a vender que tengo una fórmula maravillosa porque no la tengo. Hago malabares como todo el mundo y hay días que llego a todo y otros que no llego a nada.

También soy muy consciente de que soy una privilegiada porque tengo ayuda y, sobre todo, porque Álvaro y yo hemos entendido siempre la familia como algo de los dos. Mis hijos tienen un padre igual de responsable de ellos que su madre.

A veces a las mujeres se nos pregunta muchísimo cómo conseguimos conciliar y a los hombres bastante menos. Quizá el día que esa pregunta se haga igual a un empresario con tres hijos que a una empresaria con tres hijos habremos avanzado bastante.

En mi caso además hay una mezcla total. Mis hijos han crecido dentro de esta empresa. Vienen al huerto, prueban recetas, opinan sobre productos, viajan con nosotros y saben perfectamente a qué nos dedicamos. Ya no sé muy bien dónde termina el trabajo y empieza nuestra vida familiar.

Trabajas con tu marido, ¿cómo conseguís que una empresa que lleva tu nombre sea realmente un proyecto de dos y, al mismo tiempo, que el trabajo no se coma al matrimonio?

Yo empecé sola, pero él estuvo desde el principio ayudándome mientras tenía su propio trabajo. Diseñaba cosas, repartía pedidos los fines de semana… Hasta que llegó un momento en el que la empresa necesitaba crecer y dejó su trabajo para incorporarse conmigo.

Nos complementamos muy bien porque somos bastante diferentes. Tenemos áreas muy claras y confiamos muchísimo el uno en el otro. No nos “pisamos” nunca nuestro trabajo.

¿Que si conseguimos que el trabajo no se coma al matrimonio? Pues no siempre. Hablamos muchísimo de trabajo. A veces pienso: “¿de qué hablarán los matrimonios que no trabajan juntos?”. Pero también es verdad que disfrutamos muchísimo con lo que hacemos. Un viaje, probar un restaurante, descubrir un proveedor o entrar en una tienda nos divierte a los dos. Siempre digo que yo me casé con Álvaro porque me encantaba y quería pasar mucho tiempo con él. Pues desde luego lo he conseguido, ¡24 horas juntos!

Tus hijos están creciendo viendo a una madre empresaria. ¿Qué te gustaría que aprendieran de ti?

Antes de que me vean como una madre empresaria, quiero que me vean como una buena madre. Que sientan que he estado con ellos en los momentos importantes, que tengan plena confianza en mí y que sepan que siempre voy a estar ahí cuando me necesiten.

También quiero que recuerden que hemos disfrutado muchísimo juntos. Para mí eso es fundamental. Me encanta hacer planes con ellos, viajar, cocinar, estar en familia y compartir tiempo juntos.

Y, por supuesto, me gustaría que aprendieran el valor del trabajo y del esfuerzo, como mis padres me enseñaron a mí. Que entiendan que las cosas no salen solas, que hay que trabajar por ellas, pero también que se puede disfrutar muchísimo por el camino.

No me importa a qué se dediquen el día de mañana, ni quiero que necesariamente continúen con la empresa. Quiero que encuentren algo que les apasione, que sean buenas personas y, sobre todo, que sean felices.

Llegas a casa un martes a las nueve de la noche, cansada y sin ninguna intención de impresionar a nadie: ¿qué cenas de verdad? ¿Cuál es esa receta fácil que nunca te falla?

No te lo vas a creer, pero pedimos bastante comida a domicilio, y también de la nuestra propia. Así aprovecho para ver cómo llegan las cosas, cómo salen los platos y si todo está como debería. Hago de mystery shopper desde casa.

Y luego soy muchísimo de cocinar con lo que pillo en la nevera. Mi marido siempre dice que mi gran don es conseguir hacer un plato rico con cuatro cosas completamente distintas que encuentro por la cocina. Abro la nevera, veo lo que hay y voy improvisando. No tengo una receta concreta que nunca falle; casi diría que mi receta es precisamente esa: aprovechar lo que tengo y conseguir que salga algo rico.

Tu trabajo tiene mucho que ver con el gusto, recibir, comer bien y hacer la vida más bonita. Fuera del trabajo, ¿qué cosas te hacen feliz? ¿Qué es para ti un día perfecto?

Un día perfecto probablemente sea en Morata. Levantarnos sin prisas, coger las bicis e ir al pueblo a desayunar unos churros. Después, ir al huerto, recolectar las verduras y pensar qué plato rico podemos preparar con lo que haya ese día.

Y, por supuesto, que vengan amigos a comer. Me encanta preparar una mesa bonita para ellos y decorarla con nuestras propias flores. Tener una buena carne para hacer en la barbacoa, con sus mazorcas de maíz y unos pimientos asados, es un plan que nunca falla. Aunque también me encanta preparar un rodaballo en la barbacoa y darle después los tres vuelcos con sus ajitos y vinagres correspondientes.

Comer sin prisas, disfrutar de una sobremesa larga, rodeada de mi familia y amigos. Para mí eso es un día perfecto. Así que, como ves, ¡no es muy opuesto a mi trabajo diario!

También me hace muy feliz viajar, descubrir sitios nuevos, restaurantes, tiendas gourmet, hoteles, mercados… no me voy de una ciudad nueva sin visitar su mercado de abastos.

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