El tigre siempre fue el animal print incómodo. No el simpático. El otro. Demasiado gráfico para ser “clásico”, demasiado intenso para pasar por “básico”, demasiado orgulloso para hacerse el neutro. El leopardo, en cambio, aprendió modales y se coló en el armario como ese comodín que te pones cuando no sabes qué ponerte. El tigre nunca quiso ese trabajo. Es el que aparece cuando la moda está aburrida y necesita que alguien tire una silla. Y ahora, la silla la ha tirado Rihanna.
No es metafórico. Rihanna se ha dejado ver en Nueva York con un abrigo de tigre de Alaïa (y no hablamos de “una chaquetita”). Las expertas en moda lo han descrito como uno de esos looks que convierten un estampado “polémico” en el centro de la conversación: abrigo de jacquard, tacones a juego en pelo de becerro, labio rojo… y esa energía que solo ella sabe transmitir.
Pero el tigre ya venía rugiendo en las pasarelas de primavera 2026 (Alaïa, y también nombres grandes), y Rihanna está ayudando a “cementarlo” en la calle. Ahora bien, pensar que el tigre vuelve “por Rihanna” es quedarse en la espuma. Y es que el tigre tiene historia.

Antes de TikTok, antes de Instagram, incluso antes del street style, el animal print ya funcionaba. Hollywood lo abrazó fuerte en los años 30 y 40, alimentado por la fascinación con lo exótico en cine y cultura popular; el animal print era riqueza, seducción y personaje.
En los 70, con el glam, el rock y la contracultura, ese “personaje” dejó de ser solo elegante y se convirtió en todo un desafío. El print animal, incluido el tigre cuando tocaba, era volumen, sexualidad, exceso y actitud de escenario. Y en los 90 y primeros 2000 se consolidó como uniforme de noche, de club.
Luego vino el silencio. La moda se volvió más correcta, minimal. El leopardo sobrevivió porque aprendió a hacerse el discreto. El tigre no pudo porque es demasiado rayado, demasiado contundente. No sabe comportarse. Y justo por eso vuelve ahora. Porque 2026 está lleno de armarios exhaustos y, en ese paisaje, el tiger print va más allá de la tendencia y llega como antídoto. Promete carácter. Y te obliga a tomar partido.

Además, el tigre encaja sorprendentemente bien con el momento cultural. Frente a la suavidad del quiet luxury, ofrece contraste. Frente al miedo a destacar, plantea una pregunta muy simple y muy de ahora: ¿y si destacar no fuera un problema, sino el plan?
El tigre tampoco es complaciente. Sus rayas tienen algo gráfico, casi arquitectónico; no intentan mimetizarse, sino generar movimiento y presencia. Es un estampado que te hace visible incluso si el resto del look es sobrio. Y esa es la gracia, que no necesita muchos apoyos. Se lleva con una naturalidad casi insolente, como si fuera una decisión tomada hace tiempo y no un experimento de temporada.
El leopardo seguirá siendo el comodín (el amigo fiable). Y regresa en un momento ideal para recordarnos que la moda también sirve para incomodar un poco y romper la monotonía. Que Rihanna lo lleve no significa que tengas que hacerlo. Pero sí confirma que el tiger print nunca fue una excentricidad pasajera. Solo estaba esperando a que el contexto, y nosotras, estuviéramos otra vez de humor para el drama.


