Existe una devoción curiosísima por las frases rotundas. Ya no basta con que algo sea bonito, conmovedor o incluso sensato; además debe venir avalado por una universidad prestigiosa, preferiblemente anglosajona, para adquirir ese brillo que mezcla la emoción con una apariencia de verdad científica. Antes se citaba a los clásicos; hoy se cita a Harvard. Hemos cambiado a Séneca por un titular de Instagram.
La frase en cuestión, “tu propia hermana es un antidepresivo natural, Harvard proved”, posee todas las virtudes del contenido viral: es reconfortante, es simple, halaga nuestros afectos y convierte una relación íntima en una verdad universal. Naturalmente, estaba destinada al éxito. A fin de cuentas, ¿quién querría resistirse a la idea de que el cariño familiar, además de enternecernos, viene a resolvernos la salud mental con la misma eficacia que una prescripción médica, pero con mejor fotogenia?
Lo interesante de estos mensajes no es solo su dudoso rigor, sino el retrato que hacen de nosotros. Los compartimos porque nos gusta creer que la vida emocional puede reducirse a fórmulas agradables; que el sufrimiento, siempre tan poco estético, puede ordenarse en frases inspiradoras; que el vínculo correcto, la persona adecuada, la relación suficientemente luminosa, bastarán para ponernos a salvo del desánimo. Es una fantasía comprensible. También profundamente moderna.
Por supuesto, nadie negará que una hermana puede ser un refugio. Puede ser la cómplice de la infancia, la testigo de nuestras metamorfosis, esa presencia que conoce nuestras ruinas y, pese a ello, insiste en llamarnos con absoluta normalidad. Puede ser consuelo, sostén, memoria y abrigo. Pero de ahí a convertirla en “antidepresivo natural” media no una exageración, sino un pequeño abismo de frivolidad.
La salud mental, tan invocada y tan poco comprendida a veces, merece algo mejor que estas comparaciones de bisutería sentimental. Un antidepresivo es un tratamiento médico, indicado en circunstancias concretas, con supervisión profesional y una complejidad que no admite equivalencias poéticas. Confundir apoyo afectivo con solución clínica es una manera muy elegante de banalizar el problema.
Además, como ocurre con todas las idealizaciones, la frase presupone un mundo de vínculos impecables que rara vez existe. No todas las hermanas son confidentes, no todas las familias son refugio, no todos los lazos de sangre consuelan. Hay hermanas que acompañan y hermanas que hieren; hermanas que sostienen y hermanas que se han convertido, con los años, en una educada distancia navideña. Pero ya se sabe que las redes sociales prefieren los símbolos a las biografías, y las biografías, por desgracia, suelen ser mucho más incómodas.
Pero lo más revelador del asunto es esa necesidad de envolver cualquier intuición afectiva en un barniz académico. Como si no bastara con decir que una hermana puede hacernos bien. Como si el cariño, para ser creíble, tuviera que presentarse con membrete universitario. Lo que antes era una evidencia humana hoy parece necesitar pie de estudio, aunque nadie cite cuál, cuándo ni en qué términos.
De modo que no, una hermana no es un antidepresivo natural. Puede ser algo mucho más difícil de definir y, precisamente por eso, más verdadero: una presencia decisiva, una forma de compañía, una alianza contra la intemperie. Las redes, con su habitual talento para la simplificación, han vuelto a hacer lo que mejor saben: tomar una verdad parcial, perfumarla con sentimentalismo y vestirla con una etiqueta de prestigio. El resultado es una frase hermosa a primera vista, pero endeble en cuanto se la mira dos veces.
