El corte de internet impuesto por el régimen iraní se ha convertido en una de sus armas más eficaces para sofocar las protestas y ocultar la represión. Bloquear las comunicaciones no solo impide que el mundo vea todo lo que ocurre en las calles, sino que mantiene también familias incomunicadas, imposibilita pedir ayuda y cuesta contrastar información fiable. Se habla de miles de muertos, heridos y detenidos en las protestas que sueñan con tumbar el régimen de los ayatolás. Como explican expertos y activistas, el apagón digital transforma el país en una prisión a cielo abierto.
El régimen ha intensificado la persecución de tecnologías alternativas como Starlink, consciente de que cualquier rendija de conexión supone una amenaza para su control absoluto del relato. La censura no es solo informativa, sino emocional y psicológica: millones de iraníes en el exilio viven con angustia permanente al no poder contactar con sus familias durante días o semanas.

El drama de las refugiadas afganas en Irán
Para los refugiados afganos en Irán, esta situación es todavía más crítica. A la represión general se suma su condición de población vulnerable, sin derechos plenos, expuesta tanto a la violencia del Estado como al rechazo social. “Estamos entre dos infiernos: Irán y Afganistán”, resumía la joven afgana Fatima -nombre ficticio por razones de seguridad- en una entrevista previa a Artículo14. Ella creció en Irán, vivió allí más de veinte años y hoy, desde Europa, observa con terror cómo el apagón digital la ha dejado completamente incomunicada de su familia.
-¿Qué sintió cuando comenzaron las protestas y comprobó su magnitud?
-Al principio sentí una especie de esperanza. Yo he vivido muchos años en Irán y he visto protestas antes, pero esta vez era diferente. La gente estaba unida, muy enfadada, cansada. Pensé que era el límite, que las personas ya no podían soportar más. La vida allí no ofrece futuro ni esperanza, y por primera vez sentí que todo el mundo lo estaba diciendo al mismo tiempo.

-¿Cuándo empezó a cambiar esa esperanza?
-Muy rápido. A medida que avanzaban los días, la violencia aumentó. El Estado, como siempre, no escuchó, solo respondió con más represión. La gente también estaba muy enfadada y reaccionó con violencia. Todo se volvió más oscuro. Hoy ya no veo nada positivo, solo más miedo y más muerte.
-¿Cuándo fue la última vez que habló con su familia?
-El 8 de enero. Ese fue el último día que pude hablar con ellos. Después, el internet se cortó casi por completo y desde entonces no sé nada.

-¿Cómo está viviendo esta incomunicación desde el extranjero?
-Es aterrador. Estoy sola aquí (Suiza), intentando empezar una nueva vida como refugiada, y todo es todavía muy inestable. Para empeorar las cosas, mi hermana emigró a Francia el 7 de enero, justo un día antes del corte de internet. Mis padres estaban muy preocupados por su vuelo, porque ya hemos vivido situaciones en las que Irán cerró el espacio aéreo y hubo tragedias. Después de que ella llegara, mi madre me pidió que la llamara todos los días. Está enferma, la situación en Irán es muy dura y me suplicó que no perdiéramos el contacto. Ahora no sé nada de ella. No sé si está bien, si está enferma, si necesita ayuda.
-¿Qué impacto tiene el apagón digital en la vida cotidiana de las familias?
–Es como vivir en una cárcel. No puedes salir después de cierta hora, no sabes qué está pasando en tu ciudad, no sabes si hay muertos, heridos, detenciones. Para quienes estamos fuera, la angustia es constante. Cada hora sin noticias es un miedo nuevo.

-Antes de las protestas, ¿cómo era la vida de su familia?
-Ya era muy dura. Hubo una inflación brutal, la moneda se desplomó y los precios subieron de un día para otro. Productos básicos como arroz, aceite o carne eran carísimos o directamente no se encontraban. La inseguridad también aumentó mucho: podían robarte o incluso matarte solo por un teléfono móvil.
-¿Cómo afectaba eso a tu hermana?
-Ella trabajaba y tenía que desplazarse todos los días desde una zona alejada del centro. El transporte era caro e inseguro. Intentó comprar un coche para protegerse, vendiendo el oro que había ahorrado durante años. Yo le envié dinero desde Europa, pero fue muy difícil cambiarlo porque nadie quería euros. Además, las normas son arbitrarias: de repente les dijeron que los afganos no podían tener coche. Todo ocurrió justo antes del corte de internet y ahora no sé cómo resolvieron la situación.
-¿Tiene contacto con otras personas de la diáspora iraní y afgana que estén en la misma situación?
-Sí, muchos iraníes y afganos en el extranjero están igual. Nadie puede comunicarse con sus familias. Algunas personas pueden llamar desde Irán a números extranjeros, pero nosotros no podemos llamar de vuelta. Yo he intentado todo: pedir ayuda a amigos en Turquía, en Afganistán… incluso que otras personas llamen por mí. Es la única opción que queda.

-¿Cree que las protestas pueden lograr un cambio real?
-Al principio pensé que sí, que el régimen podía caer. Era algo distinto a todo lo que había visto en quince años. Pero ahora creo que no. El régimen ha demostrado que puede matar sin consecuencias y la comunidad internacional no va a apoyar un cambio real. Si el régimen se mantiene, la vida en Irán seguirá siendo imposible.
-Como afgana con su familia en Irán, ¿siente un miedo adicional?
-Muchísimo. Estamos atrapados entre dos fuegos. Si el régimen cae, existe el miedo de que algunos grupos culpen a los afganos y haya violencia contra nosotros. Ya hubo campañas para deportarnos. Pero si el régimen no cae, seguimos siendo ciudadanos de segunda, sin derechos y siempre en peligro.

-¿Existe alguna salida para su familia?
-No la veo. Estoy intentando traerlos conmigo, pero no hay vías legales para todos. No pueden volver a Afganistán, sobre todo las mujeres, y en Irán cada día es más peligroso.
-¿Cómo definirías su situación actual?
-Soy refugiada en Europa. Viví más de veinte años en Irán, estudié allí, crecí allí, pero no tengo documentos. No puedo volver ni a Irán ni a Afganistán. Toda mi familia sigue atrapada allí y yo estoy aquí, sin poder ni siquiera llamarles.
-¿Qué es lo que más le duele de todo esto?
–La sensación de no existir. Para Irán no contamos, para Afganistán tampoco, y para el mundo somos invisibles. Estamos en la sombra. Nuestro corazón está con la gente de Irán, pero no podemos alzar la voz sin miedo. Por eso es tan importante que alguien nos escuche y cuente lo que estamos viviendo.


