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El futuro incierto de las princesas Beatriz y Eugenia: la Corona frente al lastre del apellido

Entre el peso del linaje y la sombra de su padre, Andrés Mountbatten-Windsor, crece en Reino Unido la presión para retirarles sus títulos. La decisión divide a La Firma

Las princesas Eugenia y Beatriz de York. EFE
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En las viejas cortes europeas, el destino de los segundones, aquellos que nacen con título pero sin trono, ha sido siempre un delicado ejercicio de armonía. Ni del todo dentro, ni completamente fuera. En ese territorio ambiguo, se mueven las princesas Beatriz y Eugenia de York, figuras que encarnan hoy la tensión entre la sangre y la reputación.

El apellido York, tan rimbombante en la historia de la monarquía británica, se ha visto arrastrado por el fango del caso Epstein. La caída en desgracia de su padre, Andrés Mountbatten-Windsor ha proyectado en estos últimos años una sombra larga y persistente sobre sus hijas, pero sus propios nombres se repiten también con insistencia en los archivos desclasificados.

Las princesas han sido excluidas del Royal Ascot por el caso Epstein. EFE/Ian Langsdon
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No hay pruebas de irregularidad alguna por parte de las princesas. Y, sin embargo, en la lógica de la monarquía, el mero roce con el escándalo basta para contaminar sus figuras. Ese “toque” importa tanto como una posible culpa. Su condena pública no deja de ser paradójica teniendo en cuenta sus esfuerzos por construir vidas profesionales propias en consultoría tecnológica, arte o filantropía, pero su linaje, por más que traten de emanciparse, sigue siendo su principal capital. El ejemplo más reciente es la renuncia de Eugenia de York como patrona de Anti-Slavery International, la ONG más antigua del mundo contra la esclavitud moderna, tras siete años en el cargo.

Una delicada encrucijada

El episodio de la Navidad en Sandringham fue decisivo. La invitación a compartir las fiestas sin sus padres colocó a las hermanas ante una elección que ningún protocolo recoge: ¿la familia íntima o La Firma? En este escándalo, la lealtad, sin embargo, no garantiza protección. Solo aplaza el juicio. La Firma, ese concepto casi corporativo de la monarquía, opera como una entidad que exige sacrificios en nombre de la continuidad. En ese tablero, el príncipe Guillermo emerge como un gestor de riesgos más que como un primo. Su estrategia de distanciamiento no responde a afectos, sino a la necesidad de preservar la institución como quien protege una marca centenaria.

La exclusión de eventos como el desfile de carruajes en Royal Ascot no es un castigo explícito, pero sí una forma refinada de invisibilidad. No hay un destierro formal, como sí ha ocurrido con sus padres, pero sí una progresiva retirada. La presión para ser despojadas de sus títulos reales es creciente. El cronista real Robert Jobson opina que esta decisión debería ser tomada por el rey Carlos y el príncipe Guillermo. Y advierte: “Nadie renuncia a un título voluntariamente. Sin deberes reales, un Alteza Real es un objetivo, no un escudo”.

En su opinión, el monarca siente un gran cariño por sus sobrinas, solo a él le produce desvelo esta decisión. El heredero al trono, sin embargo, se muestra frío e impasible. No le mueve ningún tipo de sentimentalismo cuando se trata de defender la institución. Fiel a su carácter severo y controlador, hace un tiempo aconsejó a otros miembros de la realeza que no aparecieran en las fotos junto a las princesas. La princesa Kate guarda un elocuente silencio. En una encuesta realizada hace solo unos días por Daily Express, el 56% expresó que las princesas Beatriz y Eugenia deberían perder sus títulos y, por tanto, el tratamiento de Alteza Real.

Los príncipes de Gales, en un carruaje hasta el Palacio de Buckingham durante una visita de Estado de Qatar al Reino Unido, en Londres.
EFE/EPA/TOLGA AKMEN

Quien sí les ha ofrecido un refugio incondicional ha sido el príncipe Harry desde Montecito, el lugar convertido en el paraíso de los incomprendidos. Pero aceptar esa invitación implicaría cruzar un Rubicón emocional y mediático. Significaría renunciar, quizá para siempre, a esa poderosa pertenencia a la Casa de Windsor. La idea suena fascinante, pero improbable.

Viven en un limbo institucional

El verdadero dilema de Beatriz y Eugenia va más allá. Pertenecen a una generación de realeza periférica que debe justificar su existencia en un sistema cada vez más reducido y profesionalizado. No son miembros activos de la monarquía, pero tampoco simples ciudadanas. Viven en un limbo institucional donde cada privilegio -residencias, títulos o conexiones- es observado con creciente escepticismo por los ciudadanos, que fruncen el ceño al ver que mantienen sus residencias en palacios. Beatriz tiene un apartamento en el palacio de St. James, mientras que Eugenia de York vive en Ivy Cottage, dentro de los terrenos del palacio de Kensington.

Los tabloides británicos plantean que su futuro podría seguir tres caminos. Aceptar un papel discreto como figuras de apoyo ocasional, renunciar a sus títulos y construir identidades completamente autónomas o continuar en ese espacio intermedio, con el riesgo de volverse irrelevantes tanto para la institución como para la opinión pública.

El infortunio de las princesas, pese a no haber cometido falta alguna, se erige como el ejemplo más implacable de una institución que, en pleno siglo XXI, aún no sabe cómo gestionar algo tan antiguo como la fragilidad dentro de sus propios muros.

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