La noticia de la muerte de Philippe Junot, a los 85 años, ha devuelto a la actualidad una historia que parecía archivada en la memoria colectiva del glamour europeo. No es solo el fallecimiento del padre de Isabelle Junot ni el adiós a un hombre que llevaba años viviendo lejos del foco. Es también el cierre definitivo de un episodio que marcó un antes y un después en la vida de Carolina de Mónaco y, por extensión, en la forma en que el Principado de Mónaco entendió desde entonces la gestión de su relato sentimental.
El matrimonio entre Carolina y Philippe Junot no fue solo un error juvenil ni una boda fallida, fue el momento en que el cuento de hadas se resquebrajó a plena luz del día. En 1978, Carolina tenía 21 años y una presión difícil de imaginar. Hija de Grace Kelly, convertida desde la adolescencia en icono global, creció bajo la doble exigencia de ser princesa y mito. Junot apareció en ese contexto como una vía de escape. Empresario francés, divorciado, con una vida adulta ya vivida, parecía representar lo contrario a la narrativa palaciega: independencia, cosmopolitismo y ausencia de obediencia simbólica.
El enamoramiento fue rápido y, para muchos en Mónaco, alarmante. No tanto por la diferencia de edad o el pasado sentimental de Junot, sino porque no encajaba en el molde institucional. No era príncipe, ni aristócrata del agrado del palacio, ni un personaje dispuesto a diluirse en la escenografía del Principado. Era, simplemente, un hombre que no parecía dispuesto a convertirse en figurante de la historia de otro.
La boda, celebrada en junio de 1978, fue uno de los grandes acontecimientos sociales del momento, pero también una señal inequívoca de ruptura con la tradición. No había promesa de cuento eterno, sino una apuesta personal de Carolina, quizá la primera que hizo sin red. Y Mónaco, acostumbrado a controlar el guion, aceptó el enlace con una mezcla de solemnidad y cautela.
La realidad matrimonial confirmó pronto los temores. La pareja vivió bajo una presión constante: fotógrafos, rumores, expectativas, lecturas políticas de cada gesto… La vida que Junot entendía como normal, con viajes, autonomía, etcétera, chocaba frontalmente con la rigidez del rol principesco. Y Carolina, atrapada entre ambos mundos, empezó a pagar el precio de una exposición sin refugio.
El divorcio llegó dos años después. Fue discreto en las formas, pero devastador en las consecuencias. Para el Principado, supuso una llamada de atención histórica: la vida privada de una princesa podía convertirse en un problema público si no se protegía con una estrategia clara. Para Carolina, fue una lección aprendida demasiado pronto y demasiado en público.
Nada en su vida sentimental posterior se entendería sin este primer matrimonio. A partir de Junot, Carolina se volvió más cauta, más consciente del poder -y del peligro- del foco mediático. El gran amor que llegó después, Stefano Casiraghi, se integró en un relato mucho más controlado, casi reparador. Porque el cuento ya no podía permitirse improvisaciones.

Para Philippe Junot, en cambio, el matrimonio fue una marca indeleble. Rehizo su vida lejos del Principado, formó una familia y eligió la discreción como norma. Sin embargo, nunca dejó de ser presentado como “el primer marido de Carolina de Mónaco”. Su nombre quedó fijado a un capítulo concreto, convertido en símbolo del desajuste entre deseo personal e institución.
Hoy, su muerte permite una lectura más serena. El tiempo ha desplazado el juicio y ha dejado espacio para el contexto. Junot no fue el antagonista de un cuento real. Fue el hombre que apareció en el momento en que Carolina necesitaba huir del papel impuesto, y el hombre que obligó a Mónaco a asumir que incluso los mitos necesitan aprender.
Por eso este matrimonio sigue importando. No por su duración, sino por su efecto. Porque enseñó que el glamour no basta para sostener una historia y que, a veces, los capítulos más incómodos son los que terminan marcando el rumbo. Con la muerte de Philippe Junot se cierra definitivamente esa página, pero su eco permanece. Fue el primer gran punto de inflexión en la vida de Carolina de Mónaco y el instante exacto en que el Principado entendió que el cuento, para sobrevivir, debía cambiar sus reglas.


