Ayer por la tarde, mientras los que trabajamos en medios planeábamos qué escribir hoy, qué debate o qué noticia monopolizaría las redes, ocurrió algo que borró de un plumazo todas esas divagaciones. Adamuz, un pueblo de poco más de 5.000 habitantes en la provincia de Córdoba, se convirtió en el epicentro involuntarios de un desastre que nadie esperaba: ya todos conocemos los datos, un Iryo procedente de Málaga y con destino a Madrid, un descarrilamiento en una recta de vía recientemente renovada, la colisión con un tren Renfe Alvia que circulaba en sentido inverso. El desastre. El horror.
Las cifras que tenemos cuando escribo estas letras son provisionales y escalofriantes y lo serán más mientras las labores de rescate y atención continúen. Resulta demasiado pronto para entender las causas, y se nos advierte que la investigación tardará semanas.
Pero mi intención no se centra en regurgitar cifras en bruto ni en alimentar el catálogo macabro de un accidente; eso ya lo hacen encantados quienes dependen de los clickbaits o quienes comen de la mano ideológica de su amo. Yo querría hablar de ese después que siempre pasa inadvertido, el después inmediato, pragmático, anodino: los teléfonos de atención habilitados, los centros de acogida, las fuerzas de emergencia que trabajan sin descanso, los hospitales que reciben pacientes, y los familiares que buscan respuestas.
Las líneas de atención —como el número que Renfe e Iryo han puesto a disposición de allegados— van más allá del gesto simbólico, de la tabla de salvación a la que se aferran quienes todavía no saben si la persona que aman está viva o no. Requieren unos medios y una logística que (según quienes ayer llamaban, desesperados) se ven saturadas y sobrepasadas con facilidad.
El después, el largo y tedioso después. El impacto psicológico, emocional y económico de un accidente así no se esfuma cuando pasa la última cámara o cuando se levanta el último parte oficial. Cada persona herida que vuelve a casa con una cicatriz visible o invisible necesitará atención, fisioterapia, apoyo psicológico; cada familia que pierde a un ser querido cargará un vacío que no se mide en días o semanas, sino en ese abismo que es toda una vida.
Y luego están los supervivientes que no aparecen en las listas oficiales de fallecidos o heridos graves, pero que saben que escaparon de la muerte, que escucharon gritos, que vieron cuerpos retorcidos, que sintieron el impacto. O que ni siquiera supieron nada, que salieron en orden del tren incluso entre risas, ajenos a la tragedia de la que habían escapado hasta que la realidad les cayó encima con su peso irremediable.
Ese tipo de recuerdo se pega a la piel, como el sudor o el humo. Y para ellos, para los familiares, para los que ayudaron, lo ideal sería una ayuda continua, no efímera. Servicios psicológicos en hospitales, redes de apoyo comunitario bien financiadas, bajas laborales que no penalicen, subsidios que alcancen más allá de la semana inicial: eso es lo que realmente significan los cuidados.
Aquí finaliza la épica: ya no hay maquinaria retirada ni bomberos, se retiraron los hierros retorcidos, se restablecen las líneas, no aparecen políticos compungidos ni el atractivo despliegue de medios. Se retiran los hombres y entran las profesiones feminizadas, con sus salarios de lástima, sus condiciones lamentables, su empatía infinita, su gestión crónica del dolor, su silencio en el tiempo. El otro equipo de rescate.
El tercero, tras los profesionales de intervención directa y tras los vecinos y voluntarios. La solidaridad espontánea de la gente de Adamuz, de los pueblos colindantes, de las personas que dejaron sus casas para acudir al lugar del siniestro con mantas, agua, comida, abrigo y consuelo, merece cualquier elogio, todo el agradecimiento. Pero cuidado, porque aquí tropezamos con la frase que se ha convertido en una trampa en momentos de tragedia: “Solo el pueblo salva al pueblo”. Entiendo el impulso detrás de esas palabras, especialmente cuando ves a los vecinos entregados que acaban de presenciar una escena indescriptible y el precio que ellos mismos pagarán por eso.
El pueblo, nosotros, los civiles normales, bienintencionados, no estamos equipados para gestionar la recuperación de traumatismos, ni para organizar servicios de rehabilitación. No garantizamos la atención psicológica a largo plazo, no decidimos subsidios por incapacidad o gestionamos los recursos que se requieren cuando lo excepcional se convierte en cotidiano para quienes lo sufren. Esa parte no la salva solo la generosidad ciudadana: la cubre la planificación institucional, el músculo del Estado, la respuesta coordinada de los expertos.
Ninguna novedad en esto: en cualquier tragedia de gran escala, la lógica de la ayuda eficaz —la que produce resultados sostenibles— no se improvisa. Debe haberse diseñado, financiado, y organizado de antemano. Y eso exige responsabilidad política y recursos materiales. No basta con el aplauso a quienes corren hacia el peligro; exijamos que quienes tienen competencias y presupuestos actúen con rapidez, eficacia y claridad.
Y como sociedad nos queda reclamarlo y supervisarlo, y, ya de paso, comportarnos como adultos responsables: eso incluye el silencio ante los bulos y no convertir el dolor en espectáculo ni consumirlo. Menos ruido y más cosas concretas: escuchar a quienes saben, apoyar a quienes trabajan, ofrecer recursos, no amplificar rumores, no politizar el dolor ajeno.
Solo así podemos ofrecer un rayo de luz en medio de este desorden brutal. La solidaridad pública, cómo se habilitan servicios de apoyo, cómo las comunidades se unen y los equipos de emergencia no escatiman esfuerzo, muestra que sí podemos responder con dignidad ante la catástrofe.
Si ese impulso de humanidad se mantiene cuando las cámaras se vayan, cuando la rueda informativa gire hacia otra cosa, entonces habremos dado un paso hacia adelante como sociedad; porque ya sabemos que el verdadero alivio de la tragedia consiste en organizar nuestras fuerzas y prioridades para que lo que sigue sea menos doloroso y más humano. Y eso, aunque sea en nuestra pequeñez, debería ser la esperanza a la que nos aferráramos.


