Opinión

Fernando Clavijo en el puente de Iván Redondo

GRAFCAN3050. SANTA CRUZ DE TENERIFE, 28/04/2026.- El presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, durante la celebración del pleno del Parlamento de Canarias este martes en Santa Cruz de Tenerife. EFE/ Miguel Barreto
Fernando Clavijo, durante la celebración del pleno del Parlamento de Canarias este martes en Santa Cruz de Tenerife. EFE/ Miguel Barreto.
EFE/ Miguel Barreto
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Fernando Clavijo acudió este lunes a la presentación de El manual, el libro de Iván Redondo. Se sentó al lado de dos ilustres de Artículo 14: el jefazo, José Sánchez Arce, y el discípulo brigantino de Borges, Toni Simón. El presidente de Canarias escuchó cómo el otrora jefe de Gabinete de la Presidencia del Gobierno comparaba a Madrid con el puente de Eduardo Dato de Historias del kronen, donde se agarran Sánchez y, malamente, tra, tra, un Feijóo que aún no se ha adaptado al medio; debajo, al acecho, ronda Miguel Ángel Rodríguez, quien, según el donostiarra, “espera por si te caes”. Nihil obstat.

Ese mismo lunes, Clavijo rechazó que el MV Hondius, un crucero con vitola de Demeter, atracara en el archipiélago canario, y le pidió al yerno de Sabiniano una reunión urgente para hablar de la cosa. Desde entonces, no han cesado las acusaciones y los donde dije digo. Se prevé que el barco, que zarpó desde Argentina, llegará este domingo al puerto de Granadilla de Abona. “A las fueras”, precisó el jefe del ejecutivo regional este viernes. Mientras una treintena de trabajadores portuarios de Tenerife se ha manifestado al grito de “queremos trabajo, no enfermedad”.

Pensaba yo de primeras que la crisis del hantavirus –se puede hablar ya de crisis, ¿verdad?– era peccata minuta, un fuego controlado, hasta que reapareció Fernando Simón sobre un caballo amarillento, seguido por el Hades, y dijo que “la transmisión persona a persona se conoce, puede pasar, pero no es muy frecuente y difícil”. Malo. En cuanto lo escuché, mi cerebro bramó MAYDAY, MAYDAY y el instinto de supervivencia me llevó a peregrinar con urgencia al supermercado más cercano para pillar papel higiénico, harina –por postureo: mis dotes culinarias son harto limitadas– y gel desinfectante.

Saldremos mejores, nos dijeron cuando la covid-19. Ya. Me acuerdo, inevitablemente, del brillante final de La peste, de Camus: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. De los ocho infectados notificados por la OMS en el Hondius, tres han muerto. Poca broma.

Mónica García, la peor ministra de Sanidad de la democracia patria, la más detestada por los galenos, que rechazan su nuevo Estatuto Marco y que, por ello, acumulan diez meses con paros intermitentes y decretaron “una huelga indefinida con formato de una semana al mes” el pasado 16 de febrero, ha despachado –es un decir– el asunto gastando desinformación, intransigencia y soberbia. “Ya te pasaré toda la información”, le espetó a Clavijo, “ahora tengo mucha prisa, que voy a dar una rueda de prensa”. Quiere descabalgar a Ayuso ondeando la bandera de la OMS, presumiendo de humanidad y derivados y cediéndole una patata caliente vírica al macho alfa de Coalición Canaria, que, a la manera de Feijóo en el puente de Eduardo Dato, comprueba cómo, debajo, aguarda el Gobierno central. Esperando, con la paciencia de una anaconda, que el presidente autonómico se despeñe.