El arresto ayer de Andrés Mountbatten-Windsor, hermano del rey Carlos III, reabre una pregunta incómoda que acompaña a la institución desde hace décadas: por qué los escándalos de la familia real británica parecen encadenarse, una y otra vez, con nombres distintos pero un mismo telón de fondo.
Según la información conocida, el antiguo duque de York fue detenido en una casa de campo en Sandringham bajo sospecha de mala conducta en un cargo público durante su etapa como representante especial de Comercio, un puesto que ocupó entre 2001 y julio de 2011.
La investigación la lidera la Policía del Valle del Támesis y pone el foco en un presunto envío de documentos sensibles del Gobierno al pederasta convicto Jeffrey Epstein. Es, en cualquier caso, un episodio que se suma a una lista larga y con memoria. Los escándalos de la familia real británica no empiezan en los años 90, ni siquiera con Diana, sino mucho antes.
La abdicación de Eduardo VIII y la sombra de 1937
Para entender por qué los escándalos de la familia real británica se narran casi como una saga, muchos historiadores vuelven al 10 de diciembre de 1936. Ese día, Eduardo VIII firmó la abdicación, tras asumir que ni la opinión pública ni el Gobierno aceptarían su deseo de casarse con la estadounidense divorciada Wallis Simpson.
El desenlace fue una fractura íntima y política: el rey renunció y se exilió en Francia con el título de duque de Windsor. La polémica no terminó ahí. Al año siguiente, en 1937, el duque y Simpson viajaron a Alemania y se reunieron con Adolf Hitler. Un encuentro que alimentó sospechas en las élites británicas sobre su lealtad y su papel durante un tiempo especialmente sensible. La idea de que la Corona podía convertirse en un problema de Estado se coló ahí, en la raíz de los escándalos de la familia real británica.
El caso de la princesa Margarita
Tras la abdicación, el trono pasó a Jorge VI, padre de Isabel II. Décadas después, en los años 50, otro capítulo añadió tensión al relato de los escándalos de la familia real británica. La protagonista fue la princesa Margarita, que se enamoró del capitán Peter Townsend, divorciado y héroe de guerra.

La relación, según se ha contado, se hizo evidente durante la coronación de Isabel II en la Abadía de Westminster en junio de 1953, a raíz de un gesto íntimo que no pasó desapercibido. La presión del Gobierno y de la Iglesia de Inglaterra fue determinante, y en 1955 Margarita anunció que no se casaría con Townsend para priorizar su deber. En ese dilema —sentimiento contra institución— está parte del combustible de los escándalos de la familia real británica.
El ‘annus horribilis’ de 1992
Si hay un año que concentra los escándalos de la familia real británica en la retina moderna, ese es 1992. Ese año se comunicó la separación de Andrés y Sarah Ferguson, un golpe simbólico porque su boda en 1986 había impulsado la popularidad de la familia. Y ese mismo 1992 llegó también la separación oficial de Carlos y Diana de Gales, anunciada en el Parlamento por el entonces primer ministro John Major.
Isabel II describió aquel año como annus horribilis, y a las crisis familiares se sumó el devastador incendio del castillo de Windsor, convertido para muchos en metáfora visual: por dentro, todo ardía. La relación entre Carlos y Diana, además, arrastraba meses de escándalo por la revelación del vínculo extramatrimonial del heredero con Camila.
Diana, la BBC y la crisis de 1997
En 1995, Diana concedió una entrevista que se volvió histórica al programa Panorama de la BBC. Allí pronunció la frase de que eran “tres” en el matrimonio. Una línea que encapsuló, para millones de espectadores, el derrumbe de la narrativa oficial. Tras aquella etapa, Carlos y Diana se divorciaron en agosto de 1996, pero los escándalos de la familia real británica todavía guardaban su giro más traumático.

En agosto de 1997, Diana murió en un accidente de coche en París. La reacción inicial de la monarquía fue percibida como fría, y se abrió una crisis de popularidad sin precedentes. Desde entonces, la institución aprendió que, en la era mediática, el silencio también se paga. Y que los escándalos de la familia real británica ya no se gestionan solo con protocolo.
El ‘Megxit’, las acusaciones de racismo y el caso Epstein
En enero de 2020, príncipe Harry y Meghan Markle renunciaron a sus funciones reales y se mudaron a Estados Unidos. El episodio, bautizado como Megxit o Sussexit, abrió otra grieta en la conversación pública sobre los escándalos de la familia real británica, sobre todo cuando, en entrevistas posteriores, Markle acusó a la familia real de racismo dentro de la institución, un relato que tensionó la legitimidad moral de la monarquía.

En paralelo, la figura de Andrés quedó marcada por su vinculación con Jeffrey Epstein y por acusaciones de abuso sexual que lo llevaron a retirarse de la vida pública y a perder títulos y honores. Ahora, con el arresto ordenado por la Policía del Valle del Támesis y el foco puesto en su etapa como representante comercial, los escándalos de la familia real británicavuelven a concentrarse en un nombre que ya era sinónimo de crisis. Y, de paso, recuerdan algo más incómodo: en la monarquía británica, el pasado nunca termina de pasar.
