The Royals

Sin Instagram y aun así viral, el caso Leonor

La princesa de Asturias se ha vuelto viral haciendo justo lo contrario de su tiempo

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Hay una forma antigua de llamar la atención, que consiste en entrar en una habitación y hablar más alto que los demás, y otra un poco más actual, que consiste en enseñar el desayuno, la tristeza, el gimnasio y el perro para que el algoritmo te trate como a un familiar. La princesa Leonor, en cambio, ha elegido, o le han elegido, una tercera vía, que es probablemente la más extravagante de todas en estos tiempos: aparecer poco, decir menos y dejar que el mundo, humillado por esa escasez, haga el resto.

Cualquiera pensaría que una chica de su edad, en medio de esta romería universal de caras, filtros y vidas retransmitidas, estaría condenada a existir solo si se la ve a todas horas. Y sin embargo ocurre lo contrario. Leonor está donde ya casi nadie sabe estar, en la distancia. No se confunde con nosotros, no nos da los buenos días, no nos enseña un café ni una tarde de lluvia desde una ventana conveniente. No parece pedir cariño. Y seguramente por eso lo provoca.

La viralidad de Leonor no nace de la confesión, sino del silencio. No de contarse, sino de administrarse. Sale poco y basta. Cada aparición suya tiene algo de acontecimiento porque no llega gastada. No viene sobada por el exceso de exposición. Todavía conserva una cualidad rarísima, que es la novedad. Internet, que devora cualquier cosa en media mañana, se queda un rato más delante de alguien que no se ofrece entero. A la red le fascina lo que no puede manosear del todo.

Leonor no aparece nunca del todo como una chica y nunca del todo como un símbolo de la monarquía, va oscilando. A veces parece una hija. A veces parece una alumna aplicada. A veces, de golpe, parece ya una institución con coleta o con uniforme. Esa mezcla es imbatible para la mirada actual de la sociedad, que necesita humanidad pero sigue rindiéndose ante el decorado. Queremos ver a alguien real, sí, pero no demasiado real. Queremos la proximidad con una pequeña aduana. Y Leonor, de momento, la administra con una inteligencia casi involuntaria.

Luego está el detalle interesante y es que su época le habría premiado convertirse en influencer, y ella, o la maquinaria que la rodea, ha decidido convertirla en otra cosa, quizá más difícil y desde luego más sofisticada. No una joven que comparte, sino una figura que aparece. No una personalidad digital, sino una presencia. Hay en eso una intuición finísima sobre el cansancio del presente. Después de tantos años de gente contándonoslo todo, empieza a resultar elegante no contarlo. Después de tanta espontaneidad ensayada, hasta el protocolo puede parecer fresco.

Leonor se ha hecho viral no a pesar de no tener Instagram, sino precisamente gracias a eso. Parece una tontería, pero no lo es. Emitir lo hace cualquiera. Irradiar exige otra cosa; contención, misterio, incluso un poco de aburrimiento bien administrado, que es una cualidad aristocrática y también literaria. Que una princesa joven despierte conversación global sin enseñarnos su intimidad dice mucho de ella, pero quizá dice más de nosotros: estamos tan saturados de acceso que hemos vuelto a caer rendidos ante la lejanía.

Al final, el caso Leonor no va solo de una heredera, ni siquiera de una monarquía intentando actualizarse sin despeinarse demasiado. Va de algo más reconocible, el prestigio. Ese animal viejo que parecía muerto entre selfies y stories y que, de repente, vuelve a asomar cuando alguien entiende que el secreto no es estar en todas partes, sino faltar un poco. Leonor ha aprendido, o han aprendido por ella, una lección de oro en la edad del escaparate… no hay nada más eficaz que dejar a los demás con ganas de una imagen más.

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