Moda

Helena Bonham Carter, la musa natural del universo Westwood

La relación de Helena Bonham Carter con la estética de Westwood y su forma de entender la moda hacen que muchos la vean como la figura más afín a su legado

Fotografía: Kiloycuarto

Hablar de Vivienne Westwood es hablar de irreverencia, de una revolución vestida de tartán y de corsés resignificados. Diseñadora, agitadora cultural y activista, convirtió la moda en un lenguaje político mucho antes de que el término se normalizara. Por eso, cuando su figura vuelve a ocupar el centro del debate cultural, ya sea por su legado o por la posibilidad de un futuro biopic, surge una pregunta inevitable: ¿quién puede entender realmente su espíritu? Para muchos, la respuesta no está tanto en una actriz que se le parezca, sino en alguien que comparta su energía. Y ahí aparece Helena Bonham Carter.

El cabello indómito, las capas superpuestas, el gusto por lo teatral y lo aparentemente caótico son solo la superficie de una afinidad más profunda. Tanto Westwood como Bonham Carter han construido su identidad pública desde la resistencia a la norma, desde una elegancia que no busca aprobación y una estética que se alimenta de la historia, la contradicción y el exceso.

Helena Bonham Carter en el funeral de V. Westwood

Helena Bonham Carter ha desarrollado una carrera marcada por personajes excéntricos, incómodos y profundamente humanos. Su talento consiste en habitar lo extraño con honestidad. Esa cualidad conecta de forma natural con Westwood, una mujer que fue muchas veces reducida a su estética punk cuando, en realidad, fue una intelectual feroz, obsesionada con el pasado, la política y el poder cultural de la moda.

El estilo de Helena Bonham Carter se ha definido a lo largo de los años por una fidelidad poco común a determinados creadores y a una forma de vestir ajena a la tendencia del momento. Vivienne Westwood ha sido una de sus diseñadoras de referencia, especialmente en apariciones públicas clave. Bonham Carter ha llevado diseños de Westwood en alfombras rojas internacionales, incluidos los Oscar, donde apostó por corsés, volúmenes marcados y tejidos clásicos, sellos inequívocos de la diseñadora británica. Junto a Westwood, su armario ha dialogado con creadores como Marc Jacobs o con el trabajo de figurinistas como Colleen Atwood.

La relación entre ambas se hace aún más evidente fuera de la ficción. Bonham Carter ha sido durante años una de las figuras que mejor ha entendido el vestir de Westwood en la vida real. No como disfraz ni como gesto nostálgico, sino como declaración. En el universo Westwood, la ropa es una forma de estar, una ideología… es fricción. Helena ha asumido ese código en alfombras rojas y apariciones públicas, convirtiendo cada elección estética en una extensión de su identidad.

Ambas comparten también una posición incómoda dentro de los sistemas que las celebran. Westwood criticó abiertamente el lujo, el consumismo y la industria de la moda incluso desde dentro, utilizando su visibilidad para hablar de activismo climático y responsabilidad social. Bonham Carter, por su parte, ha mantenido siempre una distancia consciente con el glamour normativo de Hollywood, defendiendo una imagen personal que privilegia la libertad creativa frente a la corrección estética.

Llamar a Helena Bonham Carter “la musa natural del universo Westwood” no implica idealizarla ni convertirla en reflejo pasivo de la diseñadora. Al contrario. Una musa, en este caso, es alguien que entiende el caos, que dialoga con él y lo amplifica. Alguien capaz de sostener la contradicción sin resolverla, de habitar lo excéntrico sin explicarlo.

Si algún día la historia de Vivienne Westwood llega al cine, lo verdaderamente importante será la capacidad de capturar su espíritu indomable. Y en ese terreno, Helena Bonham Carter, además de encajar, parece hablar el mismo idioma.

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