Tras un discurso, homenaje o espectáculo llega siempre un momento crucial: el de los aplausos. La ovación tiene algo de magia. En ella se condensa el reconocimiento, la celebración y el abrazo con el que el público envuelve a los protagonistas. También es una especie de termómetro que mide el cariño o el éxito.
Esto es lo que pensé el otro día al ver un auditorio rendido ante Michael J. Fox. El actor, que fue a recoger el premio humanitario Bob Hope en los Emmy, salió al escenario en silla de ruedas y pronunció un discurso memorable.
El protagonista de la saga ‘Regreso al futuro’ reconoció que, al principio, mantuvo “en secreto” que tenía párkinson. Le preocupaba que afectase a su trabajo y a la relación con sus seguidores. Temía que se riesen de él, pero eso no ocurrió. “Comprendí que aceptar la enfermedad no significaba que tuviera que rendirme ante ella; sólo tenía que hacer todo lo posible por aquellos que viven con esto”, proclamó.
Con 29 años se enteró de lo que le ocurría y poco después creó una fundación que recauda dinero para impulsar la investigación. Ahora, con 65 años, ha vuelto a las pantallas al participar en la serie ‘Terapia sin filtros’, donde comparte secuencias con Harrison Ford.
Hoy en día es un señor mayor, pero sigue conservando aquel gesto pícaro de Marty McFly. Son muchas las generaciones que han disfrutado con sus viajes en el tiempo, dentro del DeLorean tuneado por Doc. Hay escenas, como la de la guitarra o la de la carrera en monopatín, que son míticas.

Le admiramos por aquel papel y, sobre todo, por el que ahora lidia con la realidad. Es un ejemplo de resiliencia. Encajar un trastorno neurodegenerativo tiene que ser terriblemente complicado. Más aún si uno es famoso y los síntomas son imposibles de ocultar. Estoy segura de que al principio le costaría mucho mostrarse ante los demás tan frágil, pero fue capaz de dar un paso adelante y sólo con visibilizar esta patología ya ayudó a multitud de pacientes.
Es lo que vino a decir durante su intervención. No dejo de analizar sus palabras. Creo que son el resumen del largo proceso que ha atravesado. Este se compone de varias etapas. Sé que primero se transita por la negación. El diagnóstico es un shock y lo más común es rechazarlo. Luego, toca enfadarse, con uno mismo y con los demás. También es normal sentir miedo o una tristeza infinita.
Hasta que se empieza, poco a poco, a asimilar la situación. Es el turno de los médicos, los fármacos y la información. Hay que saber cuál va a ser la evolución y estar muy pendiente del engranaje del cuerpo. Entonces, se romperá el aislamiento y se buscará refugio en la familia y en los amigos de verdad. Se piensa en la muerte. No como un fin, sino como un descanso. Se habla de esperanza, pero sin confiar en ella. Sigue existiendo un fondo de rebeldía, aunque siendo consciente de los límites. Hace falta apoyo, pero no compasión.
Este es más o menos el caótico camino que se serpentea hasta que se establecen nuevas rutinas y, por fin, llega la hora de vivir el presente. Eso que se dice mucho y se practica poco. Deberíamos recordar que todo cambia en un instante y que no hay nadie inmune a las tragedias.
Así que nuestro chaval del chaleco rojo se merecía esa aclamación. No ha sido la única. En estos últimos días estoy viendo muchos eventos en los que la gente se levanta de sus sillas y entrechoca sus manos convirtiendo un simple ruido en toda una corriente de energía que expresa emoción y gratitud.
Hay un estudio científico, elaborado por las universidades de Cornell y Mississippi, que explica que ese sonido que producimos no es sólo el impacto de la piel, sino que se trata de un fenómeno físico llamado resonancia de Helmholtz y, por lo visto, cada persona lo ejecuta de una forma diferente generando su propia huella dactilar acústica.
Sirve para liberar dopamina y produce una sensación de placer. Hay una retroalimentación positiva y nuestro cerebro nos anima a continuar con el fin de prolongar ese estado de bienestar. Por eso, lo mejor que podemos hacer es aplaudir a rabiar.

