Opinión

España no merece esta política, estos político

El Congreso de los Diputados en Madrid.
EFE/ Rodrigo Jimenez
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A mis padres, a su generación, que fueron los niños de la posguerra, los padres de la Transición y los abuelos del covid.

A pesar de ser gallego, de Betanzos, y de querer a Galicia con toda mi alma, hay otro rincón de España que ocupa un lugar importantísimo en mi corazón: Cataluña. Yo fui procreado en el Priorat, porque mi madre era maestra en un pequeño pueblo llamado Molá. Viví allí varios años; mi Toni es catalán (en Galicia hay pocos Tonis y muchos Antones) y sobre todo porque tengo mucha familia viviendo en Tarragona, una urbe maravillosa, otra de mis ciudades, como diría Borges.

Nunca olvidaré lo que me contaban mis queridísimos primos catalanes, los Puiggrós, sobre la ruptura de familias y amistades que el procés había causado, sobre el tremendo enfrentamiento que había producido entre los catalanes. Esa fue la enseñanza más triste y dolorosa que, de ese viaje inútil a una Ítaca que no existe, sufrió la tierra del gran Josep Pla la década pasada. La otra lección: que la independencia de Cataluña es imposible, bastaba para saberlo con mirar los mapas. España tiene frontera con Francia y, tras el Tratado de los Pirineos de 1659 la patria de Luis XIV se hizo para siempre con varias comarcas catalanas. El que crea que Francia permitirá algún día una Cataluña independiente, teniendo ellos territorios catalanes profundamente jacobinizados, es tan iluso como el simpatizante del Frente Amplio que crea que mi querida Ada Colau pueda sacar un solo voto en Murcia, Extremadura o La Rioja.

Nunca pensé que aquello que me contaban mis parientes pasaría alguna vez en el resto de España, pero ya está pasando. Lo anticipó con su lucidez habitual Juan Milián, senador catalán del PP y una de las grandes cabezas de la política española y sin duda de las menos sectarias, en su ensayo: El proceso español. La tremenda tensión política que todos los españoles estamos viendo y viviendo; el insoportable clima de insultos, descalificaciones y querellas en que habitan la política, los medios y las redes sociales patrias convierten las palabras de Milián en 2021 en proféticas: “Al inventar enemigos en lugar de buscar soluciones, la política acaba fomentando emociones adversativas, a saber, la indignación, la paranoia y el odio. La retórica de la hipérbole no solo devalúa la verdad, también la concordia”.

El odio, la división, la indignación entre los españoles están creciendo de un modo vertiginoso y alarmante semana a semana y eso que aún faltan cincuenta días para las elecciones. ¡Asusta pensar qué campaña electoral padeceremos! Los escritores solo nos debemos a nuestros lectores y aunque, como digo siempre, da mucho pudor hablar de uno mismo, hay  ocasiones en que es inevitable y esta es una de ellas. Desde hace algún tiempo observo cómo, cada vez con mayor intensidad, personas cercanas me insultan por no insultar al presidente Sánchez. Como mi admiradísimo Dante ya les advierto que abandonen toda esperanza, por dos motivos fundamentales. El primero porque creo que el respeto es uno de los pilares fundamentales de una democracia, de una sociedad civilizada y es uno de los principales valores que me legaron mis padres y  que yo trato de transmitir a mis hijos. Voy a seguir respetando a Pedro Sánchez como respeto a todo el mundo y además porque es el presidente del Gobierno de España y por lo tanto mi presidente del Gobierno. La segunda razón por la que yo no practico el arte del insulto es porque soy gallego y los paisanos de Valle-Inclán no necesitamos ofender a nadie, porque tenemos desde la cuna otras armas en nuestro arsenal dialéctico mucho más empáticas, simpáticas y eficaces, mucho más letales.

Hoy no quiero buscar culpables del insoportable momento político que estamos viviendo los españoles, ya he hablado de eso en columnas  anteriores. Quiero que mis palabras el día de la Fiesta Nacional de España no sean contra nadie, sino a favor de todos. Hoy deberíamos estar celebrando que somos una gran nación (siempre viene a mi mente el presidente Rajoy cuando escribo este sintagma); una gran nación admirada y envidiada por los millones de turistas que nos visitan cada año; una gran nación que, por ejemplo, es líder mundial indiscutible en trasplante de órganos, desde hace lustros, y que debería estar hoy honrando al gran ministro socialista Julián García Vargas, que acaba de fallecer, el creador de la Organización Nacional de Trasplantes y al doctor Rafael Matesanz, el genio que la desarrolló y la convirtió en uno de los mayores orgullos del Reino de España.

Pero no, estamos despellejándonos y atacándonos sin descanso, como si no hubiese otro modo de hacer política y de convivir. ¡Y claro que lo hay! El presidente canario Fernando Clavijo es el mejor ejemplo de que se puede hacer política defendiendo con contundencia y firmeza los derechos e intereses de tu tierra, y al mismo tiempo hacerlo con educación y respeto hacia los adversarios políticos y los ciudadanos. Es ese maravilloso “modo canario” que tanta falta nos haría hoy en la política nacional, y que  todos los españoles tuvimos ocasión de apreciar hace pocos meses. Huelga decir que si yo fuese canario votaría a Fernando Clavijo y a Coalición Canaria en las elecciones del próximo mayo, unas elecciones que estoy seguro van a ganar.

Las elecciones se presentan además de durísimas, apasionantes. Feijóo va claramente (como diría Shakira) por delante, además lleva muchas semanas sin cometer errores. Sería buenísimo para sus intereses que no los cometiese en su nombre Ayuso, que además no es candidata en estos comicios. Sánchez buscará la remontada y aunque lo tiene muy complicado, las derechas patrias y esos “amigos” que no cesan de elogiarme deberían saber que el marido de Begoña Gómez no es ni el Felipe González cansado de gobernar de 1996, ni el Zapatero amortizado y apartado de 2011. Pedro Sánchez es un animal político temible y formidable (acabó de ganarme una nueva hornada de entusiastas admiradores) que luchará hasta el último voto y que venderá muy cara su piel. Apelo a los dos aspirantes a ser los inquilinos de Moncloa a que eleven el nivel, ofrezcan a los ciudadanos sus ofertas y promesas electorales en positivo, se respeten y honren al inmortal Víctor Hugo:“Yo critico, pero no insulto; el universo es lo que es; hablo aquí sin mala intención, por lo que me dice mi conciencia”. El que lo haga ganará apoyos, porque la mayoría de la gente ya sabe lo que va a votar y será la moderación y el respeto y no el extremismo y las descalificaciones lo que permitirá arañar los últimos votos.

En las elecciones de julio de 2023 tuve el honor de acertar los resultados, como saben decenas de clientes y amigos (algunos muy conocidos) del templo de la cocina gallega donde trabajaba en esa época. Uno de esos “éxitos” míos que enfurecen a Teresa, mi mujer, que, con esa inteligencia natural que tienen de fábrica todas las gallegas, me dijo: “Toni, tú eres completamente idiota. Presumes de haber acertado los resultados de las elecciones y no has ganado ni un duro; los gurús de las encuestas, en cambio, no han dado una, pero se han llenado los bolsillos de oro”. Por la paz conyugal y la alegría del tálamo matrimonial renuncio en esta ocasión a hacer ningún tipo de pronóstico. Además mi periódico Artículo 14 acaba de firmar una alianza con Winston (compañía de opinión pública del grupo Ernest)  para lanzar nuestros propios sondeos electorales. Nada de lo que yo diga ni intuya tiene ningún valor ante el conocimiento y olfato del director de Winston, Andrés Medina, el oráculo de Delfos de la demoscopia española y la sabiduría política del director general de Ernest, Abelardo Bethencourt. Aun así, porque si no lo dijese, no sería Toni Simón, creo que los resultados van a estar muchísimo más ajustados de lo que dicen la generalidad de las encuestas.

Desde hace días quería escribir esta columna. Una llamada a todos los políticos españoles a que se moderen, a que se respeten, a que confronten sus ideas y programas con educación  y de esa manera ayuden a que los españoles, los ciudadanos, los votantes también nos relajemos y tranquilicemos. Desde hace días quería escribir una columna para el 12 de octubre que ayudase a fortalecer los puentes de la concordia y la convivencia y a debilitar los muros del odio y la división. El desafío era enorme para la pequeñez de mi pluma y talento, pero el sábado asistí en directo a un parto, a un nacimiento que sí puede ayudar a que ese deseo se cumpla y los españoles desterremos de nuestras vidas este peligrosísimo “proceso español” que estamos viviendo.

En una soleadísima mañana madrileña asistí al nacimiento de un nuevo partido político. Llegué al parto de casualidad porque, aun cuando fui con mucha antelación, la Ciudad Universitaria (donde se produciría el feliz natalicio) estaba cerrada a cal y canto a los coches por una “inesperada” carrera popular. Una vez llegué a la maternidad todo fue de maravilla. Miriam González ha botado a las procelosas aguas de la política española un pequeño pesquero, llamado Democracia21 que, sin embargo, puede pescar muchos votos en el enorme caladero de la abstención: aguas profundas donde nadan y se ocultan los votos de miles de españoles desilusionados y decepcionados con la política y los políticos actuales.

No soy el gran Fran Carrillo, el pope de la oratoria española, pero algo sé de la materia tras dedicarle muchos años de mi vida. Miriam González habló sin papeles durante cuarenta minutos sin un solo fallo ni titubeo  y encima sin parar de moverse por el escenario (una vez más me convencí de que las mujeres son el único ser vivo capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo). El discurso fue muy bueno en fondo y forma (el mejor que he escuchado en mucho tiempo), y el que quiera lo puede comprobar en las redes. La convocatoria electoral anticipada de Pedro Sánchez les complica muchísimo su participación en las elecciones del 29-N y por eso, inteligentemente, solo se van a presentar en Madrid y Barcelona, concentrando en las dos circunscripciones principales sus esfuerzos para intentar conseguir representación parlamentaria. Miriam anunció, no obstante, que en las siguientes elecciones ya se presentarán en todas las provincias españolas. Tengo muchísimos defectos, el que quiera conocer la lista completa que le pregunte a mi mujer, que se los sabe todos de memoria (me va a matar por citarla tanto en esta columna del día de la Fiesta Nacional). Pero tengo también alguna virtud, y una de ellas es que tengo ojo para la gente, me equivoco pocas veces y por eso auguro que de esta pucelana se va a hablar mucho en los próximos años en España. Tras la intervención de Miriam González, de la que fui testigo en directo, me acordé de la cita apócrifa sobre la inolvidable Lola Flores, que le atribuían al The New York Times: “ni canta ni baila, pero no se la pierdan”.  Yo, tras lo que escuché en una carpa abarrotada, también puedo decir de la mujer que nació en Olmedo, se formó en Brujas y conquistó la City londinense: A Miriam González puede que ahora le falte tiempo y que la conozca más gente, pero no se la pierdan.

Me queda el poema de cierre y hoy, por la preocupación que me produce la tensión y el ambiente que estamos viviendo en España, y el deseo que tengo de que cambie nuestra política y la actitud de nuestros políticos, quiero concluir con unos versos de Bertolt Brecht, unos versos duros del gran poeta alemán que, sin embargo, no renuncian a la esperanza, como tampoco yo renuncio: “Y corren tiempos oscuros… / Dura humanidad, inamovible, / igual a un pueblo de peces hace tiempo congelados; / pero el corazón sigue moviéndose deprisa / y la sonrisa sigue siendo dulce”.