Ha sido una buena idea que, en el mensaje de fin de año de 2025, la presidenta en funciones de Extremadura, María Guardiola, defendiera con firmeza la continuidad de la Central Nuclear de Almaraz, ubicada en Cáceres. En su brindis, afirmó con total claridad que “Extremadura no se apaga” y que no se permitirá el desmantelamiento de la capacidad industrial ni de la soberanía energética de su región. Para ella, oponerse al cierre de Almaraz equivale a decir sí al empleo, al desarrollo económico y al crecimiento sostenible. Este posicionamiento se enmarca en un contexto de debate nacional sobre el futuro de la energía nuclear en España, donde la planta -propiedad de Iberdrola, Endesa y Naturgy- tiene programado el cese de sus reactores en 2027 y 2028, aunque las eléctricas hayan solicitado una prórroga hasta 2030. Sin embargo, el Gobierno avanza en paralelo con sus absurdos y anticuados planes de desmantelamiento.

Esta defensa de la nuclear en una alocución navideña es una buena noticia, pues recoge los esfuerzos de quienes estamos preocupados por la deriva energética de los últimos tiempos. Científicos e investigadores independientes como Michael Shellenberger y Bjørn Lomborg llevan años señalándonos sus ventajas sobre otras fuentes energéticas, incluso aquellas consideradas “verdes”. Shellenberger, autor de libros como Apocalypse Never y fundador de Environmental Progress, ha insistido en que la energía nuclear es la más fiable, densa y limpia para satisfacer la creciente demanda mundial, reduciendo emisiones de CO₂ de manera efectiva sin los problemas de intermitencia de solar y eólica. Y no ha dejado de criticar el cierre prematuro de las plantas nucleares, que a menudo lleva a mayores precios eléctricos y a mayor dependencia de fósiles, como ocurrió en Alemania y otros países. Por su parte, Lomborg, a quien invité hace años al Parlamento Europeo -no sin crear un pequeño escándalo en mi grupo político- es conocido por su enfoque coste-beneficio en políticas ambientales y por defender también la energía nuclear como la opción escalable y segura para generar electricidad 24/7 con casi cero emisiones, superior a las renovables en términos de fiabilidad y menor impacto ambiental en muchos casos. Ambos coinciden en que un enfoque ideológico anti-nuclear obstaculiza una transición energética realista y basada en evidencia científica.

España necesita políticas energéticas guiadas por la ciencia, no por la ideología, para lograr una energía abundante, segura y asequible. Pero es complicado mientras en las instituciones dominadas por la izquierda predomine el catastrofismo en los debates sobre clima y energía, generando alarmas innecesarias. Por ello les he querido traer el positivo y tranquilizador artículo de Roger Pielke Jr. titulado “Congratulations World!”, publicado en su Substack a finales de 2025. Pielke presenta una “buena noticia de Año Nuevo”: el 2025 ha registrado una de las tasas de mortalidad más bajas de la historia (menos de 0.8 muertes por 100.000 habitantes ) en desastres relacionados con eventos climáticos extremos. Esto representa una drástica reducción desde décadas pasadas (por ejemplo, más de 320 en los 1960 o 80 en los 1970), gracias a avances en preparación, tecnología, prosperidad económica y unas políticas efectivas que han disminuido la vulnerabilidad humana.
Esta tendencia optimista se respalda en un estudio científico de 2019 de Giuseppe Formetta y Luc Feyen, publicado en Global Environmental Change, que analiza datos globales de 1980 a 2016. Los autores encuentran evidencia empírica de un declive significativo en la vulnerabilidad a imprevistos azarosos climáticos: las tasas de mortalidad cayeron 6.5 veces y las pérdidas económicas casi 5 veces entre las décadas iniciales y finales del período estudiado. Hay una clara relación inversa con la riqueza: los países más prósperos son menos vulnerables, y se observa una convergencia entre naciones ricas y pobres, aunque persiste una brecha.
Cuando acabamos de conmemorar la tragedia de la DANA de Valencia y cuando el sudeste español ha vuelto a sentir el azote de la últimas borrascas, no es fácil detenerse a contemplar la imagen global de los fenómenos climáticos del planeta. Pero los datos sugieren que la humanidad se adapta exitosamente al cambio climático mediante el desarrollo y la innovación, contrarrestando esas narrativas apocalípticas que tanto gustan en los telediarios. Y, en conjunto, estos elementos nos ofrecen un mensaje esperanzador para el 2026: apostar por tecnologías probadas como la nuclear para una energía segura y abundante, mientras se comprueba una reducción de riesgos climáticos gracias a la ciencia y el avance humano en lugar de sucumbir al alarmismo ideológico.



